5 de noviembre 2008 - 00:00

Bush, silencioso, comienza su pelea con la Historia

La crisis económica que golpea a EE.UU.tiñe negativamente el final del gobierno deGeorge W. Bush. Las fallas de seguridad queprecedieron el 11-S, la guerra en Irak y losavances sobre las libertades públicas tambiéngeneraron arduas polémicas en los últimosocho años.
La crisis económica que golpea a EE.UU. tiñe negativamente el final del gobierno de George W. Bush. Las fallas de seguridad que precedieron el 11-S, la guerra en Irak y los avances sobre las libertades públicas también generaron arduas polémicas en los últimos ocho años.
Nueva York (enviado especial) - Aunque el traspaso de mando se realizará en enero próximo, las elecciones de ayer marcaron el final de un ciclo en la política norteamericana. Ante el anochecer de un mandato algo amargo por las críticas generalizadas, incluso de medios y referentes conservadores, y la frustración en casi todas las líneas de trabajo emprendidas, el entorno de George W. Bush dice que el temple del todavía jefe de la Casa Blanca es el que contagia ánimo a todo el equipo presidencial.

En momentos aciagos, «su energía y su espíritu marcan el tono para el resto de nosotros», confesó a la prensa local Kevin Sullivan, director de Comunicaciones de Bush.

John McCain, quien nunca ocupó el círculo íntimo de Bush ni sus inmediaciones, evitó lo más que pudo, durante los meses de proselitismo, cualquier contacto o foto con el presidente saliente. Tampoco entre la prensa seria le quedan muchos aliados al mandatario dos veces electo, ni siquiera en el universo conservador. «The Economist», un medio británico de amplia difusión aquí, y el «Financial Times», que cuenta con una edición local, no ahorraron críticas al ciclo que concluye.

La mecha que encendieron las hipotecas subprime terminó por deslucir del todo un mandato que fue, a su modo, fundacional en la política norteamericana. Situación contrastante con aquella popularidad de 80% pos 11 de setiembre de 2001. El cambio cultural del que fue emergente la era Bush, o que ayudó forjar, afectó tanto a habitantes de «rincones oscuros» del planeta, en términos del texano, como a los propios estadounidenses. Mucho de ese trazado vinculado a la seguridad, pero también a valores sociales y morales conservadores, sigue vigente, como dejó ver el fervor de los militantes republicanos que llegó a incomodar a McCain en el momento más caliente de la campaña electoral. En rigor, Barack Obama tampoco transitó zonas riesgosas que le hubieran complicado la estrategia ante los ataques republicanos.

La amenaza real en el corazón del territorio estadounidense elevó en concreto el muro entre civilizaciones descrito teóricamente por Samuel Huntington. En enero de 2002 quedó inaugurado el «eje del mal». Es innegable que el Presidente sintonizó la misma melodía que una parte importante del alma de los estadounidenses. «O están con nosotros, o están contra nosotros», dijo entonces.

La Ley Patriota cambió reglas de juego vinculadas a las libertades individuales que eran consideradas sagradas para la vida norteamericana. Desde el derribo de las Torres Gemelas hasta fin de 2003, la prensa y las universidades críticas se llamaron a un silencio más o menos voluntario, inédito para la historia reciente del país. La mayoría de los estadounidenses avaló este escenario hace cuatro años, cuando Bush derrotó al demócrata John Kerry. En algún lugar de Pakistán, un saudita ponía todas las fichas a la guerra de civilizaciones.

  • Ideólogos

    Casi nada estuvo oculto. Hasta las torturas y las cárceles clandestinas fueron defendidas públicamente por ideólogos como Donald Rumsfeld, ex jefe del Pentágono, o Alberto González, ex fiscal general. Paul Wolfowitz, Richard Perle, Karl Rove, Dick Cheney o Condoleezza Rice aportaron pinceladas para la doctrina de Bush. Este, a su vez, se apoyó en sus creencias religiosas, selladas a fuego en su encuentro con Dios cuando buscaba la salida del alcoholismo, según revelara él mismo.

    En el medio, Abu Ghraib, la cárcel de Bagdadque durante más de un año -tras la caída de Saddam Hussein-funcionó como un centro de torturas, como indican numerosos testimonios y pruebas conocidas públicamente. Una sucesión de datos incómodos en términos de opinión pública, a la par de resultados no muy comprobables de las políticas del Pentágono y el Departamento de Estado, sumados a los costos políticos y sociales que generó el huracán Katrina, y a la crisis económica ahora acentuada, redujeron la popularidad de Bush a un cuarto de lo que supo conseguir en sus mejores años.

    Un asesor de Bush, Pete Wehner, evaluó ante «The Washington Post» que el jefe de la Casa Blanca se sintió «más liberado para actuar cuando tomó conciencia de sus bajos niveles de aprobación». En una confesión reciente ante sus allegados citada por el diario, Bush dijo: «Sigo siendo la misma persona que conocieron. Soy más prudente, tengo más experiencia, pero mi corazón y mis valores no cambiaron».
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