Fischer: el genio del ajedrez reaviva su guerra a EE.UU.
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Bobby Fischer
Dicen quienes lo conocen que el Gran Maestro del ajedrez, que el próximo marzo cumplirá 60 años, ha sido traicionado por su propia mente. Su caso recuerda al del matemático -y esquizofrénico- John Nash, Nobel de Economía cuya vida, también marcada por una mente que nunca llegó a controlar del todo, ha sido recreada en «Una mente brillante». Fischer, prófugo de la Justicia estadounidense, olvidado y neurótico, vive exiliado entre Tokio y Manila, donde se ha casado con una filipina 40 años menor y ha tenido una hija. Casi todos sus amigos lo han abandonado, y en el mundo del ajedrez crece la opinión de quienes creen que ha perdido el juicio.
Con un coeficiente intelectual de 180 y esa obsesión enfermiza por el ajedrez, el joven adolescente empezó a adquirir manías y excentricidades que pronto encandilaron a la prensa y a los aficionados. Cuando llegó su gran oportunidad de hacerse con el campeonato del mundo, en Islandia ante Spassky en 1972, Fischer estuvo a punto de retirarse la víspera del enfrentamiento porque la televisión islandesa no emitía su programa favorito. Un deporte acostumbrado a jugadores grises y sesudos tenía por fin su enfant terrible, el espectáculo estaba garantizado.
• Humillación
Fischer decidió aplicar su teoría de que no basta con ganar al oponente, también hay que humillarlo. Mientras Spassky se retiraba a su habitación tras cada movimiento para analizar rodeado de 30 expertos soviéticos su respuesta, el joven ajedrecista estadounidense se marchaba a jugar a los bolos. Desesperado y bloqueado ante los movimientos del «diablo americano», Spassky terminó rindiéndose a su adversario.
Bobby Fischer fue recibido como un héroe en los EE.UU. tras su triunfo en Islandia. La prensa lo agasajó, le llovieron contratos millonarios -los rechazó casi todos-, y los famosos y ricos del momento se rifaron una amistad que él despreció. Algunos de ellos, cantantes y actores, pagaron sumas millonarias por recibir lecciones del ídolo. Tras unos meses en los que aseguró no poder soportar por más tiempo a «tanto buitre», el campeón desapareció. Sin más.
El dinero le sobraba, pero lo despreciaba. Una vez retirado, en el mejor momento de su carrera, el vacío dejado por el ajedrez fue ocupado por las lecturas sobre conspiraciones y teorías racistas que, como libros de caballería quijotescos, fueron agravando sus fantasías. «El hombre blanco debería abandonar América e irse de vuelta a Europa, los negros deberían volver al continente africano y el país debería ser devuelto a los indios», dice Fischer. «El poder judío quiere dominar el mundo», denuncia. «El ajedrez no es más que una forma de masturbación mental», sentencia el jugador.
Si alguna vez existió la posibilidad de que los agravios del ídolo caído fueran perdonados, el propio Bobby Fischer se encargó de dinamitarla cuando aplaudió los atentados del 11-S. «Patético», «loco» y «despreciable» son algunos de los títulos con los que sus compatriotas lo han descripto en la prensa norteamericana.
Sus admiradores, que todavía son un ejército en el mundo del ajedrez, han esperado durante más de tres décadas a que las excentricidades del campeón se apaciguaran y su ídolo volviera a la competición. La mayoría de ellos desconoce que en realidad Fischer regresó hace ya algún tiempo para demostrar una vez más, desde el anonimato, que sigue siendo el mejor. «Estoy convencido al 99% de que se trata de él», ha asegurado el Gran Maestro británico Nigel Short, derrotado ocho veces seguidas por un supuesto desconocido a través de Internet. Los mejores ajedrecistas del mundo utilizan la red desde hace algunos años para enfrentarse entre ellos y dar a los aficionados la oportunidad de demostrar sus habilidades en partidas cibernéticas.
Bobby Fischer no ha podido resistir la tentación y desde algún lugar, en Filipinas o Japón, ha desafiado a los campeones de hoy.
Incomprendido o loco, Fischer ha pasado la vida escapando de su propia genialidad.



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