11 de marzo 2004 - 00:00

Woody Allen sorprende aun cuando se repita

Woody Allen y Jason Biggs
Woody Allen y Jason Biggs
«La vida y todo lo demás» («Anything Else», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: W. Allen. Int.: W. Allen, J. Biggs, C. Ricci, S. Channing y otros.

A estas alturas, y en especial para su público cautivo, cada nueva película de Woody Allen es casi como la cita anual con un amigo viejo y sabio al que se le conocen todas las mañas, y a quien se le perdonan algunas reiteraciones. Allen ya es como uno de esos divertidos patricarcas que alguna vez empiezan con un chiste que nos contó varias veces, y a quien en lugar de interrumpirlo lo dejamos hacer, y nos reímos como si lo oyéramos por primera vez.

Su ingenio no se ha debilitado, nunca faltan chispazos o sorpresas en sus guiones, pero su visión del mundo y, sobre todo, su expresión cinematográfica, delatan ya cierta fatiga creativa. El es el primero en reconocerlo.

En «La vida y todo lo demás» se advierten ecos lejanos de uno de sus mayores éxitos de los '70, «Annie Hall», como si ahora Allen hubiera querido rehacerla con la óptica más cínica y desesperanzada del debut de este siglo, cediéndole los protagónicos a dos actores emblemáticos de las nuevas generaciones, Christina Ricci y Jason Biggs (que, en consecuencia, se comportan anacrónicamente, como ningún personaje joven lo hace en el cine de hoy), mientras se reserva para sí el papel de estrafalario consejero de su joven alter ego. Maliciosamente, la compañía productora de la película, la «Dreamworks» de Steven Spielberg, aprovechó esto de manera tan literal que en la campaña publicitaria en los EE.UU. el nombre de Woody Allen casi no se lee (sólo figura en los afiches en vergonzante letra chica): enormes, los rostros de la Ricci y del exitoso Biggs, protagonista de las «American Pie», intentan apuntar, falazmente, a que «La vida y todo lo demás» es otra comedia juvenil. Seguramente, muchos adolescentes se habrán desconcertado cuando vieron que sus ídolos en la pantalla adoran a Humphrey Bogart en lugar de triturarse el cerebro con MP3s de Eminem, o cuyos problemas psicosexuales, que relatan mirando a cámara, atrasan al menos 30 años.

Así, «La vida y todo lo demás» es una película de Woody Allen en la que Woody Allen, sólo por razones de edad, no puede interpretar el protagónico (un guionista cómico conflictuado), y se desplaza entonces al lugar del «hermano mayor», el colega viejo que sigue sin responderse los mismos interrogantes que afligen ahora, humorísticamente, a su descendiente joven: el sentido de la vida, del sexo, del arte, el conflicto entre Nueva York y Los Angeles, y en especial la misma duda que ni Freud pudo responder: qué quieren las mujeres.

La actual es la veleidosa Amanda (Ricci), que sufre padeceres similares a los que tanto sufrieron antes Diane Keaton o Mia Farrow («te quiero pero no te acerques», «no me engañes pero te engaño», etc.), y que hasta es capaz de haber cenado con anticipación en la primera cita que tiene con Jerry (Biggs) en un restaurant romántico. David Dobel (Allen) es una catarata de consejos y epigramas sabios (su función es casi como la del coro en «Poderosa Afrodita»), aunque aquí se lo vea en un papel con atributos escasamente allenianos y ligeramente desconcertantes (es un adicto a las armas, ataca violentamente el coche de unos matones que le arrebataron el lugar para estacionar, etc.). Los papeles de Danny DeVito (el despechado manager de Jerry) y de Stockard Channing (la madre de Amanda) son agradables complementos.

Lo que nunca falla en Allen es el bienestar que deja en el espectador cuando abandona la sala, algo que hoy sólo puede proporcionar un cineasta intransigente con las modas, aun a fuerza de mantener un mundo artificioso, u obsoleto, en el que todavía pueden existir jóvenes que se desviven por un long play de Billie Holiday.

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