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No hay nada más peligroso para un Congreso controlado por la oposición que tratar de apretar las tuercas en exceso al presidente. Y los propios demócratas, si tienen algo de memoria, lo saben. Porque si Bill Clinton sobrevivió a la toma del Legislativo por los republicanos en 1994 fue precisamente porque éstos se lanzaron como fieras sobre él.
Primero cerraron la administración en dos ocasiones para forzar a la Casa Blanca a reducir el déficit público. Después, organizaron el «impeachment» del caso Lewinski. Ambos episodios acabaron favoreciendo a Clinton, como quedó de manifiesto en las elecciones legislativas de 1996 y 1998.
Pero, además, el que piense que las elecciones del martes significan un cambio político en Estados Unidos debe despertar. Los mayores éxitos electorales los han logrado demócratas conservadores. Muy conservadores: opuestos al aborto, defensores de nuevas bajas de impuestos y del derecho a llevar armas en lugares públicos.
Si alguien se cree que las elecciones han sido un triunfo para gente del estilo de Ted Kennedy o John Kerry, puede seguir soñando. Porque los comicios del martes han sido un triunfo más bien de gente como Joseph Lieberman, el demócrata -ahora transformado en independiente- de Connecticut que logró ser reelegido sin problemas. Nancy Pelosi, una eximia representante de la izquierda más elitista del área de San Francisco, va a tener que tratar con sumo cuidado a esta nueva generación de demócratas conservadores.
Eso tampoco quiere decir que el futuro se presente brillante para George W. Bush. El presidente va a afrontar una serie de investigaciones parlamentarias sobre la Guerra de Irak y la reacción al huracán Katrina.
Una de las primeras bajas del cambio político -al margen de Donald Rumsfeld- puede ser el embajador estadounidense en la ONU, John Bolton, que ya puede ir haciendo las maletas. El nombramiento de jueces muy conservadores -en especial para la Corte Suprema- parece haber pasado a la Historia. Y todo hace prever que se va a reabrir el debate sobre el sistema impositivo, que se ha hecho más regresivo desde que Bush llegó a la Casa Blanca y lanzó sus recortes de impuestos a las rentas más altas.
Los demócratas quieren reducir la presión fiscal sobre la clase media y no parecen dispuestos a eliminar el Impuesto de Sucesiones -que en EE.UU. sólo afecta a los sectores con más ingresos- ni a continuar con las bajas de la presión fiscal sobre las rentas del capital, en detrimento de las del trabajo. Bush ya dejó claro que va a negociar con la oposición la suba del salario mínimo -que lleva sin ajustarse a la inflación desde 1996-, lo que supone un triunfo para los demócratas.
Lo que pase con Irak, sin embargo, parece una incógnita. Pero, en los próximos meses, Bush tiene la oportunidad de vender un cambio de política en ese país, dado que el ex secretario de Estado y del Tesoro James Baker está dirigiendo un Grupo de Estudio sobre la situación en Irak que cuenta con el apoyo de la oposición. La presentación de las conclusiones de ese trabajo puede ser el momento que Bush esté esperando para tratar de compartir la responsabilidad de la guerra que le ha costado las elecciones a su partido.




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