¿Foco de inestabilidad regional como Bolivia?

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Como si Luiz Inácio Lula da Silva y Michelle Bachelet fueran lo mismo Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, algunos observadores salieron ayer a proclamar que, con el resultado de las elecciones del domingo en Paraguay, la región consolida su marcha hacia la izquierda. Por el contrario, ya se ha dicho con suficiente claridad que lo que genéricamente se denomina en estos días como «izquierda» en América latina está dividido, cuando menos, en dos visiones casi irreconciliables sobre la inserción de la región en la globalización, la democracia y las relaciones entre vecinos. En todo caso, más allá del histórico desplazamiento del Partido Colorado tras seis décadas en el poder y el consiguiente avance democratizador, lo que trae el triunfo de Fernando Lugo es una era de fuertes reacomodamientos internos, una gran incertidumbre y la posibilidad -si las cosas no van como se desea- de que Paraguay se transforme, junto a Bolivia, en un nuevo foco de inestabilidad para la región.

El boliviano Morales saludó ayer el triunfo del «hermano compañero» Lugo, a quien calificó de «revolucionario» y líder de una nueva democracia liberadora». Mientras, Chávez lo llamó el mismo domingo por teléfono y lo urgió a «encontrarse lo más pronto posible para conversar sobre planes de cooperación y complementariedad», según un comunicado del Ministerio de Comunicación e Información en Caracas. Es obvio que ambos pretenderán ganar para su causa al presidente electo, por más que entre las prioridades de éste deba figurar más el asegurar la gobernabilidad que las continuas veleidades refundadoras de aquéllos.

  • Transición pacífica

    Así, no sorprende que si en la campaña Lugo habló de reforma agraria, ayer haya enfatizado más la necesidad de garantizar una transición pacífica y de lograr acuerdos políticos, habida cuenta de que, aún en shock tras la derrota del domingo, el Partido Colorado será la primera minoría de un Congreso sin mayorías claras. Y, por supuesto, ni bien éste logre salir de una crisis que se vislumbra como profunda y de duración todavía difícil de calcular, su postura como principal agrupación opositora puede atisbarse como muy dura.

    ¿Puede convertirse Paraguay en un foco de inestabilidad regional al estilo de Bolivia? Si eso ocurriera, la Argentina y Brasil deberán estar más que atentos, dada la posibilidad de que ese escenario lleve a un agravamiento de males tradicionales como el contrabando, el narcotráfico y la siempre nebulosa presencia de islamistas radicales en la Triple Frontera.

    En el caso de Bolivia, a falta de partidos fuertes, la oposición a Evo Morales quedó atrincherada en las regiones del Oriente rico. En Paraguay, la resistencia de la dirigencia tradicional a los nuevos tiempos estará encarnada por el Partido Colorado, con su profunda penetración en todos los estamentos del Estado, la sociedad y los grupos de interés.

    La gran bandera de Evo Morales ha sido la nacionalización de los hidrocarburos, por más que a sus aliados más radicales les parezca que no ha ido suficientemente lejos. La de Lugo parece presentar alguna equivalencia, esto es la renegociación de los tratados de Yacyretá y de Itaipú, básicamente en torno a los precios que pagan por la electricidad allí generada la Argentina y Brasil, respectivamente. Aunque es improbable que la conflictividad escale en Paraguay tanto como lo hizo en Bolivia, Brasil salió ayer a frenar en seco cualquier sugerencia de renegociar los tratados binacionales, aunque dejó abierta la puerta para retocar el precio que paga por la energía (ver aparte). Lula da Silva se cura en salud: no quiere volver a enfrentar la ola de críticas internas que le valieron las imágenes de la ocupación de las instalaciones de Petrobras por parte del ejército en Bolivia en pleno frenesí nacionalizador.

    Además de la necesidad de asegurar la gobernabilidad, en el caso de Lugo, hay factores adicionales que podrían llevar su experimento político por carriles menos confrontativos que en Bolivia. Por un lado, sus lazos más fuertes con Brasil -sobre todo- y la Argentina. Por el otro, las divisiones de su propia Alianza Patriótica para el Cambio (APC), que lo obligarán a hacer un permanente equilibrio para evitar una ruptura que pueda poner abrupto final al entusiasmo de estos días.

    La APC está formada en torno al centrista Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), el sector más fuerte y organizado de la coalición. A él se suman grupos izquierdistas menores y movimientos sociales en muchos casos afines al chavismo.

    El líder del PLRA y vicepresidente electo, Federico Franco, no se refugió en las evasivas habituales en estos casos y marcó ayer mismo diferencias claras con el modelo chavista. Un modo poco sutil pero efectivo de aclarar -más ante propios que ante extraños- que no es ésta hora para aventuras.
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