En la calle, militantes pagos; y peleas, sólo por televisión
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Un afiche de Lula y una
simpatizante de Alckmin.
No hay fervor en la calle.
Lo más notable es el
bombardeo de spots
televisivos.
Tanto Luiz Inácio Lula da Silva como el socialdemócrata Geraldo Alckmin salieron ayer a marcar claramente la cancha en sus últimos spots. Los ejes fueron, respectivamente, la inseguridad y la corrupción, cosa que no deja de ser, en parte, curiosa.
Que un presidente haga campaña denunciando la inseguridad imperante se explica en el fuerte federalismo brasileño, en el que la policía es controlada por cada uno de los estados de la Unión. Así, Lula pega donde más le duele a Alckmin, hasta hace poco gobernador de San Pablo: la inseguridad rampante de esta ciudad, la tercera más poblada del mundo.
Paralelamente, el socialdemócrata (en realidad, es un modo de decir: es hombre del Partido de la Social Democracia Brasileña, PSBD, pero es un católico ferviente y un conservador en toda la regla) hace foco en la corrupción, aunque las licencias éticas no son ni de lejos patrimonio del PT. «Lula de nuevo, por la fuerza del pueblo» es título del spot oficialista, que muestra al presidente en mangas de camisa y corbata y con una bandera brasileña a sus espaldas. Ni la economía ni los planes sociales son el tema: sólo la seguridad. Según dice el mandatario, el gobierno federal «ayuda» a los estados a combatir el crimen y ha logrado convertir a la Policía Federal en un modelo que debe ser imitado.
El destinatario es Alckmin, cuyas chances fueron perjudicadas seriamente por los dos levantamientos del año de la mafia carcelaria Primer Comando de la Capital (PCC), que dejaron más de cien muertos y cuantiosos daños materiales en madrugadas que los habitantes de esta ciudad todavía recuerdan con terror.
El título del spot de Alckmin es expresivo: «Por un Brasil decente». El video repasa cada uno de los escándalos que conmovieron al gobierno y al PT, mostrando imágenes de dirigentes detenidos o procesados y de ministros caídos en desgracia, como José Dirceu y el otrora todopoderoso titular de Hacienda, Antonio Palocci. La seguidilla, hay que admitirlo, impacta.
Luego, el candidato (en camisa, corbata y con una bandera al fondo: los publicistas no brillan por su ingenio esta vez) rescata su experiencia de gobierno, recuerda las obras que emprendió en San Pablo y recibe el apoyo de los principales gobernadores y alcaldes del PSDB. «Habrá segunda vuelta», apela al final este hombre que, sin esfuerzo, bien podría reeditar aquello de «dicen que soy aburrido».




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