El dato de inflación de diciembre (2,8%) introdujo una señal de tensión de corto plazo dentro de un proceso que, en el balance anual, fue claramente desinflacionario y culminó con el menor registro desde 2017, un hito relevante frente al historial macroeconómico reciente.
Inflación: 2025 cerró con un hito en años, pero el "efecto inercia" desafía la expectativa oficial para el primer semestre
La inflación cerró 2025 en su nivel más bajo en ocho años, pero el repunte de diciembre y la fortaleza del núcleo vuelven más desafiante el sendero de desinflación y obligan a recalibrar expectativas para 2026.
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El dato de inflación divide a los economistas: por qué se estancó el proceso de desaceleración
El desafío para el Gobierno será definir qué costo está dispuesto a asumir para acelerar la baja del índice.
Sin embargo, el resultado del último mes del año encendió alertas en el mercado, que venía descontando una variación sensiblemente menor. No solo se trató del registro mensual más alto en nueve meses, sino también de una confirmación de que el factor inercial tiene un peso mayor al previsto, tanto por los agentes económicos como por el propio Gobierno. Esa persistencia sugiere que el sendero de desaceleración del IPC podría avanzar a un ritmo más lento y exigente de lo que se esperaba. Por ahora, un registro mensual que comience con cero -como ha anticipado en reiteradas ocasiones el Gobierno- parece más un objetivo de mediano plazo, con mayor probabilidad de materializarse en 2027 que de convertirse en una realidad a lo largo del año en curso.
Al actual contexto, se suma un factor técnico que puede distorsionar la lectura de corto plazo. Desde enero entra en vigencia una nueva metodología del IPC, con una canasta actualizada que le da mayor peso a los servicios, el rubro que hoy muestra mayor persistencia inflacionaria (marcó 3,4% en diciembre). El cambio podría empujar los registros mensuales sin que ello implique, necesariamente, un quiebre del proceso desinflacionario, obligando a leer los próximos datos con mayor cautela.
En esa línea, la experiencia internacional muestra que los planes de estabilización suelen ser efectivos para derrumbar la inflación desde niveles muy elevados, pero enfrentan mayores dificultades en la etapa final. Alcanzar y sostener registros anuales de un dígito ha demandado, en muchos casos, entre seis y diez años, tal como recuerda el economista Santiago Bulat.
A lo largo de 2025, la combinación de ajuste fiscal, freno monetario y anclas nominales más estrictas permitió reducir la inflación desde el 117,85% anual de 2024 hasta niveles cercanos al 30% en 2025, especialmente en la primera parte del año, aunque a costa de una actividad todavía frágil y de sectores que operan con márgenes comprimidos.
Inlfación: el ruido de que dejó el dato de diciembre
La aceleración de diciembre dejó en evidencia que el proceso de desinflación no es lineal ni está exento de fricciones. El último mes del año concentró ajustes en precios regulados (treparon 3,3%) por firmes subas en tarifas de servicios públicos, que habían sido postergadas por el calendario electoral, y mostró que, aun con un marco fiscal y monetario más restrictivo, persisten focos de presión que pueden presionar la nominalidad.
El 2,8% mensual volvió a ubicarse por encima de lo que el mercado venía descontando, una dinámica que empieza a repetirse y que puede impactar directamente sobre la formación de expectativas. Coon todo, las proyecciones que surgen del REM dejaron de funcionar en los últimos meses como escenario base (había estimado un 2,3%) y comenzaron a operar, de hecho, como una especie de piso.
Pero lo que más inquietó al mercado fue el comportamiento de la inflación núcleo, que se movió al 3% mensual. Más allá del alivio que aportaron los precios estacionales (0,6%), el IPC core mostró que las presiones subyacentes siguen presentes, elevando el umbral desde el cual será posible pensar una nueva desaceleración. Aunque romper rápidamente el piso del 2% mensual aparece ahora como un objetivo mucho más exigente de lo que se preveía semanas atrás.
Efectos de la aceleración inflacionaria
Este escenario tiene derivaciones concretas. Desde el punto de vista financiero, refuerza el atractivo relativo de los instrumentos ajustados por inflación. En la economía real, en cambio, el riesgo pasa por una combinación ya visible en 2025: una inflación que se mantiene por encima de los salarios formales y una actividad con señales de enfriamiento, tal como se observó en el tramo final del año pasado. A eso se suma el frente cambiario: una convergencia más lenta de los precios profundiza el atraso real del tipo de cambio y podría incorporar expectativas de corrección hacia adelante.
El dato también condiciona el marco de la política monetaria. Una inflación más persistente obliga a elevar el piso de tasas -como quedó reflejado en la primera licitación de deuda del año, con rendimientos convalidados por el Tesoro cercanos al 50%—, limitando el margen para una normalización rápida sin costos sobre el nivel de actividad. En ese sentido, el consenso empieza a correrse desde un “camino despejado” hacia 2026, hacia una trayectoria más gradual y con vaivenes, aunque sin poner en cuestión el anclaje general del programa.
Desde SBS, Martín Polo, jefe de Estrategia, sintetizó esa mirada con cautela: “El proceso de desinflación sigue en marcha, pero el dato sugiere que la velocidad de convergencia será más lenta, con un piso inflacionario más alto y mayores tensiones entre expectativas, tasa de interés y actividad”.
Hacia adelante, el principal riesgo no pasa tanto por un rebrote abrupto, sino por la dificultad de perforar un piso que parece haberse consolidado. En ese contexto, varios analistas advierten sobre el trade-off entre profundizar la baja inflacionaria y preservar la actividad. Forzar una convergencia acelerada mediante un combo de atraso cambiario y alta volatilidad de tasas puede terminar siendo más dañino que beneficioso. La tasa de interés no es neutral: forma parte de los costos de las empresas y su inestabilidad suele amplificar la fragilidad del entramado productivo.
Desde esa mirada, Pablo Repetto, jefe de Research de Aurum Valores, sostiene que una estrategia más equilibrada pasaría por tasas reales positivas pero estables, en lugar de movimientos bruscos orientados a disciplinar expectativas de corto plazo. La experiencia muestra que la volatilidad financiera castiga más a la economía real que convivir, de manera transitoria, con una inflación algo más alta pero previsible.
En cuanto al arranque de 2026, el escenario base apunta a un primer trimestre todavía ruidoso. Enero podría mostrar registros elevados, febrero ofrecer un alivio estacional y marzo volver a tensionar el promedio. Lograr una perforación sostenida del 2% mensual aparece como un desafío complejo, al menos durante la primera mitad del año.
El desafío para el Gobierno será definir qué costo está dispuesto a asumir para acelerar la baja del índice. La disyuntiva ya no pasa solo por la velocidad de la desinflación, sino por cómo administrar el equilibrio entre tasas, tipo de cambio y actividad, sin poner en riesgo lo que hasta ahora logró estabilizar.



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