Viaje de un largo día hacia el hogar

Espectáculos

«Tan de repente» (id., Argentina, 2002; habl. en español). Dir.: D. Lerman. Int.: C. Crespo, V. Hassan, T. Saphir y otros.

O jalá el espectador, tal vez chasqueado con tantas recomendaciones snobs en el pasado, no confunda los seguros elogios que recibirá la valiosa «Tan de repente» con los hebdomadarios descubrimientos de obras maestras juveniles. Este es un caso diferente, que va más allá del halago corporativo.

En Diego Lerman (27 años) hay mucho más que un cineasta en potencia. Se intuye en él un director que sabe lo que quiere: es directo, mordaz, lúcido, sensible en el momento apropiado, y no se extravía (ni extravía al espectador) en las acostumbradas, largas escenas huecas o «climáticas» (que sólo podrían conmover a un meteorólogo).

Su primer largometraje, aun con sus impurezas, ya tiene la materia y el pulso de las fabulaciones sólidas. Saludablemente desafiante, el film, rodado en estilizado blanco y negro, abreva en un libro de
César Aira con el espíritu de un Roberto Arlt menos cínico, y hasta más optimista. Es una historia, protagonizada casi exclusivamente por mujeres, de jorobaditas sin traidora, de excluidas que no descreen en la salvación.

La mayor originalidad de
«Tan de repente», que hasta en el motivo de su título evoca a Niní Marshall (más cruda, por supuesto), es su singular efecto de violencia cómica, resultado de un conflicto casi permanente entre lo que se dice y lo que se ve. Es este cruce el que aleja a la película de los referentes habituales de género, y la va llevando a ubicarse en un espacio propio, en el que los personajes actúan de una manera y se manifiestan de otra, sin que nunca se pierda el centro del relato.

«Mao» y «Lenin», las mujeres jóvenes que, aparentemente, constituyen una pareja, abordan en la calle a Marcia, la empleada de tienda en guerra con su propio cuerpo y su propio deseo. «Mao» la acosa sexualmente de manera frontal. Marcia la rechaza, le dice que no es lesbiana. «Yo tampoco», le responde «Mao», casi ofendida. No es un tema de identidad sexual. El espectador sonríe, o se espanta. La violencia cómica se pone en marcha.

No es el único episodio: ninguna de las dos es secuestradora, pero entre ambas secuestran a Marcia a punta de navaja; tampoco son ladronas, pero roban un taxi para llevar a la amiga a la fuerza, cumpliendo una promesa, a conocer el mar. La posterior escena del autostop, cuando una conductora que hasta parece tener estampado en la frente el sello de «futura víctima», las levanta para acercarlas hasta el balneario, confirma en su resolución esa dirección anticonvencional a la vez que representa una juguetona trampa con las expectativas del espectador.

Esa contradicción entre enunciado y enunciación es, también, la que posibilita la gran transformación del film: si bien la película asume, en la primera mitad, la apariencia de una «road movie» típica, muta en su segunda parte, durante todo el epílogo rosarino, en un auténtico «regreso al hogar», o, mejor, a descubrir que nunca lo han dejado. Es la justificación del film: los personajes se convierten, hasta de nombre («Lenin» vuelve a ser Verónica), y las máscaras empiezan a agrietarse.

Las «fuera de la ley», tras una muerte «tan de repente», ven de frente a la ley. Es otra forma de la
violencia cómica cuyos antecedentes sentó, hace unos cuantos años, Aristófanes, que sabía bastante de ley, y de mujeres. Descendientes de Lisístrata, los personajes de «Tan de repente» también aprenden que, a diferencia del extraviado hombre Ulises, que siempre está lejos y siempre intentando volver al hogar, la mujer, aunque huya, nunca puede abandonarlo.

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