Comenzó la Cumbre de Cambio Climático de Copenhague.
Las declaraciones previas han sido altisonantes y variadas, pero hoy por hoy el escepticismo se apoderó de los más de 100 jefes de Estado que asistirán a la Cumbre de Cambio Climático de Copenhague. Los científicos y las organizaciones ecologistas también dudan. Cada vez son más lo que creen que el encuentro sobre clima que más atención concitó desde la histórica ECO de Río de Janeiro en 1992 terminará sin soluciones concretas.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La llave que destraba el conflicto la tiene EEUU, el país que más dióxido de carbono, principal instigador del calentamiento global que podría amenazar la vida en nuestro planeta, emite a la atmósfera. El inconveniente es claro: ningún tratado o acuerdo para reducir los niveles de CO2 globales tendrá impacto cierto si Washington no lo ratifica y hace uso de él. Pero será difícil que lo refrende si ello implica una merma o un mayor costo de la producción industrial, especialmente cuando intenta salir de una dura crisis económica. Además debe resolver antes el problema puertas adentro y aprobar un proyecto sobre la cuestión que aún se debate en el Parlamento.
Tampoco están dispuestos a jugar sus fichas China India y Brasil, los tres países con mayores posibilidades de proyectar de manera geométrica sus emisiones, ni los países con economías más limitadas, si no reciben flujos de dinero compensatorios.
El punto álgido de la discusión pasa por saber cuántos fondos están dispuestos a desembolsar las naciones más ricas para ayudar a los menos favorecidos a sumarse a los esfuerzos. Según estimaciones, necesitarán unos 100 mil millones por año de aquí al 2020. Por ahora de dinero sólo habló la Unión Europea, que destinaría a ese fin entre 22 mil y 50 mil millones de su presupuesto público (aunque también generó un debate interno, ya que los países del Este no están de acuerdo con aportar lo mismo que Alemania o Francia). Del financiamiento dependerá en gran medida el éxito de aquí al 18 de diciembre.
Básicamente, los países en desarrollo anunciaron que no se sumarán a la lucha contra un monstruo que ellos no crearon, y responsabilizan a las naciones más prósperas de haber alimentado su bonanza durante decenas de años sin llevar la cuenta del carbono que esparcían hacia el cielo. El Director de Cambio Climático de la Nación, Nazareno Castillo Marín, anticipó a ambito.com que la posición que lleva nuestro país a Dinamarca es la de plantear un escenario de "responsabilidades comunes pero diferencias". "Los 100 años de emisiones no se deben al crecimiento de Brasil, China o India, sino a EEUU, Europa, Canadá, Japón y Australia, así que tienen que hacerse cargo del problema", sostiene Castillo.
Otro detalle conflictivo es hacia qué políticas estará destinada la posible ayuda financiera. Los países desarrollados prefieren orientarlas a medidas de Mitigación (reducir las emisiones de CO2) de las que también obtengan algún beneficio y no tanto a las de Adaptación (acciones que cada gobierno tomaría para reducir los efectos del Cambio en su país). La diferencia es esencial y radica, una vez más, en una cuestión de intereses: el gas que cada país emite se mezcla en la atmósfera y termina perjudicando a todo el mundo. En cambio las medidas de adaptación que defienden las naciones menos desarrolladas tienen beneficios limitados a la población de su territorio.
Castillo Marín es pesimista en que vaya a lograrse un acuerdo vinculante que incluya a EEUU. También lo es Yvo de Boer, una de las máximas autoridades de la ONU en el tema, quien sugirió por lo menos llegar a un "acuerdo político" para desarrollar en 2010.
Demasiados obstáculos cuando la comunidad científica menciona los peligros a los que estamos expuestos. Aumento de temperaturas, consecuente deshielo de glaciares y crecida del nivel de los mares, cambios en las precipitaciones, tormentas, sequías, relocalización de pueblos y ciudades, propagación de enfermedades. Sencillamente, el Océano Glaciar Ártico podría quedarse sin hielo en los próximos 20 años.
Con las advertencias llegaron algunas promesas. Europa está dispuesta a recortar sus emisiones un 80% para 2050. También China tomaría medidas. Obama anunció que invertirá u$s 80 mil millones en impulsar proyectos de "energías limpias" (que le permitiría como beneficio adicional tener una menor dependencia de las importaciones de crudo). Brasil está dispuesto a reducir sus emisiones un 40% y un 80% la deforestación. Pero no gratis. Para resolver la cuestión, Lula Da Silva arriba a Copenhague con una delegación de 700 personas entre asesores políticos y hombres de ciencia. Todo está por verse.
Con este panorama comienza la Cumbre en Copenhague. Un delicado cóctel en el que se mezclan dinero, política, intereses cruzados, buenas intenciones, recelos, preocupaciones reales y fingidas. En dos semanas sabremos si finalmente la comunidad mundial ha decidido que el Cambio Climático es un tema crucial para el futuro próximo y acuerda un tratado que reemplace al ya olvidado Protocolo de Kioto de 1997. O sí, al menos, salva la situación con la elaboración de un "Plan B". Terminar el año sin nada que ofrecer abriría un signo de interrogación demasiado grande.
Dejá tu comentario