12 de noviembre 2004 - 00:00

Escenarios en una región explosiva

La muerte de Yasser Arafat abre una fuerte incógnita sobre el futuro de Medio Oriente a corto y mediano plazo. La posibilidad de que un nuevo liderazgo moderado avance en el proceso de paz convive con una probable ridiculización del régimen palestino e, incluso, con su descenso a una feroz guerra civil. Estos son los escenarios que el autor (profesor de Estudios Arabes e Islámicos de la Universidad de Alicante) plantea en este artículo, publicado por el Real Instituto Elcano y reproducido por el diario madrileño «El Mundo». A continuación, sus principales párrafos.

La desaparición de Yasser Arafat podría tener fatales consecuencias no sólo para el futuro de la Autoridad Palestina, sino también para la propia cuestión palestina. Desde que en 1968 ascendiera al poder, Arafat ha tomado parte en todas las decisiones adoptadas por la OLP. En todo este tiempo, el «rais» (líder) ha sido el símbolo de la lucha por la independencia de un pueblo que, desde la «nakba» (catástrofe) de 1948, ha atravesado su particular travesía del desierto.

Uno de los aspectos más delicados a la hora de abordar la cuestión de su sucesión reside en la fragmentación del pueblo palestino repartido entre la diáspora, los territorios ocupados e Israel. Es sumamente importante que el sucesor no sea considerado exclusivamente como el defensor de los intereses de los palestinos que viven en Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, sino que también lo sea de los refugiados en Líbano, Jordania o Siria. Una buena fórmula para lograrlo es que el futuro «rais» no caiga en la tentación de concentrar en sus manos todos los poderes, como en su día hiciera Arafat. Una dirección colegiada y refrendada por las urnas podría tener un margen de maniobra amplio para afrontar con plenas garantías la transición.

• Improbable

Pese al diálogo entablado por Fatah y Hamas en los últimos meses, es improbable que la fórmula elegida para afrontar los retos de este período sea la formación de un gobierno de emergencia en el que estén representadas todas las sensibilidades políticas palestinas. Una evolución de este tipo conllevaría la inmediata oposición de la comunidad internacional. La batalla más evidente, aunque no la única, es aquella que libran la vieja guardia, arquitecta del fallido proceso de Oslo, y la nueva, más identificada con las dos últimas «intifadas» (levantamientos).

La vieja guardia está integrada por dos dirigentes históricos de la OLP (Mahmud Abbas -Abu Mazen-y Ahmed Qorei -Abu Ala-). Al iniciarse el proceso de paz, este grupo asumió las riendas de las negociaciones y concluyó el Acuerdo de Oslo, que permitió la instauración de una autonomía palestina. Carecen de respaldos significativosen la sociedad palestina. La nueva guardia, por el contrario, está formada por una generación más joven de palestinos nacidos en los territorios ocupados y goza de un mayor respaldo popular. Sus líderes irrumpieron en la escena política en la «intifada» de 1987 y, cuando se instauró la AP, fueron cooptados en las fuerzas de seguridad (como los militares Mohammed Dahlan y Yibril Rayub) o marginados para evitar que incrementasen su popularidad (Mustafa Barguzi).

• El escenario continuista: Fatah como fuerza dominante.

El proceso sucesorio se haría de forma ordenada y sin sobresaltos. La vieja guardia de Fatah seguiría ejerciendo la autoridad. No parece posible que Rawhi Fatuh, presidente del Consejo Legislativo, sea el hombre fuerte de un gobierno transitorio, aunque sí es probable que tenga un papel simbólico como presidente provisional de la AP. En este contexto, el nuevo liderazgo palestino sería legitimado inmediatamente por la comunidad internacional, que reclamaría a Israel la reanudación de las negociaciones.

Una gradual mejoría de la situación de los territorios ocupados ayudaría a este nuevo liderazgo a asentar su autoridad.
Aunque es el escenario más probable, su realización dependerá de dos factores: en primer lugar de Israel, que sigue disponiendo de la llave para reanudar las negociaciones y, en segundo lugar, de la comunidad internacional, que debe involucrarse más activamente demandando el cumplimiento de las resoluciones 242 y 1.397 del Consejo de Seguridad que reclaman la retirada israelí y la creación de un Estado palestino viable.

• El escenario rupturista: el ascenso de Hamas.

Ninguna fuerza política podría llenar en soledad el vacío de poder, lo que podría favorecer el reagrupamiento de las facciones palestinas. Este escenario sólo sería posible en el caso de que se abandonase de manera definitiva el marco de Oslo y se estableciese un nuevo rumbo en el que los palestinos tomasen la iniciativa frente a la política unilateralista israelí.

En este escenario, la AP perdería peso y lo ganaría la OLP, aunque el precio a pagar por Fatah quizá fuese demasiado elevado puesto que debería poner fin al largo monopolio político que ha disfrutado desde los años '70 y resignarse a compartir o incluso ceder el poder a Hamas.

Parece evidente que
los islamistas jugarán un papel central en un eventual escenario rupturista. Una plena incorporación al juego político de Hamas y Yihad Islámica podría allanar el camino para la formación de un gobierno de unidad nacional. Sin embargo, existe un requisito previo ya que, en palabras del actual líder de Hamas, Khaled Mashaal, «las reglas del juego no se basan en el compromiso con la Hoja de Ruta, sino en el retorno a los principios de la lucha árabe-sionista, la defensa de los derechos palestinos y la unificación de las filas palestinas para proseguir la resistencia hasta que se interrumpa la ocupación».

• El escenario catastrofista: la guerra civil.

En el caso de que las facciones palestinas no alcancen un compromiso sobre el reparto del poder y los objetivos por perseguir en un futuro, podrían extenderse la violencia y el caos, agudizándose la fragmentación mediante la aparición de diminutos reinos de taifas en ciudades y campamentos controlados por «señores de la guerra».

El alto grado de militarización de la sociedad palestina y la creciente radicalización de algunas facciones podrían crear una dinámica de acción-reacción que encerraría a los palestinos en un círculo de violencia.
Esta situación podría darse en el caso de que el futuro mando palestino careciera de legitimidad política y de que la AP emprendiese una campaña contra las organizaciones armadas.

De hecho, el gobierno israelí podría llegar a estar interesado en favorecer una evolución de estas características con la intención de sabotear cualquier intento de restablecer las negociaciones de paz. Aunque esta opción es remota, no debería descartarse por completo si tenemos en cuenta los episodios de violencia de los últimos meses.

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