11 de septiembre 2003 - 00:00

Valioso y muy emotivo retrato de una niñez

«Valentín» (Arg.-Hol.Esp.-Fr.-It., 2002, habl. en español). Guión y dir.:A.Agresti. Int.: R. Noya, C. Maura, J. Cardinali, J.P. Noher, M. Urtizberea, A. Agresti, C. Roffe, M. Glezer, S. Di Gregorio, R. Richi, F. Vena, L. Quinteros.

Nervioso, irregular y siempre visceral, el director Alejandro Agresti sorprende aquí mostrando una narración clásica, más calma, y una inesperada veta de ternura. Es que está evocando (libremente, se entiende) su propia infancia de chico de barrio en los '60, a través de una historia agridulce, donde un chico cuenta las experiencias de su crecimiento, experiencias que incluyen cosas lindas, que se recuerdan con una sonrisa, y cosas feas, que igual se recuerdan con una sonrisa, porque ya pasaron.

Surgen así los juegos, los ídolos de fútbol, los sueños de llegar a astronauta pese a ser miope y argentino, la casa de la abuela (al fin una casa vieja despintada, y no reciclada, en el cine argentino), el vecino músico, de gustos medio sospechosos para la vieja, el cura progre (única escena fuera de tono), el padre casi ausente y golpeador, la búsqueda de una madre sustituta, preferiblemente joven, linda y simpática, la aflicción por conseguirle un médico a la abuela, que se le muere, los esfuerzos, finalmente satisfechos, por hacerse una familia. Todo eso, lo cuenta el chico con un buen humor no exento de tristezas, que en todo caso son tristezas ocasionales, llevaderas.

El tiempo, los sueños, la vida por delante, siempre ayudan. Como ayudan, para el disfrute de esta muy buena película, algunos detalles de época que despiertan gratos recuerdos (sin ser una estricta reconstrucción), el aporte de un buen elenco, encabezado por Carmen Maura como la abuela rezongona, y, sobre todo, la actuación del niño protagonista, Rodrigo Noya («Agrandaditos»), que literalmente lleva y se roba la película. Ya en el Festival de Mar del Plata lo ovacionaron, y lo llevaron en andas. Tras lo cual, como corresponde, volvió a su vida cotidiana de niño en Chascomús.

Alguien criticó «Cleopatra» porque era lo que los norteamericanos llaman una cinta «crowd pleaser», vale decir, hablando en criollo, al gusto del gran público. Como si en el cine comercial eso fuera un pecado, y de sus ganancias no salieran los subsidios que alimentan, a fondo perdido, tantas películas de pretensión elitista. Bien mirada, «Valentín» es otra «crowd pleaser».

Pensar que Agresti empezó como un joven iracundo de los '80, un transgresor que, con «El amor es una mujer gorda» y otras expresiones de bronca abrió una senda para la generación del llamado «nuevo cine argentino». Pero en vez de convertirse en su líder espiritual, como algunos pensaban, se hizo transgresor en sentido contrario, y hasta defendió públicamente, por ejemplo, lo bueno de don Julio Maharbiz. Ahora, sin renunciar a su pensamiento ni a su estilo rápido y económico de trabajo, comete otra transgresión: hace una película de tipo clásico, tierna, y para el gran público. ¿Por qué no? Encima, es una de las mejores nacionales del año.

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