Bolsonaro metió mano en las FF.AA. y lleva la crisis política a un nivel más peligroso

Mundo

Hay conmoción en Brasil. El presidente pretende que los militares lo acompañen en posibles medidas contra los gobernadores o incluso en la desobediencia a una investigación parlamentaria de su manejo de la pandemia o a un impeachment. Peligro de escisión en los cuarteles.

Hablar del Gobierno de Jair Bolsonaro actualiza los hedores de la Guerra Fría y, como ocurría durante los regímenes de facto de los años 70 y 80, la necesidad indagar en la interna militar para entender la realidad. Un día después de que el presidente dispusiera el relevo del general retirado Fernando Azevedo e Silva como ministro de Defensa y su reemplazo por el hasta entonces jefe de gabinete, el también general Walter Souza Braga Netto, ayer cayó –¿la removió él, renunció ella?– la cúpula de las Fuerzas Armadas. El hecho desnuda un conflicto por el intento del jefe de Estado de imponerles su voluntad para extremos que oscilan entre la declaración del estado de excepción en las gobernaciones que hayan impuesto medidas de aislamiento en la pandemia y el expediente liso y llano del autogolpe. Brasil, planeta Tierra, siglo XXI.

Según la Constitución, una de las atribuciones del presidente de la República es “ejercer el comando supremo de las Fuerzas Armadas, nombrar los comandantes de la Marina, el Ejército y la Aeronáutica, promover a sus oficiales-generales y nombrarlos para los cargos que les son privativos”. Sin embargo, la transición democrática que comenzó en 1985 fue, a diferencia de la argentina, pactada, lo que hace que en los usos y costumbres los hombres de armas retengan un poder considerable. Así, cuando se trata de modificar la cúpula, cada fuerza eleva una terna de candidatos en acuerdo con el ministro de Defensa, entre los que elige el jefe de Estado. Bolsonaro amenaza con hacer volar por el aire las tradiciones.

Tras la caída del comandante del Ejército, general Edson Leal Pujol; del de la Armada, almirante Ilqes Barbosa, y del de la Fuerza Aérea, brigadier Antonio Carlos Bermudes, la negociación se puso en marcha ayer mismo. Con todo, el primer encuentro entre Braga Netto, más fiel a Bolsonaro que a sus camaradas, y el Estado Mayor de las fuerzas resultó tenso y pleno de ataques mutuos, según supo Ámbito.

“Bolsonaro quiere asegurarse de tener a las Fuerzas Armadas de su lado. Él entiende que, como comandante en jefe, manda sobre ellas, lo que no era compartido ni por el exministro de Defensa ni por el general Pujol. Esta crisis muestra cuánto respaldo ha pedido Bolsonaro en el mundo militar”, le dijo a Ámbito desde Brasilia Marcelo Rech, director del Instituto InfoRel de Relaciones Internacionales y Defensa.

En el marco de una reforma amplia del gabinete exigida por los nuevos aliados del Gobierno en el Congreso, las bancadas del polémico centrão, la salida de Azevedo e Silva fue ruidosa. En su comunicado de despedida del lunes, aclaró que su gestión se guió por la preservación “de las Fuerzas Armadas como instituciones del Estado”.

Eso, se supone, es la antítesis de la politización de los cuarteles que pretende el presidente de ultraderecha. El debate, sin embargo, es curioso porque Bolsonaro fue, tal como contó en exclusiva Ámbito poco antes de las elecciones de 2018, “un líder construido en pos de un nuevo proyecto de poder militar”. Eso, sumado al pronunciamiento cuasigolpista que en abril de 2018 le exigió al Supremo Tribunal Federal que Luiz Inácio Lula da Silva ingresara en prisión, a los más de seis mil uniformados que han ocupado cargos de distinto nivel en la administración –entre ellos, la vicepresidencia y cerca de la mitad del gabinete– y a la aceptación en el funcionariado por primera vez de oficiales en actividad, es politización pura. El problema es que la marioneta que la jefatura creía poder rodear y controlar hoy se despacha con un proyecto propio que supone subordinarla. Los chicos crecen.

Lo que la mayor parte de las Fuerzas Armadas resiste es el intento del excapitán de utilizarlas de un modo capaz de acabar con el prestigio del que siguen gozando en un sector social amplio. Como mínimo, como garantes de eventuales declaraciones excepción en los estados que declararon medidas de distanciamiento social en medio de la explosiva segunda ola del nuevo coronavirus, que ha disparado la media diaria de muertes a más de 2.500, acumulado 313.000 decesos documentados y colapsado los hospitales y hasta los cementerios. Como máximo, como respaldos para resistir un eventual intento del Congreso de investigar o destituir al presidente por su desmanejo de la pandemia.

El general Pujol, por caso, irritó al presidente cuando respaldó a los gobernadores en esa puja y cuando afirmó, en noviembre de 2020, que “no somos una institución del Gobierno, no tenemos partido. Nuestro partido es Brasil (…). Las Fuerzas Armadas cuidan al país, a la nación. Son instituciones del Estado, permanentes”.

Ni olvido ni perdón: Bolsonaro no solo pedía la cabeza de Pujol sino también la del jefe del Departamento General del Personal del Ejército, general Paulo Sérgio, quien, alarmado, le dijo el domingo al diario Correio Braziliense que el arma ya se prepara para una tercera y peor ola de covid-19. Ante la negativa repetida de Azevedo e Silva de entregarlos, Bolsonaro echó al ministro. ¿También a los comandantes?

Eso dice el Palacio del Planalto, pero una fuente brasileña con amplio conocimiento de los cuarteles le dijo a Ámbito que los comandantes renunciaron como repudio al presidente y al cambio en Defensa. De ser esta la causa de los alejamientos y no una decisión del mandatario, se trataría de un hecho sin precedentes desde el retorno de la democracia.

A Bolsonaro le va a ser difícil encontrar una nueva jefatura que cumpla con sus orientaciones.

“Los militares han dejado claro que no quieren meterse en la política y que nadie los va a arrastrar a eso. Si Bolsonaro piensa contar con ellos para mantenerse en el poder en caso de que decida radicalizarse, mejor que se olvide porque no lo van defender. Tampoco van estimular algo en su contra, claro”, explicó Rech.

“El problema ahora es que Bolsonaro quiere ubicar en la cúpula a alguien que no le sea tan adverso como el general Pujol, lo que es una gran dificultad dada la preocupación militar acerca de una politización de las fuerzas”, coincidió, en diálogo con Ámbito, Creomar de Souza, analista político y fundador de Dharma Political Risk and Strategy, una consultora de riesgo con sede en Brasilia.

“Hay una percepción de que el presidente está a la defensiva y que intenta construir una protección a su alrededor”, agregó.

Rech, en tanto, advirtió que “el mayor temor es el de una fractura muy fuerte de las Fuerzas Armadas, que enfrente al sector que apoya a rajatabla al presidente y la mayoría, que rechaza esa forma de partidización”.

Según la prensa local, ya ha surgido en los cuarteles un tercer sector, que rechaza tanto la reelección del actual mandatario –en caída en las encuestas– como un regreso de Lula da Silva, rehabilitado por la Justicia, en octubre del año próximo. Así, una serie de generales y coroneles ya trabajan en pos de una tercera opción.Todo está patas para arriba en Brasil. El Gobierno elegido en las urnas es más radical que las Fuerzas Armadas, las que han moderado muchas de las aristas más filosas de Bolsonaro, incluso en la relación con la Argentina, así como con China y en vinculación con la pandemia. Sin embargo, estas tensiones evidencian una politización que, aunque no se la quiera llamar de ese modo, ya está instalada. ¿Acaso los Estados Mayores no están resistiendo y negociando decisiones del poder civil, por cuestionado que esté, sobre políticas y nombramientos?

Dejá tu comentario