2 de septiembre 1999 - 00:00

"YO RECUERDO"

A l fin se estrena entre nosotros este documental. Han pasado unos años desde su presentación en Cannes y en Mar del Plata, y podría pensarse que el recuerdo de Mastroianni se ha ido diluyendo, pero por suerte no es así. Al contrario, apenas empieza la película, el público ya se emociona con toda el alma. El documental lo hizo Anna María Tató, su última mujer, durante la filmación, en tierras portuguesas, del poema de Manoel de Oliveira «Viaje al principio del mundo», que aquí se estrenó a comienzos de año. Quien vio este «Viaje...», tiene entonces un doble placer. Y es que Tató propone, digamos, una hermosa serie de conversaciones al costado del camino.
Más propiamente, se trata de confesiones del actor ante la cámara, en la cubierta de un barquito por el río Duero, en un banco de plaza, en la ruta.
Mastroianni habla del cigarrillo, el gusto de conocer nuevos lugares, su
primera salida del barrio, algunos disparates que vivió durante la guerra, el beso de una mujer anónima y nunca olvidada, los concursos televisivos, su fama de seductor, sus propias pequeñeces, la familia, los amigos, el oficio actoral, cuenta anécdotas, un sueño muy significativo, recita una lista de vivencias queridas (incluyendo algo de su vecino Cicerón), o un monólogo chejoviano de notable actualidad... Cuando la ocasión se presta, surgen fotos (siempre del lado izquierdo), alguna banda de sonido (p.ej., la de «Ojos negros»), el inesperado primer guión de «La dolce vita» (¡un dibujo obsceno!), o fragmentos de películas: «Las noches blancas», «Los políticos procesan a Escipión el Africano», el making de «La ciudad de las mujeres», donde Fellini le arroja claveles, «Ciao Rudy», «Ciao maschio»...
Aun sin esas ilustraciones, el documental seduce con sólo plantar la cámara frente a Mastroianni, y registrar su figura agradable y afectuosa, su voz, tan familiar, su asombro de niño, que mezclaba lo sentimental y lo cómico, otorgaba especial ternura a lo grotesco, y eludía la solemnidad a toda costa. Registra, por ejemplo, su opinión sobre paraísos mejores que los proustianos: «Quizás uno termine verdaderamente de ser joven, cuando se reduce a amar únicamente los paraísos perdidos». Registra, también, su cara agradecida ante el festejo de su 72° cumpleaños. El actor ya sabía que tenía cáncer, pero ante los demás sólo mostró buen humor, gentileza, y sabiduría. El resultado es, entonces, el testamento de un hombre que verdaderamente supo vivir.

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