20 de abril 2004 - 00:00

La guerra que mantienen Powell y Cheney dentro de la Casa Blanca

Washington - «¿Sabe usted que vamos a ser los dueños de ese sitio?» El 13 de enero de 2003, el secretario de Estado, Colin Powell, reaccionó con esa frase cuando George W. Bush le comunicó su decisión inapelable de invadir Irak.

Pero Bush ya lo tenía todo decidido: «Creo que tengo que hacer esto», dijo. De hecho, un gobierno extranjero -Arabia Saudita- tenía información muchísimo más completa que Powell acerca de lo que iba a hacer EE.UU.

La conversación está en el libro «Plan of Attack» (plan de ataque) del periodista de «The Washington Post» Bob Woodward, que saldrá a la venta en EE.UU. la semana que viene. En las 443 páginas del libro, Woodward describe la guerra civil interna que vivió la administración Bush a la hora de invadir Irak.

Esa guerra civil tiene un claro perdedor: Powell. Y un vencedor inapelable: el vicepresidente, Dick Cheney. Según Woodward, Powell cree que Cheney y sus aliados formaron «un gobierno paralelo» durante la crisis con Irak.

Ese gobierno estaba formado por el propio Cheney, su jefe de Gabinete, Lewis Scooter Libby, y los números dos y tres del Departamento de Defensa, Paul Wolfowitz y Douglas Feith. El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, no está en ese círculo.

El diálogo entre Bush y Powell es la muestra más evidente de que el secretario de Estado jugó un papel decorativo en la crisis. Porque cuando Bush le informó que iba a ir a la guerra, el príncipe Bandar, íntimo amigo de Bush padre y una fuente habitual de Woodward, ya había tenido acceso al plan ultrasecreto de la invasión.

La Casa Blanca tenía miedo de que el secretario de Estado se enterara por Bandar de todo el plan. Por eso, Bush se lo explicó a Powell, en un diálogo que, según Woodward, apenas duró 12 minutos.

En la conversación, el presidente dejó claro a su secretario de Estado que no tenía nada que hacer o decir.
«Sólo quería que lo supieras», le dijo. Y, cuando Bush le preguntó: «¿Estás conmigo?», el disciplinado militar que es Powell replicó: «Lo haré lo mejor que pueda. Sí señor, lo apoyo. Estoy con usted, señor presidente».

La guerra estaba decidida, y EE.UU. tenía su objetivo muy claro. La única condición que Bandar puso al apoyo saudita a las operaciones militares fueron garantías de que Saddam Hussein sería derrocado. Cheney no se anduvo por las ramas: «Príncipe Bandar, cuando empecemos esto, Saddam está frito». Según Woodward, la dureza de Cheney asombró a su viejo amigo Donald Rumsfeld.

Bush sólo pidió consejo a un miembro de su gabinete: la consejera de Seguridad Nacional,
Condoleezza Rice. Según Woodward, poco después del Año Nuevo de 2003, el presidente le dijo: «¿Qué piensas? ¿Debemos hacerlo?».

«Sí -contestó Rice-, porque no sólo está en juego la credibilidad de EE.UU. Está en juego la credibilidad de todos si este gángster [Saddam] puede otra vez derrotar a la comunidad internacional.»

Bush estaba decidido a freír a Saddam (término de Cheney) en enero, aunque esperó a marzo por el temor a que Blair perdiera el poder por apoyar a EE.UU.

El enfrentamiento alcanza tonos de visceralidad difíciles de imaginar. Cheney y Powell no se hablan, según Woodward, aunque en el pasado sólo se gritaban.

Con «Plan of Attack», Woodward parece haber recobrado parte del espíritu crítico que perdió hace una década, cuando publicó «The Commander», una hagiografía de Powell, a la que siguieron otras como «Bush at War», que parece la historia oficial del 11-S y la guerra de Afganistán. En su nuevo libro, el periodista realiza una disección similar de la administración Bush a la que hizo en 1987 en su libro «Veil» sobre el escándalo «Irán-contras». Woodward revela la guerra interna entre los «neoconservadores» de Cheney y Wolfowitz, por un lado, y los moderados de Powell y su «número dos» y amigo Richard Armitage, por otro.

Dejá tu comentario

Te puede interesar