5 de noviembre 2008 - 00:00

La crisis le impondrá límites impensados a la superpotencia

Estados Unidos dado vuelta y en bancarrota, según la visión del humorista JohnSheffers en el «Boulder Daily Camera». Debido a la crisis, parece terminar parala Casa Blanca el tiempo de las decisiones unilaterales en materia internacional.
Estados Unidos dado vuelta y en bancarrota, según la visión del humorista John Sheffers en el «Boulder Daily Camera». Debido a la crisis, parece terminar para la Casa Blanca el tiempo de las decisiones unilaterales en materia internacional.
La histórica elección presidencial de ayer en Estados Unidos ha parido, junto con un nuevo liderazgo en Washington, una paradoja de consecuencias trascendentes: pocas veces como ahora la expectativa de cambio ha sido tan grande, así como son acotadas las posibilidades de imponer una agenda propia y ambiciosa en economía y política exterior.

La crisis financiera -ya económica en toda la regla- operará en los próximos años como un poderoso límite para la acción de la Casa Blanca. Si la guerra en Irak ya insumió 660.000 millones de dólares desde 2003 y la de Afganistán otros 210.000 millones desde 2001, el descalabro de Wall Street puede ser considerado, en cuanto a su costo, una tercera guerra. Sólo el plan de rescate para bancos y empresas votado recientemente por el Congreso (700.000 millones de dólares), sumado a las ayudas y la liquidez inyectada precipitadamente en el último tiempo por la Reserva Federal y el Tesoro, elevará la cuenta del año fiscal que comenzó el 30 de setiembre por encima del billón de dólares, con el agravante de que la suma será desembolsada en el corto plazo, a diferencia de lo ocurrido con las guerras mencionadas.

La herencia que recibirá el gobierno que asumirá el 20 de enero será una deuda pública de 11,3 billones de dólares (casi 70% del PBI estadounidense), un déficit fiscal que superará largamente los 455.000 millones de dólares del año fiscal 2007-2008 (unos 3 puntos del PBI) y perspectivas productivas muy negativas. Aunque aún no técnicamente, el país ya está en recesión, cada vez más empresas industriales piden un rescate del tipo del brindado a los bancos y ya se especula con que el desempleo puede saltar en unos meses a 9%.

Pero, aunque extenuante, la factura a pagar no se agota en lo mencionado. Algo habrá que hacer para reanimar la economía y el consumo, para auxiliar a los millones de deudores hipotecarios en riesgo de remate, a los jubilados y futuros jubilados cuyos ahorros se han evaporado, a los nuevos desocupados, a una clase media cada vez más agobiada... Todo en el contexto de las estrecheces fiscales que impondrá el desmanejo de la era de George W. Bush, que, si afectaran a un país que no tuviera la posibilidad de imprimir dólares, delinearían una ecuación sencillamente imposible. Hoy, en medio del colapso, los inversores en pánico acuden en manada a los bonos del Tesoro como último refugio, pero, cuando pase la tormenta, difícilmente Estados Unidos podrá librarse de convivir con un dólar débil y una inflación en alza.

  • Deleite

    No se trata aquí de incurrir en el deleite de muchos académicos y periodistas que, afectos a los títulos grandilocuentes, anuncian ya el fin de los Estados Unidos o de su preeminencia mundial. Conviene, sí, señalar más humildemente los límites que tendrá la próxima administración norteamericana para ejercer un poder global unilateral -como fue el caso en los últimos ocho años-, para lidiar con varias guerras a la vez y para seguir esgrimiendo una amenaza creíble de intervención militar en nuevos escenarios. Sin olvidar que, más allá de cualquier crisis, por grave que ésta sea, la economía estadounidense seguirá contando con reservas materiales, tecnológicas y de conocimiento sin parangón, y que continuará representando casi un cuarto de la economía mundial, mientras, por caso, la de la imparable China es todavía sólo 6%.

  • Necesidad

    Así las cosas, la idea de apurar una retirada de Irak, donde la situación de la seguridad se ha estabilizado de manera notoria, es más un imperativo de la realidad que una aspiración política o ética. Habrá que destinar una parte importante de los 150.000 soldados estadounidenses allí apostados a Afganistán, donde sólo hay 33.000, además de los enviados por países aliados cada vez más reluctantes a involucrarse en un país que ya vio partir en derrota a una larga hilera de potencias extranjeras.

    Más allá de la inexplicable ceguera de Bush, que hizo hace cinco años extraños malabares con la verdad para justificar la invasión a Irak, es en Afganistán donde se sigue jugando la lucha contra el terrorismo. La insurgencia talibana registra un auge irrefrenable, tanto que el gobierno pronorteamericano y los propios Estados Unidos buscan la manera de negociar con aquellos que establecieron en ese país antes del 11-S el régimen más oscurantista del mundo y que protegieron a Osama bin Laden. ¿O será, acaso, que aún lo ocultan en la frontera montañosa con Pakistán, blanco frecuente de cruentos ataques aéreos norteamericanos que más de una vez afectan al país vecino y provocan una situación políticamente explosiva?

    Mientras, justamente en Pakistán se incuba una crisis potencialmente más peligrosa. Ese país, pieza vital en cualquier cálculo de estrategia antiterrorista en esa región de Asia, se desliza también por un tobogán de violencia islamista ligada a los talibanes y a Al-Qaeda. Para peor, hay serias dudas de que el compromiso contra el extremismo alcancea la totalidad de las fuerzas armadas y los servicios secretos, algo particularmente grave en un país con armas nucleares, que podrían caer en manos de un eventual gobierno revolucionario o, antes que eso, ser trasvasadas a grupos terroristas.

    Otro desafío es el que plantea Irán.

    La República Islámica sufre por la impericia económica del gobierno de Mahmud Ahmadinejad y, más recientemente, por el derrumbe del precio del petróleo, pero no ceja en su desarrollo nuclear. Para Occidente, ese plan tiene destino militar, algo que Teherán niega. Hasta ahora las sanciones no han funcionado de manera decisiva, algo de lo que da cuenta Israel, algunos de cuyos segmentos de poder presionan por una solución militar preventiva. ¿Puede Estados Unidos en el marco que se describe, de dos guerras simultáneas y un frente económico aún más oneroso, amenazar con algún grado de credibilidad con el uso de la fuerza? Difícilmente. El precio a pagar por la errónea decisión de invadir Irak, algo que permitió además la penetración en ese país de la influencia iraní, acaso sea negociar con quien no se desea y, en un extremo, la inevitabilidad de aceptar la emergencia de un Irán nuclear, posibilidad que cambiaría de raíz el equilibrio geopolítico conocido en Medio Oriente.

    Estos y otros desafíos ya no podrán ser respondidos por Estados Unidos como hasta ahora, de modo unilateral y con frecuencia belicoso. Por imperio de la realidad y de la propia crisis económica del país, el próximo gobierno deberá hacer fuerza de su debilidad, restaurando los lazos dañados en los últimos años con buena parte del mundo. Tendrá que avanzar hacia un esquema cada vez más multilateral para responder a esas amenazas, incorporando a su proceso de toma de decisiones no sólo a los organismos internacionales, sino también a la Unión Europea y hasta a Rusia y a China, más allá de las dificultades que eso pueda suponer. Y, por qué no, a América latina, acaso la única ventana de oportunidad a través de la cual la región podría volverse visible a los ojos de Washington.

    Sin socios, a la Casa Blanca le será imposible abordar esos y otros temas cruciales. La combinación de grandes desafíos y grandes esperanzas siempre conlleva el peligro de la decepción.
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