Para ser casi un argentino (dijo que así se sentía), Joan Manuel Serrat se cotiza mucho más que sus pares. Ayer, en los alrededores del Teatro Colón, la reventa de entradas para su recital sinfónico de esta noche, con la Filarmónica de Buenos Aires, estaba llegando casi a los 300 pesos, y no siempre para localidades preferenciales. En la boletería, donde el valor oscilaba entre los 40 pesos (paraíso) y los 140 (platea), se habían agotado casi desde que se pusieron a la venta. En verdad, hay gente que paga lo que sea para ver al «Nano», hoy una de las figuras que más colma las apetencias culturales del gobierno, a tal punto que se le concedió, por primera vez, el Teatro Colón, del que si bien faltan desde hace mucho los grandes divos de la ópera ha sido tan generosamente abierto a figuras populares. El tiempo y sus íconos: durante la gestión municipal de Carlos Grosso, en 1987, la pesada humanidad de Luciano Pavarotti se posó por primera vez sobre el escenario de Plaza Lavalle. Hoy «Mediterráneo», «Pueblo blanco» y «Cantares» parece satisfacer mucho más las apetencias setentistas en materia de cultura.
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