Trump desprecia el centro y se aferra a una estrategia ultra para sorprender como en 2016

Mundo

Sigue un camino opuesto al del demócrata Joseph Biden. La agenda conservadora permanece en las manos menos pensadas. La economía, entre la coyuntura de pandemia y tendencias de fondo. Guiños de las encuestas.

El hombre en cuestión, de tendencias personales un tanto disolutas, por calificarlas de alguna manera, sorprende como custodio de los valores conservadores. Si Donald Trump llegó hace casi cuatro años a la Casa Blanca combinando los tópicos de la derecha tradicional con una impronta propia, de desconcertante populismo, hoy, en pleno 2020 de pandemia, repite el ensayo en busca de movilizar de nuevo a sectores que, desde los Estados Unidos profundos, podrían darle la reelección en los comicios del 3 de noviembre.

Así surge de su tono reciente, reforzado en el marco de la Convención Nacional Republicana, para la que hablaba desde la Casa Blanca al cierre de esta edición a fin de hacer formal su segunda candidatura.

La amenaza extranjera que meneaba en 2016 viajó en buena medida de México a Chin. La globalización solo es bienvenida cuando beneficia a Estados Unidos y el multilateralismo es una afrenta a su America first. La inmigración sigue siendo indeseada, aunque el muro fronterizo no haya crecido en la medida de sus promesas. El aborto es un crimen… (¿lo creerá realmente?). Y las protestas y disturbios que desde mayo brotan como hongos aquí y allí no responden al racismo enquistado en fuerzas de seguridad cruzadas por tendencias criminales sino que son expresiones de una izquierda radical, promotora de caos y que es necesario aplastar. En sus términos, la reforma social es impensable y los Estados Unidos que propone deben ser, pese a la retórica contra un establishment que en su discurso solo existe en el Partido Demócrata y en la prensa, más de lo mismo.

El peligro de que el país se convierta en Venezuela, a esta altura un clásico de las derechas mundiales, suma en la mente del presidente la supuesta posibilidad de un fraude electoral. Como la pandemia puede incrementar la cantidad de votos que se emiten por correo y él mismo se encargó de desfinanciar el servicio postal, no hay cómo garantizar que el sistema responda a las exigencias. Impecable razonamiento.

Al igual que en los comicios anteriores, cuando todas las encuestas que aseguraban el triunfo de Hillary Clinton, Trump llega en desventaja. Sin embargo, dos datos alientan a su campaña.

Por un lado, su rival demócrata, Joseph Biden, no logró que los estudios de intención de voto registren el estirón que habitualmente sigue a las convenciones partidarias. ¿Será el carácter virtual que la pandemia le impuso al megaacto opositor la causa de su escaso impacto? ¿O hay algo en el moderado postulante, de 77 años, que no termina de generar entusiasmo?

En segundo término, la ventaja de este se estrecha en los estados oscilantes, donde estará centrada la pelea por el Colegio Electoral. Cabe recordar, al respecto, que en 2016 Clinton se impuso por dos puntos porcentuales en el voto popular, pero que perdió por paliza en cantidad de delegados debido a una distribución geográfica del voto más amigable para la que entonces era la oposición.

Los promedios de encuestas son engendros estadísticos que mezclan trabajos diferentes en metodología y momento de realización, pero pueden servir para armar una cierta composición de lugar. De acuerdo con el que elabora el sitio Real Clear Politics, la ventaja nacional de Biden se estrechó levemente, ajena a la Convención Nacional Demócrata, hasta 7,1 puntos porcentuales. En tanto, en la pelea por los distritos clave (Wisconsin, Michigan, Pennsylvania, Carolina del Norte, Florida y Arizona) la misma cayó a apenas 3,7 puntos.

Los votantes más sensibles al drama humano de la pandemia le reprocharán a Trump su manejo errático de la misma, que explica en buena medida que Estados Unidos sea récord mundial con casi 6 millones de contagiados y unos 180.000 muertos. Otros estadounidenses, más sensibles por la economía, se dividirán en dos grandes grupos: los que recuerden que antes del covid-19 el país disfrutaba de una expansión que parecía no tener fin y los que, menos comprensivos, sufren el desempleo del orden del 10% y el desplome del producto, de 31,73% interanual en el segundo trimestre, según se anunció ayer.

La crisis, tanto en su faceta sanitaria como económica, en principio, debería jugar a favor a la oposición. Eso justificaría la búsqueda de la fórmula demócrata de ocupar el centro político en busca de la mayoría social que necesita. Esa ha sido, al fin y al cabo, la estrategia tradicional en la política estadounidense.

Sin embargo, cabe preguntarse si el populismo de Trump ha sido apenas una anomalía de cuatro años o si, por el contrario, la globalización que él ha criticado (aunque, claro, sin llegar nunca a impugnarla) ha dislocado profundamente el cuerpo social de los Estados Unidos. De eso dependerá que el 4 de noviembre alumbre una nueva era en la hiperpotencia o que el moderado Biden se despierte sorprendido por el modo en que el mundo ha cambiado a su alrededor.

Dejá tu comentario