La maldición del oro de Moctezuma

En 1522, el corsario francés Jean Fleury capturó dos carabelas españolas con parte del tesoro de Moctezuma. Fue el primer gran saqueo al oro de América.

Los mexicas consideraban maldito a dicho tesoro y fue arrojado al lago

Los mexicas consideraban maldito a dicho tesoro y fue arrojado al lago

Los primeros días de enero de 1522, tres carabelas españolas huían a toda vela de una flotilla francesa que las perseguía sin tregua hacia las Azores. Eran corsarios franceses comandados por Jean Fleury.

Cerca del cabo de San Vicente, los franceses capturaron a dos naves. Fleury —a quien los españoles llamaban Florín— quería comprobar con sus propios ojos que tenía en sus manos parte del legendario tesoro que Hernán Cortés le había arrebatado a Moctezuma.

Cincuenta y ocho mil barras de oro, cientos de perlas y esmeraldas se acumulaban en sus bodegas. Fleury no podía creer lo que veía; sin duda, el tesoro más fabuloso que jamás había imaginado ni en sus sueños más salvajes.

Una de las carabelas logró escapar y llegó escoltada a Sevilla. Fleury, quien aún no salía de su asombro, puso proa a Francia, donde expuso estas riquezas mal habidas y entregó su quinto al rey Francisco I.

Entusiasmado por esta inesperada fortuna, el monarca francés comenzó a emitir patentes de corso, documentos que autorizaban a robar a los españoles bajo el amparo de la corona francesa.

Como vemos, los primeros en saquear los tesoros de España no fueron los ingleses sino los franceses, porque por entonces Enrique VIII estaba casado con Catalina de Aragón, tía de Carlos I de España, y no quedaba nada bien que se robasen entre parientes (aunque pasa en las mejores familias).

Por entonces ya andaba Ana Bolena revoloteando por el lecho del rey inglés, y este ya estaba tramando cómo divorciarse de Catalina sin entrar en conflictos con Roma. Al final se cansó de tanto trámite y debate teológico y mandó a Catalina al castillo de Kimbolton, donde murió en 1536, sin que ella reconociese a su marido como cabeza de la Iglesia anglicana y menos aún a la advenediza como su sucesora en el trono y en la cama de Enrique.

Liberados de esta alianza con España, los corsarios ingleses se lanzaron a perseguir naves hispanas con más saña que la mostrada por Fleury y sus colegas franceses.

Estos y el rey Francisco estaban fascinados con tanta riqueza; lo que no sabían es que la parte capturada era una parte minúscula del tesoro que Cortés le había arrancado a Moctezuma.

Resulta que, después del primer encuentro con Hernán Cortés, el jefe azteca le había cedido un palacio en Tenochtitlan, donde, al construir un altar, los españoles encontraron un pasadizo secreto que los llevó hasta una recámara con un tesoro incalculable, del que se apoderaron a la vez que tomaban a Moctezuma como prisionero.

Los mexicas se alzaron contra los españoles y Cortés envió a Moctezuma a calmar al pueblo. Sin embargo, los ánimos estaban caldeados y el rey azteca fue asesinado por los suyos.

Los españoles decidieron retirarse de la ciudad llevando el tesoro, pero esa “Noche Triste” no solo murieron seiscientos hombres de Cortés, sino que perdieron gran parte del botín.

Los mexicas consideraban maldito a dicho tesoro y fue arrojado al lago, y desde entonces permanece desaparecido. En 1981 se encontró una barra de oro de dos kilogramos enterrada bajo la Alameda de la ciudad de México. ¿Acaso era parte del tesoro de Moctezuma?

Con la parte que quedaba de esa fortuna robada, Cortés trató de ganar el favor de Carlos I enviándoselo en tres carabelas, dos de las cuales, como se dijo, fueron capturadas por Fleury y enviadas a Francisco I, mientras la carabela conducida por el capitán Martín Caifión logró entregar una parte de este tesoro de Cortés al rey español.

Entre Francisco I y Carlos I surgió una rivalidad, porque el francés no podía entender por qué España era heredera de los territorios al otro lado del mar. “¿Dónde está el testamento de Adán?”, preguntaba irónicamente Francisco.

Resulta que los abuelos de Carlos I, los Reyes Católicos, al ver las maravillas que venían de las tierras descubiertas por Colón, aprovecharon que el papa Alejandro VI era valenciano (sí señor, el famoso papa Borgia o Borja) y reclamaron las tierras del Nuevo Mundo.

El Papa trazó una línea alejandrina y declaró que, a partir de tantas leguas desde las islas Azores, todo ese territorio (que ni idea tenía de su extensión) pertenecería de acá en más a España. Y amén.

Como esta decisión no le convenía a Portugal, los españoles y portugueses firmaron el Tratado de Tordesillas.

Pero este arreglo tan particular no convencía a Francia, ni a Inglaterra, ni a Holanda, razón por la cual se dedicaron a atacar a cada nave española que surcara el Atlántico por los próximos tres siglos.

Por eso el Atlántico y el Caribe se poblaron de corsarios que robaban con permiso de sus reyes, mientras los piratas lo hacían por el mero gusto de robar.

Como el límite entre pirata y corsario no era preciso, se prestaron a todos los excesos, dando letra a cuentos, leyendas, novelas y películas sobre estos personajes nefastos, algunos tuertos, otros mancos o con pata de palo, pero todos con la misma codicia de pillar una enorme fortuna para no volver a navegar y beber todo el ron posible… Eso decían en tabernas. Pero nunca era el dinero acumulado suficiente y por nada del mundo dejaban la emoción de un abordaje…

Fleury, a pesar de los tesoros obtenidos, habiendo sido el primer corsario en asaltar naves españolas (llegó a atacar ciento cincuenta), no se dio por satisfecho y continuó su carrera hasta ser capturado por naves vizcaínas cerca de las Canarias.

Fue llevado en cadenas a Sevilla, donde Carlos I lo condenó a ser colgado en el puerto de Mombeltrán y expuesto para escarmiento de los enemigos de España.

Hernán Cortés, que había demostrado ser un militar de genio, aunque un hombre violento y culto a la vez, juntó títulos y fortuna, volvió a España como un gran señor y vivió hasta su muerte en 1547, en el palacio de Castilleja de la Cuesta.

Sus restos fueron inhumados nueve veces. Fue enterrado originalmente en Sevilla hasta que finalmente lo llevaron a la ciudad de México, donde escondieron sus huesos en las paredes del Hospital de Jesús Nazareno para evitar que fuesen profanados.

Desde 1949, una humilde placa de bronce anuncia que en algunas de esas paredes se esconden los restos de un español que conquistó un imperio con un puñado de valientes, robó la fortuna más grande que se pueda imaginar y la perdió en una noche.

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