10 de abril 2010 - 12:33
Quinquela Martín ya tiene una escultura en La Boca
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La escultura que representa al artista Quinquela Martín en el barrio porteño de La Boca.
Basado en una antigua foto que mostraba al pintor en una camisa rematada con el característico cuello de pajarita, reemplazó el cigarro que llevaba con gesto elegante por una espátula de albañil.
"Tenía montones de ésas, las usaba todo el tiempo. Las recortaba y con ellas esparcía la pastosidad del óleo", indicó Orellana sobre este trabajador apasionado por el oficio, la idea de progreso y su tierra chica.
El humo de las chimeneas y las fábricas que se ve en muchos de los lienzos donde retrató el barrio "no existían en realidad", eran "expresión de su propio deseo", sostuvo por su parte el director del museo Maguncia, Walter Santoro.
El artista cuyas pinturas forman parte de los principales museos del mundo, fue abandonado poco después de nacer en la porteña Casa de los Expósitos, con una nota que decía "este niño a sido bautizado con el nombre de Benito Juan Martín".
Por eso su fecha de nacimiento es estimativa, los trabajadores del orfanato establecieron el 1 de marzo como su cumpleaños por el tamaño que tenía el niño cuando fue dejado frente a sus puertas, el 20 de marzo de 1890.
"Mi vieja me conquistó en seguida y desde el primer momento encontró en mí un hijo y un aliado", recuerda Quinquela en su autobiografía (1963) al hablar de Justina Molina, la indígena correntina que lo adoptó a los seis años de edad junto a Manuel Chinchella, ella analfabeta y él un carbonero recién llegado de Italia.
Fue de niño, trabajando junto a su padre con los carboneros en el puerto, que comenzó a desarrollar su arte, aprovechaba los restos de carbón para dibujar cuanta superficie tuviera a la mano, relata el propio pintor en la autobiografía recogida por Andrés Muñoz, con esa filosofía de arrabal que lo acompañó toda su vida.
Quinquela retrató y reinventó su aldea dentro y fuera del arte: "incluso pintó su cajón, no quería ser enterrado en una caja negra como el carbón de sus primeros trazos. Decía que había que morir como se vivía y él había decido vivir con color", sintetizó San Toro.
Sus pinturas muestran la actividad, vigor y rudeza de la vida diaria en los puertos, "el interés del hombre más allá del artista. Y sobre los principios y creencias de ese hombre se levanta este monumento, más allá de su arte, a más acá, en su humanidad", concluyó.




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