Lina Avellaneda tiene una buena voz que maneja profesionalmente. Tiene además muy buen gusto para elegir repertorio, con temas muy conocidos como «Cobardía», «Niebla del Riachuelo», «El pescante», «Cantando», «Cuesta abajo», «Milonga de mis amores» o el candombe «Oro y plata», pero también con piezas valiosas aunque menos difundidas como la estupenda milonga campera «Bettinotti» de Piana y Manzi, o «Maga» de Jaime Roos y Mauricio Rosencoff.
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Además, muestra sus propias canciones («La milonga de Ana», «Aquel cielo», «Autorretrato») que aunque no alcancen la altura creativa del resto, la muestran como una mujer inquieta que no sólo expresa cosas ajenas.
Por último, está muy bien rodeada, por un cuarteto que tiene sus puntales en el piano de Nicolás Ledesma y el contrabajo de Quique Guerra. Los resultados, sin embargo, no son siempre igualmente atractivos. Avellaneda rinde mucho más cuando canta con toda su potencia, desplegando todas las posibilidades que tienen sus cuerdas vocales.
En cambio, cuando busca romper con los moldes clásicos -un recurso al que apela, fundamentalmente, en las piezas más populares-cae en una suerte de «fraseísmo» que hace perder esencia a sus interpretaciones, porque no parece llegar a esos fraseos como consecuencia de una necesidad expresiva sino como el producto de una búsqueda intelectual.
Los videos que se muestran en algunas piezas no aportan nada especial y a veces distraen sus interpretaciones. Y, si quiere darle mayor continuidad y clima a su espectáculo, tampoco es necesario que hable tanto con el público, que cuente tantas historias personales, o que haga tantas reflexiones que poco tienen que ver con el show. Como contraparte, resultan muy efectivas, y muy bien recibidas por la gente, sus propuestas de cantar en coro «Cuando tu no estás» o de compartir la percusión de una milonga, para lo que se reparten instrumentos especialmente.
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