Deliberadamente pequeña e inocua y hecha entre amigos
sin pretensiones, «Vida en Marte», el primer largometraje
de ficción de Néstor Frenkel, termina siendo una
amable sorpresa.
«Vida en Marte» (Argentina, 2004, habl. en español). Guión y dir.: N. Frenkel. Int.: R. Ferro, J. Sesán, A. Celentano, F. Figueroa, M. Anghileri, L. Mirvois, A. Lombardía, D. Giles.
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Termina siendo una amable sorpresa, esta comedia deliberadamente chiquita e inocua, realizada entre amigos, sin más expectativas que la de entretenerse los fines de semana y de paso ganar el Oscar, o, mejor aún, exhibirse los viernes en el Malba, que es lo que han logrado sus responsables.
A la cabeza de los mismos está Néstor Frenkel, una de las revelaciones de la tercera división de este año, que anteriormente amagó algo con su corto «Plata segura» (que recibió amenazas de juicio), y llamó definitivamente la atención con su discutido documental «Buscando a Reynols», sobre el conjunto del baterista con Down. En los tres títulos, aunque de diferente modo, se percibe la constante del humor.
Pareciera que el autor se toma pocas cosas en serio, y asimismo es difícil tomarlo a él en serio, algo que probablemente tampoco le interese.
En este caso, ¿se ríe de sus personajes, que son decidida, reiterada, insoportable, y al final encantadoramente pavotes, o él también los quiere de entrada? ¿Se ríe del público que va a ver películas de humorismo pavote, o se ríe con el público? ¿Se burla de los autodidactas que creen a pie juntillas en los fascículos coleccionables, o a lo mejor él mismo aprendió a filmar siguiendo las instrucciones de algún fascículo coleccionable, de esos cuya edición se interrumpe por falta de suficientes lectores? Y, ya que estamos, ¿se puede viajar a Marte? Porque por ahí dicen que de los inocentes es el Reino de los Cielos... Y es la inocencia (o, dicho en otro tono, la inocentada) de esta historia, la que nos termina desarmando, y nos hace apreciar con sus monigotes algunas cositas que siempre conviene tener presentes acerca de los sueños y los afectos, sobre todo los de tantos conocidos nuestros que parecen marcianos. Desde esta perspectiva, «Vida en Marte» hasta nos deja esperando que algún día Frenkel sea por lo menos una especie de Otar Iosselani de barrio. Al menos ya es más divertido que Rejtman. Eso sí, cuidado: no confundirlo con el inigualable corto de animación «Viaje a Marte», de Juan Pablo Zaramella, que es infinitamente otra cosa.
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