27 de septiembre 2006 - 00:00

En la calle, militantes pagos; y peleas, sólo por televisión

Un afiche de Lula y unasimpatizante de Alckmin.No hay fervor en la calle.Lo más notable es elbombardeo de spotstelevisivos.
Un afiche de Lula y una simpatizante de Alckmin. No hay fervor en la calle. Lo más notable es el bombardeo de spots televisivos.
San Pablo (enviado especial) - Si la política se libra cada vez menos en las calles y cada vez más en los sets de televisión, en Brasil esa verdad es mucho más evidente que en cualquier otra parte.

Da algo de piedad, verdaderamente, ver a jóvenes y no tan jóvenes sosteniendo en las esquinas carteles de diferentes candidatos, tanto conocidos postulantes a presidente como ignotos aspirantes a legislador, sin la menor convicción. Aunque rehúyen el diálogo (ni imagine que los verá tratando de convencer a los transeúntes), admiten que no son militantes, sino que, en realidad, reciben un pago por sus servicios. Mínimo, es cierto, pero ése parece ser el valor de la política en estos días en más de un lugar.

La actual campaña electoral es la más fría, aburrida, que se recuerde desde la restauración democrática en 1985, pero hay que admitir que los últimos escándalos de corrupción calentaron bastante su tramo final. Con la calle ausente (más hoy, cuando el Partido de los Trabajadores luce desmoralizado por los pecados de sus líderes), la TV es, más que nunca, el ágora privilegiada de la política brasileña, algo habitual, ya que desde ella se construyeron, en el sentido más literal de la palabra, candidaturas como las de Fernando Collor de Mello. Allí juegan todo unos y otros a cuatro días de la elección.

La duración de los espacios de televisión cedidos a los partidos es equivalente a las últimas cosechas de votos de las agrupaciones. Así, entre las presentaciones, difundidas una tras otra en ciertos horarios, sin solución de continuidad, se destacan las del oficialismo y del principal partido opositor, de lejos las más elaboradas.

  • Ultimos spots

  • También descuellan otras, aunque por motivos diferentes, que van desde una con una versión curiosa y ad hoc de «Color esperanza» (tal vez, la canción más usada en campañas en los lugares más diversos) hasta otras en las que el candidato apenas alcanza a vociferar su nombre y un breve eslogan.

    Tanto Luiz Inácio Lula da Silva como el socialdemócrata Geraldo Alckmin salieron ayer a marcar claramente la cancha en sus últimos spots. Los ejes fueron, respectivamente, la inseguridad y la corrupción, cosa que no deja de ser, en parte, curiosa.

    Que un presidente haga campaña denunciando la inseguridad imperante se explica en el fuerte federalismo brasileño, en el que la policía es controlada por cada uno de los estados de la Unión. Así, Lula pega donde más le duele a Alckmin, hasta hace poco gobernador de San Pablo: la inseguridad rampante de esta ciudad, la tercera más poblada del mundo.

    Paralelamente, el socialdemócrata (en realidad, es un modo de decir: es hombre del Partido de la Social Democracia Brasileña, PSBD, pero es un católico ferviente y un conservador en toda la regla) hace foco en la corrupción, aunque las licencias éticas no son ni de lejos patrimonio del PT. «Lula de nuevo, por la fuerza del pueblo» es título del spot oficialista, que muestra al presidente en mangas de camisa y corbata y con una bandera brasileña a sus espaldas. Ni la economía ni los planes sociales son el tema: sólo la seguridad. Según dice el mandatario, el gobierno federal «ayuda» a los estados a combatir el crimen y ha logrado convertir a la Policía Federal en un modelo que debe ser imitado.

    El destinatario es Alckmin, cuyas chances fueron perjudicadas seriamente por los dos levantamientos del año de la mafia carcelaria Primer Comando de la Capital (PCC), que dejaron más de cien muertos y cuantiosos daños materiales en madrugadas que los habitantes de esta ciudad todavía recuerdan con terror.

    El título del spot de Alckmin es expresivo: «Por un Brasil decente». El video repasa cada uno de los escándalos que conmovieron al gobierno y al PT, mostrando imágenes de dirigentes detenidos o procesados y de ministros caídos en desgracia, como José Dirceu y el otrora todopoderoso titular de Hacienda, Antonio Palocci. La seguidilla, hay que admitirlo, impacta.

    Luego, el candidato (en camisa, corbata y con una bandera al fondo: los publicistas no brillan por su ingenio esta vez) rescata su experiencia de gobierno, recuerda las obras que emprendió en San Pablo y recibe el apoyo de los principales gobernadores y alcaldes del PSDB. «Habrá segunda vuelta», apela al final este hombre que, sin esfuerzo, bien podría reeditar aquello de «dicen que soy aburrido».

    Dejá tu comentario

    Te puede interesar