6 de febrero 2003 - 00:00

Fischer: el genio del ajedrez reaviva su guerra a EE.UU.

Bobby Fischer
Bobby Fischer
Hong Kong - Desde que le regalaron un tablero a los seis años, el pequeño Bobby se incomunicó del mundo. A los 10 participó en su primer torneo y a los 15 se proclamó Gran Maestro Internacional. A los 13, compitió simultáneamente contra 21 jugadores (20 adultos). Venció a 19, empató con uno y perdió con otro.

Los aficionados al ajedrez y la gran mayoría de sus compatriotas estadounidenses, que durante la Guerra Fría lo consideraron un héroe nacional, han tenido que esperar cerca de una década para volver a saber del hombre que humilló a los soviéticos en un deporte que consideraban de su propiedad.

Las Torres Gemelas de Nueva York acababan de ser tumbadas en el mayor atentado terrorista de la historia el 11 de setiembre de 2001 cuando alguien que decía llamarse Bobby Fischer llamó a la modesta emisora filipina radio «Bombo» para dar su opinión sobre lo ocurrido: «Son grandes noticias», se pudo escuchar al otro lado de la línea.

«Ya era hora de que alguien le diera una patada en el culo a los EE.UU. Aplaudo esta acción, quiero ver cómo América desaparece del mapa.» En realidad, Fischer llevaba dos años realizando intervenciones similares en pequeñas estaciones de radio de Filipinas.

Dicen quienes lo conocen que el Gran Maestro del ajedrez, que el próximo marzo cumplirá 60 años, ha sido traicionado por su propia mente
. Su caso recuerda al del matemático -y esquizofrénico- John Nash, Nobel de Economía cuya vida, también marcada por una mente que nunca llegó a controlar del todo, ha sido recreada en «Una mente brillante». Fischer, prófugo de la Justicia estadounidense, olvidado y neurótico, vive exiliado entre Tokio y Manila, donde se ha casado con una filipina 40 años menor y ha tenido una hija. Casi todos sus amigos lo han abandonado, y en el mundo del ajedrez crece la opinión de quienes creen que ha perdido el juicio.

Nada de lo que le ha ocurrido al Gran Maestro podría entenderse sin dar marcha atrás en el tiempo, hasta un día de mayo de 1949, en que recibió como regalo un tablero de ajedrez en su Chicago natal. La obsesión del pequeño Bobby por descifrar aquel juego lo llevó a incomunicarse del mundo, y su madre, preocupada por su carácter antisocial, puso un anuncio en el diario local «Brooklyn Eagle» preguntando por niños de su edad que tuvieran la misma afición. «No se interesaba por nadie que no supiera jugar al ajedrez, y no había muchos niños a quienes les gustara el juego por entonces», aseguró años después Regina Wender de su hijo.

Con un coeficiente intelectual de 180 y esa obsesión enfermiza por el ajedrez, el joven adolescente empezó a adquirir manías y excentricidades que pronto encandilaron a la prensa y a los aficionados
. Cuando llegó su gran oportunidad de hacerse con el campeonato del mundo, en Islandia ante Spassky en 1972, Fischer estuvo a punto de retirarse la víspera del enfrentamiento porque la televisión islandesa no emitía su programa favorito. Un deporte acostumbrado a jugadores grises y sesudos tenía por fin su enfant terrible, el espectáculo estaba garantizado.

La «partida del siglo», como sigue siendo conocido el duelo Fischer-Spassky, enfrentó al todavía muy joven estadounidense de 29 años y al campeón del mundo y entonces líder de una generación de estrellas del ajedrez entrenados a conciencia por el régimen soviético. El encuentro fue un episodio más de la Guerra Fría en el que los rusos denunciaron que los norteamericanos habían instalado aparatos electromagnéticos en la sala para desorientar a su jugador, y el pueblo estadounidense, desde el presidente Nixon hasta los millones de norteamericanos que no habían jugado jamás al ajedrez, se olvidó por un momento del béisbol para apoyar a su genio.

• Humillación

Fischer decidió aplicar su teoría de que no basta con ganar al oponente, también hay que humillarlo. Mientras Spassky se retiraba a su habitación tras cada movimiento para analizar rodeado de 30 expertos soviéticos su respuesta, el joven ajedrecista estadounidense se marchaba a jugar a los bolos. Desesperado y bloqueado ante los movimientos del «diablo americano», Spassky terminó rindiéndose a su adversario.

Bobby Fischer fue recibido como un héroe en los EE.UU. tras su triunfo en Islandia. La prensa lo agasajó, le llovieron contratos millonarios -los rechazó casi todos-, y los famosos y ricos del momento se rifaron una amistad que él despreció. Algunos de ellos, cantantes y actores, pagaron sumas millonarias por recibir lecciones del ídolo. Tras unos meses en los que aseguró no poder soportar por más tiempo a «tanto buitre», el campeón desapareció. Sin más.

El dinero le sobraba, pero lo despreciaba. Una vez retirado, en el mejor momento de su carrera, el vacío dejado por el ajedrez fue ocupado por las lecturas sobre conspiraciones y teorías racistas que, como libros de caballería quijotescos, fueron agravando sus fantasías.
«El hombre blanco debería abandonar América e irse de vuelta a Europa, los negros deberían volver al continente africano y el país debería ser devuelto a los indios», dice Fischer. «El poder judío quiere dominar el mundo», denuncia. «El ajedrez no es más que una forma de masturbación mental», sentencia el jugador.

Si alguna vez existió la posibilidad de que los agravios del ídolo caído fueran perdonados, el propio Bobby Fischer se encargó de dinamitarla
cuando aplaudió los atentados del 11-S. «Patético», «loco» y «despreciable» son algunos de los títulos con los que sus compatriotas lo han descripto en la prensa norteamericana.

Sus admiradores, que todavía son un ejército en el mundo del ajedrez, han esperado durante más de tres décadas a que las excentricidades del campeón se apaciguaran y su ídolo volviera a la competición.
La mayoría de ellos desconoce que en realidad Fischer regresó hace ya algún tiempo para demostrar una vez más, desde el anonimato, que sigue siendo el mejor. «Estoy convencido al 99% de que se trata de él», ha asegurado el Gran Maestro británico Nigel Short, derrotado ocho veces seguidas por un supuesto desconocido a través de Internet. Los mejores ajedrecistas del mundo utilizan la red desde hace algunos años para enfrentarse entre ellos y dar a los aficionados la oportunidad de demostrar sus habilidades en partidas cibernéticas.

Bobby Fischer no ha podido resistir la tentación y desde algún lugar, en Filipinas o Japón, ha desafiado a los campeones de hoy.

Incomprendido o loco, Fischer ha pasado la vida escapando de su propia genialidad.

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