Con las primeras noticias del fuego que devoraba la sala de máquinas del Irízar y luego los trascendidos de imprevisiones de presupuesto para atender el mantenimiento, Nilda Garré movió al equipo de colaboradores. Desde Germán Montenegro, el subsecretario de Asuntos Técnicos Militares pasando por el dueño de los números, Oscar Cuattromo, secretario de Planeamiento hasta el director nacional de inteligencia estratégica militar, Carlos Aguilar, debieron analizar si la crisis antártica por la destrucción parcial del rompehielos afectaba la gestión e imagen de la ministra.
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En el ministerio se sabía de la postergación de las reparaciones de media vida. En 2004, el entonces capitán de navío Delfor Ferraris, comandante de la Fuerza Naval Antártica, hoy contralmirante a cargo del área Naval Atlántica fue enviado -con acuerdo del ministro José Pampuro- al Congreso para exponer ante la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara baja sobre los recursos necesarios para renovar las capacidades técnicas del rompehielos. Había datos formales del esfuerzo continuado al que era sometida la nave año tras año -desde 1978- que se redobló tras el hundimiento del buque polar Bahía Paraíso en 1989.
Garré, un náufrago feliz como los del Irízar, tuvo dos salvavidas inesperados de su imagen que no formaron parte de los seudos análisis del gabinete de Defensa: primero, fue la Armada brasileña que ofreció colaborar con el buque polar Ary Rongel y más tarde los británicos, quienes compartirían el rompehielos HMS Endurance durante el verano.
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