5 de mayo 2004 - 00:00

Bush y Kerry calculan costos de un "ataque electoral" de Al-Qaeda

El presidente George W. Bush mira ayer desde el micro que encabeza una gigantesca caravana electoral por diversos estados para los comicios de noviembre.
El presidente George W. Bush mira ayer desde el micro que encabeza una gigantesca caravana electoral por diversos estados para los comicios de noviembre.
Washington - Es el hecho espeluznante e impredecible con que se obsesionan en privado los organizadores de las campañas de George W. Bush y John Kerry, y rara vez lo discuten en público: ¿cómo afectaría la forma en que los votantes ven al presidente o a su contendiente otro ataque terrorista antes de las elecciones presidenciales, incluso uno que resulte una pálida sombra del del 11 de setiembre?

Es una pregunta sin respuesta, pero eso no significa que la planificación no haya empezado. El presidente George W. Bush ha comenzado a hablar sobre la posibilidad en público, quizá para preparar al país para lo peor o para iniciar la inoculación política, si fallan las defensas nacionales.

Al preguntársele en una convención de editores de periódicos hace 10 días sobre los sondeos que muestran que dos tercios de los estadounidenses creen que el terrorismo golpeará a Estados Unidos en el futuro cercano, dijo: «Bueno, puedo entender por qué piensan que van a ser atacados de nuevo. Vieron lo que sucedió en Madrid».

Su asesora de seguridad nacional, Condoleezza Rice, habla de «charlas» sobre un ataque contra Estados Unidos que los terroristas esperarían que influyera en la elección.


• Juego de estrategia

Expertos en seguridad y agentes políticos están calculando cuál podría ser la consecuencia política de un ataque. Las respuestas dependen del tipo de ataque y de cuándo suceda. Lo que era impensable antes de los atentados de Madrid se ha convertido en tema de intensos juegos de estrategia.

«El mensaje que los terroristas aprendieron en Madrid es que los ataques pueden cambiar las elecciones y las políticas», dijo un alto funcionario gubernamental, al hablar sobre la decisión del nuevo gobierno español de retirar sus tropas de Irak, exactamente el objetivo que algunos creen tenían en mente los terroristas. «Es un precedente muy peligroso.»


Los estadounidenses rara vez vieron una diná-mica política como ésta, razón por la que Bush hizo de la prevención una piedra angular de la política de seguridad nacional y de su campaña de reelección.

Colaboradores políticos de Bush
-sólo tras bastidores, porque nadie analiza el terrorismo abiertamente-argumentan que cuanto más enloquece el mundo, más beneficia a la campa-ña: ahora más que nunca, el país necesita un presidente que haya actuado firmemente con el terrorismo. Un escenario que empeore en Irak, creen, tiene el mismo resultado. Quizá sea un giro previo al desastre, pero muchos demócratas dicen en privado que coinciden con esa teoría.

Hasta ahora, los signos son contradictorios.
El índice de aprobación de Bush pareció mejorar un poco aun cuando las bajas en Irak empeoraron en abril. Pero luego una encuesta de «The NewYork Times» y CBS News, divulgado la semana pasada, sugirió que Bush finalmente estaba pagando un precio entre los votantes.

Un sondeo altamente poco científico de esas conversaciones reveló algunos hilos comunes de lógica entre los asesores de Bush y Kerry. Pocos dudan de que un ataque unirá al país detrás del presidente, como sucedió después del 11 de setiembre.

Pero el efecto podría ser mucho más breve esta vez, especulan muchos, porque el efecto del impacto habría desaparecido, y porque esta vez se supone que las defensas estadounidenses son mejores.
De manera que en un mes más o menos, continúa el pensamiento, el horror daría paso al análisis sobre si los miles de millones de dólares invertidos en seguridad fueron bien gastados, y si Bush se interpretó las amenazas correctamente. Una cosa fue no comprender las advertencias previas al 11 de setiembre. Otra sería comprenderlas mal ahora.

Los ataques inevitables, continúa la teoría, podrían tener efecto político limitado. Los atentados suicidas en un centro comercial o en un tren, estilo los de Madrid, podrían caer en esta categoría. Pero un ataque más espectacular provocaría llamados inmediatos para realizar investigaciones sobre si el gobierno hizo muy poco mientras se abocaba a Irak.

Los terroristas, creen algunos, podrían tratar de emprender un ataque que pudiera ser creíblemente descripto como resultado de la guerra de Irak, en vez de una repetición del del 11 de setiembre. Eso lo convertiría en la prueba A del argumento anti-Bush de que Irak ha hecho a los estadounidenses más vulnerables.

Pero al menos un destacado asesor de Kerry teme lo contrario: que Al-Qaeda quiera que Bush sea reelegido porque es «la mejor propaganda que tienen para el reclutamiento».


Los colaboradores de Kerry podrían estar atentos a la lección aprendida por otro senador de Massachusetts, en sus primeros meses como presidente. John F. Kennedy se desesperó después del fiasco de Bahía de Cochinos, convencido de que la fallida misión para derrocar a Fidel Castro lo hacía parecer débil ante la amenaza comunista justo frente a las costas de Estados Unidos. Luego, sus cifras en los sondeos se elevaron. «Es como Ike», exclamó, dice un relato en el libro de Richard Reeves, «President Kennedy: Profile of Power» («Presidente Kennedy: perfil del poder»). «Cuanto peor actúe uno, más les gusta».

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