El año que viene será testigo de importantes elecciones presidenciales. No sólo cambiará de manos la presidencia en los Estados Unidos, sino también la de la Federación Rusa. En efecto, en marzo de 2008, Vladimir Putin, salvo episodios traumáticos, deberá dejar la presidencia de su país porque habrá cumplido ya sus dos mandatos y, al menos por ahora, para él una reelección más no es constitucionalmente posible. Así lo ha admitido en una reciente conferencia de prensa.
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Es hora, entonces, de pensar en quién puede ser su sucesor en un ambiente político en el que se ha instalado una creciente dosis de autoritarismo que preocupa a muchos. En ese escenario tan particular, no es sorpresivo que los principales medios de comunicación masiva sean cuidadosamente manejados desde el poder, lo que siempre hace algo más difícil la tarea de tratar de predecir el futuro.
El candidato que, en definitiva, endose Vladimir Putin presumiblemente será el ganador de la contienda electoral del año que viene. Y deberá gestionar un país en el que el poder se ha concentrado en muy pocas manos y donde la bonanza generada por los ingresos provenientes de la exportación de hidrocarburos parece haber generado un ambiente de optimismo generalizado acerca del futuro cercano, que, al parecer, ha reemplazado a la nostalgia prevaleciente tras la caída del Muro de Berlín, que marcó la implosión del ex imperio soviético.
En la carrera presidencial, los « caballos del comisario» son, por ahora, dos. El primero es Dmitry Medvedev, un abogado de apenas 41 años, simpático, originario (como Putin) de San Petersburgo, que se desempeña como viceprimer ministro y es, a la vez, el presidente de Gazprom, la gigantesca empresa estatal que monopoliza cuanto tiene que ver con el gas natural ruso. Está considerado como un político moderado, con una relativa inclinación positiva hacia Occidente. Su rival es Sergei Ivanov, de 53 años, el actual segundo viceprimer ministro, quien tiene a su cargo la cartera de Defensa, desde donde ha rearmado -con éxito singular- la industria militar rusa. Más conocedor del mundo y quizás algo más estatista que Medvedev, Ivanov es asimismo -como el propio Putin- un ex agente de la KGB que en su momento prestó servicios en Europa y en Africa. A diferencia de Medvedev, Ivanov tiene fama de «duro», lo que acaba de hacer evidente en su amenazador manejo de la crisis con Georgia, país con el que las relaciones bilaterales pasan por un momento particularmente tenso.
Ambos son hombres «de acción» que gozan de toda la confianza de Putin, quien, en los hechos, los promovió a sus actuales cargos. El riesgo que ambos ciertamente corren es que el mandatario encuentre, de pronto, una fórmula que le permita permanecer en el poder pese a los actuales límites constitucionales. Para ello, según algunos, podría provocar una crisis que, de pronto, haga « inconveniente» su reemplazo.
Después de todo, la rusa es una democracia joven, en la que sólo catorce años atrás ocurrió la primera elección libre. Y los recientes asesinatos de Anna Politkovskaya y Alexander Litvinenko recuerdan -dramáticamente- que los riesgos de estar en las cuestiones políticas centrales de Rusia son grandes.
Otros nombres
Hay algunos nombres de otros funcionarios que, para algunos, podrían también -eventualmente- llegar a estar en carrera. Me refiero a los de Mikhail Fradkov, un sobrio ex primer ministro, con buenas conexiones en el mundo de la política; y de Vladimir Yakunin, un hombre mencionado frecuentemente como personaje influyente a partir de sus actuales responsabilidades, que tienen que ver con el sector del transporte, con los ferrocarriles específicamente.
En las filas de la frágil oposición a Putin, por ahora aparecen solamente dos personajes principales. Ambos, sin demasiadas posibilidades, claro está. El primero es Garry Kasparov, de 43 años, universalmente conocido por sus dotes de gran ajedrecista, deporte-ciencia con cuyos máximos laureles alguna vez se coronó. Es un partidario de la «economía de mercado». El segundo es Mikhail Kasyanov, de 49 años, quien fue alguna vez un respetado ministro de Hacienda; como Kasparov, es también un hombre que ha caminado por el mundo y lo conoce bien, y es también un partidario de la «economía de mercado». Se lo considera cercano a los principales líderes occidentales, con quienes ha cultivado una excelente relación. Esto último, en un ambiente donde el nacionalismo crece, no luce ideal.
Así parecen estar las cosas. Si Vladimir Putin termina finalmente dando un paso al costado (lo que está lejos de ser seguro), las probabilidades apuntan hoy, más bien, en dirección a Medvedev. Su juventud y su contagioso dinamismo son sus dos grandes activos, pero son también una debilidad a los ojos de otros, desde que puede ser fácilmente atacado como un político que, en rigor, es todavía demasiado «inexperto». Si no es el propio Putin quien permanece en el Kremlin, alguien muy cercano a él -y sobre todo: «cortado con la misma tijera»- será presumiblemente su próximo sucesor.
(*) Ex embajador de la Argentina ante las Naciones Unidas. PS: Desde que esta nota fuera escrita, Vladimir Putin decidió promover a Sergei B. Ivanov al mismo nivel político que Dmitri A. Medvedev, colocando así a ambos hombres en absoluta paridad de situación en la carrera por su sucesión, y alimentando toda suerte de especulaciones. Ivanov ha dejado entonces la cartera de Defensa, en la que lo ha sucedido ahora Anatoly E. Serdyukov, otro colaborador cercano a Putin, que hasta ahora había estado cargo de la agencia federal recaudadora de impuestos.
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