10 de noviembre 2005 - 00:00

Periodista que fue presa ahora pierde el puesto

Luego de una larga y amarga disputa, Judith Miller, la periodista que pasó casi dos meses en la cárcel por negarse a revelar sus fuentes en el caso de la espía de la CIA Valerie Plame, dejará el matutino «The New York Times» tras 28 años de trabajo.

«Estamos agradecidos a Judy por su significativo sacrificio personal para defender un importante principio periodístico», dijo el editor del matutino, Arthur Sulzberger Jr, según agencias internacionales de prensa. « Respeto su decisión de retirarse del 'Times' y le deseo lo mejor», señaló diplomáticamente, sin aludir a las molestias que despierta hoy la periodista que pasó sin escalas de heroína a villana.

Miller había sido condenada a prisión por un juez federal por desacato cuando se rehusó a divulgar la identidad de una fuente confidencial ante el gran jurado que investigaba la filtración de la identidad de la agente encubierta de la CIA Valerie Plame.

La postura de Miller había recibido inicialmente el decidido apoyo del periódico y de Sulzberger. Sin embargo, desde su liberación el mes pasado, luego de que decidiera declarar, periodistas y editores del diario comenzaron a cuestionarla abiertamente, en medio de sugerencias de que Miller había sido poco sincera con el «Times» sobre su fuente anónima, que resultó ser Lewis Libby, jefe de gabinete del vicepresidente, Dick Cheney.

Un extenso artículo de portada escrito por tres periodistas del matutino presentó un desfavorable retrato de Miller, ganadora en su momento del premio Pulitzer, como una persona «divisiva» de la redacción del periódico, a la que se le había dado demasiada libertad editorial, que solía estar «demasiado cerca» de sus fuentes y con quien algunos colegas hasta se negaban a trabajar.

La mujer, que había llevado una rutilante carrera, sufrió un golpe mortal tras la cobertura que precedió a la Guerra de Irak, que comenzó en marzo de 2003. A finales de 2001 y en 2002 publicó una serie de apabullantes historias sobre la voluntad y capacidad del entonces presidente iraquí, Saddam Hussein, de fabricar armas de destrucción masiva.

Miller reconoció luego haberse equivocado « totalmente», aunque indicó que el resto de los periodistas y analistas también lo había hecho. Desde entonces su nombre prácticamente desapareció de las páginas del diario.

Miller señaló poco después de su salida de prisión, que esperaba volver a la redacción y seguir haciendo lo que siempre había hecho: «Escribir sobre las amenazas contra nuestro país».

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