El reto es revertir la decadencia

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Silvio Berlusconi suele ser denostado por dos asuntos,principalmente: el conflicto de intereses al que puede llevarlo su doble condición de gobernante y de tercer hombre más rico de Italia, con enormes intereses empresariales, sobre todo en el área de los medios de comunicación; y su excentricidad, que le permite cantar en medio de una cumbre, posar para una revista cual jeque árabe con un harén de amigas, realizar los chistes más políticamente incorrectos y hasta ridiculizar a otros estadistas, como cuando en su primera gestión afirmó haberle arrancado concesiones a una colega de Finlandia gracias a sus dotes de seductor. Pero, ajena a esas cuestiones, si algo buscó en su figura la mayoría de italianos que lo encumbró nuevamente en el poder fue terminar con la endémica inestabilidad política del país, culpable, en buena medida, de sus muchos males económicos.

Razones no faltan para esa esperanza: fue él el único primer ministro en medio siglo capaz de completar su mandato de cinco años (2001-2006). Sin embargo, el camino para remediar las penurias del bolsillo no será fácil, al punto que, durante esta campaña, el munificente «Cavaliere» se privó de hacer grandes promesas y, en cambio, habló de medidas «duras e impopulares». Consoló, claro, a la clase media con promesas de reducir la presión impositiva que ejerce un Estado voraz, pero habida cuenta de los problemas a enfrentar, las mismas podrían quedar para más adelante.

El Frankenstein electoral que él mismo creó en 2006 -pero que no le permitió ganar entonces-, esta vez parece no jugar contra la gobernabilidad. La ley vigente otorga al ganador un premio automático que le garantiza mayoría en Diputados, mientras que el reparto de esas bancas excedentes en el Senado se realiza por regiones. Este último punto fue la cruz de Romano Prodi, cuya caída se debió, precisamente, a su frágil posición en la Cámara alta. Pero, según lo que surgía ayer del escrutinio, Berlusconi podrá gobernar con mayoría en ambas alas del Parlamento.

  • Trampas

    La política, entonces, no debería tender grandes trampas. Pero eso no quita que resulte perentoria una reforma que al menos ponga en caja la pasmosa burocracia estatal. Como muestra basta recordar que Italia tiene más de un centenarde ministros y viceministros,vicio común a los sistemas parlamentarios en los que la estabilidad de los gobiernos depende de un a veces vergonzoso toma y daca con una pléyade de pequeños aliados.

    Hablar de este aspecto del sistema político italiano y del desmesurado gasto público es prácticamente lo mismo. Pese a los esfuerzos del defenestrado Prodi, este año el déficit fiscal será de 2,4% del Producto Bruto Interno (PBI), y la relación deuda pública/Producto se mantiene en 103%, contra 66% promedio de la eurozona.

    Acaso esos esfuerzos de contención del gasto hayan sido parte clave de la impopularidad y caída de Prodi, una lección que ahora deberá tener muy presente Berlusconi.

    Cada dato negativo se encadena con otro, dando origen a una situación económica que no puede calificarse sino como patética. La economía languidece desde hace al menos 15 años. En ese lapso, el crecimiento promedio del PBI fue de 1,4% anual, contra 3,6% de, por caso, España. No sorprende así que en diciembre último España superara a Italia en PBI per cápita, infligiendo una profunda herida en el orgullo nacional.

    Otro dato: en cada uno de los últimos 12 años, el PBI italiano creció alrededor de un punto menos que la media de la Unión Europea, y la economía nacional es la penúltima en competitividad del bloque.

    El tobogán sigue: este año, el gobierno prevé una expansión, por llamarla de alguna manera, de 0,6%, pero economistas privados ya hablan de recesión técnica. La inflación, por último, se empinó, pese al ancla de la moneda única europea, a su mayor nivel desde 1996, 3,3%. Sí, algo preocupante, aunque algo así en la Argentina se parezca a un sueño irrealizable.
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