Seguramente es demasiado pedir que en sólo seis meses pueda modificarse un sistema político y económico oxidado que va camino a cumplir, en enero próximo, medio siglo de reinado represivo. Y, seguramente también, el problema del caso cubano radica en que sólo una revolución en toda la regla podía satisfacer las desmesuradas expectativas de apertura que se dispararon con la salida de Fidel Castro por enfermedad del primer plano en 2006. Así, desde un punto de vista fáctico, el primer semestre de Raúl Castro como dueño confirmado del poder en Cuba -período que se cumplió ayer- se limitó al anuncio de una serie de reformas más bien nominales, destinadas a remover barreras y prohibiciones seguramente irritantes pero que no pueden ser aprovechadas por los cubanos comunes debido al bajo nivel de vida que padecen.
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Algunas de esas medidas han tenido un no despreciable valor simbólico, como la eliminación de la prohibición para que los cubanos puedan alojarse en hoteles para turistas internacionales y, cómo éstos, alquilar automóviles. También hay que sumar a la lista el acceso que se dio a la población a la telefonía celular, a los DVD y a las computadoras, aunque, en esos casos, sólo se beneficie a quienes tienen acceso al preciado dólar, una realidad más que limitada en la isla.
Pero si de cambios se habla, acaso el más importante sea, justamente, la confirmación seis meses atrás de que Fidel ya no volverá a ocupar el poder formal. Se trata de un hecho trascendente en sí mismo, por más que nadie en Cuba deje de intuir su influencia omnipresente, más decisiva entre los bastidores del poder que lo que sugieren los artículos con los que, a través de la prensa oficial, aún recuerda a los cubanos que su sombra no ha dejado de proyectarse sobre la isla.
En lo económico, Raúl sugirió más que lo que concretó, pero acaso allí, en algunas de las palabras que pronunció, es donde deba buscarse un potencial mayor de cambio dentro de un sistema que se resiste a morir.
El nuevo dictador llamó a una revolución en la producción de alimentos, de modo de evitarle a una economía que importa 80% de la comida que consume las zozobras que impone la carestía de las materias primas en los mercados internacionales. La apuesta oficial pasó por una mayor redistribución de tierras estatales, pero sin flexibilizar lo suficiente las formas de propiedad, que es lo que traba en realidad el desarrollo productivo.
Definiciones
¿Hay todavía espacio para un cambio dentro del sistema? No está claro, pero sí han llamado la atención ciertas definiciones de Raúl, como la admisión de que 50 años de revolución no han sido suficientes para elevar el nivel de vida de la gente -casi una confesión-, y su decisión de que los salarios en la administración pública ya no tengan topes, beneficiando a los trabajadores más voluntariosos. «Socialismo es igualdad de derechos y de oportunidades, no de ingresos», dijo en una definición que podría caber perfectamente a un liberal.
Mientras, el régimen no ha aflojado sus reflejos represivos, por lo que, a falta de una presión internacional mayor, no sorprende que la oposición interna siga debatiéndose en su debilidad y su aislamiento.
Cuba, y el mundo, siguen esperando señales de un cambio más profundo. Señales que difícilmente llegarán mientras no se atisbe una verdadera apertura democrática o, más modestamente, mientras se siga privando a los cubanos del derecho básico de poder salir de su país sin permiso oficial, tal como lo atestigua todavía el caso de la médica Hilda Molina.
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