Islamabad -En la autobiografía que lo ha convertido en un hombre rico, un bestseller con el cinematográfico título de «En la línea de fuego», el general Pervez Musharraf describe con claridad el día más triste de su vida. Las tropas de las que formaba parte sufrían una humillante derrota frente al enemigo indio, y Bangladesh, hasta entonces parte de Pakistán, lograba la independencia. Era 1971 y el entonces joven comandante, condecorado en media docena de batallas, se hizo a sí mismo la promesa de que jamás volvería a perder.
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El general demostró su disposición a cumplir su palabra con un golpe de Estado atípico: lejos de querer reemplazar al gobierno, su objetivo es reeditar la dictadura que él mismo estableció hace nueve años. Musharraf, acorralado, vuelve a apoyarse en el Ejército que lo empujó hasta lo más alto del poder y en el que empezó su carrera cuando en 1961 entró en la Academia Militar de Pakistán.
Cerca de una década al frente del país ha cambiado al hijo de una familia de clase media que una vez fue visto como el más liberal y moderno de los altos oficiales paquistaníes. Atrás ha quedado la promesa del presidente, hecha apenas tomó el poder en el año 1999, de llevar a Pakistán a «una democracia verdadera».
Probablemente, ni el propio Musharraf imaginó lo difícil que sería su trabajo tras el golpe de Estado de 1999. La revista «Newsweek» describía a Pakistán la semana pasada como «el país más peligroso del mundo». He aquí la única repúblicaislámica del mundo con armasnucleares, con un territorio que tiene regiones enteras bajo control de tribus que ningún gobierno ha logrado someter jamás y con miles de escuelas coránicas que durante décadas han producido algunos de los grupos más extremistas de la era moderna, incluido el movimiento talibán.
El presidente ha tratado de cabalgar sobre todo ello con un malabarista juego a dos bandas: guiñando un ojo a los extremistas islámicos por miedo a su influencia y otro a Occidente, que ha tolerado su monopolio del poder como un mal menor ante el temor a que el arsenal paquistaní pase a estar bajo control de terroristas islámicos. Pero el juego se ha ido complicando con el paso de los años hasta llevar al presidente a un callejón sin salida.
Marioneta
Los extremistas han terminado por ver al presidente como una marioneta de Estados Unidos, y Occidente ha puesto en duda su determinación para acabar con los grupos terroristas que operan desde su territorio. El ex primer ministro Nawaz Sharif, el último líder democrático en Pakistán, describió el sábado al militar que lo expulsó del poder como un «hombre desesperado» y dispuesto a todo.
El general Musharraf contó con un apoyo mayoritario en sus inicios -su golpe de Estado fue vitoreado en las calles-, pero poco a poco ha visto cómo perdía aliados y quedaba cada vez más aislado.
Los éxitos económicos de sus gobiernos, alentados por una masiva inyección de ayudas llegadas desde Washington, no han sido suficientes para preservarlo del deterioro político y la caída de su popularidad. Las elites y las clases medias que antes lo veían como la solución a los problemas del país se han hartado de su autoritarismo. Los pobres han esperado en vano a que mejorara su nivel de vida.
Contrapoder
La dictadura paquistaní, al contrario que otros regímenes militares como el birmano, no ha logrado nunca eliminar una sociedad civil con fuertes vínculos con el pasado dominio británico del subcontinente indio. Jueces y periodistas han actuado como contrapoder y han desafiado al general continuamente. Ambos se convirtieron el sábado en las primeras víctimas del Estado de excepción, cuyo objetivo es evitar que el Tribunal Supremo declare ilegal la reelección de Musharraf como presidente.
Enfrentado una vez más ante la posibilidad de perder, en este caso el poder, el general seguramente volvió a sus memorias de la derrota en Bangladesh y la promesa que un día se hizo de que jamás volvería a ser vencido. Su acción retrasa ese momento, pero difícilmente garantiza la supervivencia política de un dictador cada vez más aislado.
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