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¿"Gaffe" del canciller, entonces, o movida inteligente? Responder esa pregunta equivale a pisar terreno fangoso, algo evitable cuando la mayoría de las veces lo que resulta evidente alcanza y sobra para argumentar.
Y lo evidente en este caso es que, sin conjeturar sobre la psicología de Kerry, lo que dijo sirvió en los hechos para que Rusia, la gran aliada de Al Asad, tomara rápidamente el guante y convirtiera esa frase circunstancial en una movida diplomática seria. Y no sólo el régimen de Damasco se mostró abierto a la idea; todos los actores que se esperaba que actuaran en estas horas decisivas como abogados del ataque terminaron ponderándola, desde el infortunado Cameron hasta Hillary Clinton, quien debió poner punto final a un silencio llamativo que, según algunos, había estado dictado por sus especulaciones presidenciales.
Toda una ironía: Rusia, enemigo íntimo de Estados Unidos, podría en los próximos días salvar a Obama de un papelón histórico, similar al que doce días atrás sufrió el británico pero mucho peor por la escala de la potencia involucrada.
A lo largo de la historia, los imperios se han definido por muchos rasgos, pero uno nunca estuvo ausente: sus amenazas de usar la fuerza deben, sí o sí, concretarse. Hablar de "líneas rojas" y no hacer nada cuando el enemigo las cruza es una muestra de impotencia que sólo alienta a quienes buscan subvertir el statu quo.
Nada puede darse por descontado en el desarrollo de una crisis tan imprevisible y cambiante, y mucho menos el éxito de esta movida diplomática. Pero es claro que, ella mediante, la tarea de convencer a los legisladores y a más miembros de la comunidad internacional será aun más cuesta arriba para el norteamericano.
De concretarse las negociaciones que se ensayan contra reloj, éste seguramente podrá alegar que sin la amenaza del recurso a la fuerza nada habría pasado, y que el tirano sirio ni siquiera habría contemplado la posibilidad de entregar sus gases venenosos. Eso es verdad. Pero también lo es que el argumento supone convertir en virtud lo que, claramente, nació como carencia.
Si finalmente los bombardeos se evitan, la lista de los ganadores será muy amplia.
Para empezar, hay que mencionar al sistema internacional, que pondría bajo control uno de los últimos arsenales de armas químicas del mundo, que, en medio del caos, no se sabe hoy en qué manos está.
Obama salvaría, raspando, la ropa y Al Asad, nada menos que su régimen y, acaso, su vida.
Rusia emergería fortalecida en su prestigio, tanto por haber contribuido a bloquear un ataque a uno de sus aliados más valiosos como por haber encontrado la salida al laberinto.
Las Naciones Unidas evitarían ser vistas, al menos por una vez, como una burocracia prescindible, y una multitud de países emergentes, con el faro del Vaticano, sentirían haber contribuido al poner un freno a la violencia unilateral de los poderosos.
Pero el final no sería feliz para todos. Los rebeldes sirios, que sueñan con una intervención extranjera que los salve de una derrota militar que los acecha cada día más, perderían acaso su última oportunidad.
Israel, además, y las monarquías petroleras del Golfo se lamentarán. Si el gran imperio demostró que ya no es capaz de disciplinar ni a la frágil Siria, con sus 22 millones de habitantes, ¿podría hacerlo con un Irán nuclear de más de 80 millones? Por un camino u otro, un nuevo orden parece emerger en Medio Oriente.
¿Un final feliz, entonces? Algunos, ingratos, no sabrán valorarlo. ¿Se consolarán los civiles sirios con seguir muriendo de a cientos por día bajo el fuego cruzado y ya no por culpa de los vapores tóxicos?



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