En un sótano a seis metros de profundidad debajo de los jardines del Observatorio de París, unos científicos ponen a punto lo que será el reloj más preciso del mundo, con el objetivo primordial de poner en entredicho una convención que data de 40 años: la definición del segundo.
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Los mejores relojes atómicos del observatorio alcanzan una precisión inaudita: tardarían 52 millones de años para desfasarse de un segundo. Ahora, el objetivo de las actuales investigaciones es reducir ese plazo a 32.000 millones de años. Esto podría parecer un simple reto intelectual. ¿El tiempo no es la dimensión más segura de la física moderna?
Esta situación sería como pasar por alto que el dominio del tiempo es también un tema económico. La industria espacial es, fundamentalmente, una ávida consumidora de relojes de precisión. Los sistemas de navegación por satélite, que conocieron un auge espectacular en los últimos años, se basan en instrumentos como éstos.