París - El voto negativo de los franceses de ayer abarca aspectos que van más allá de los estrictamente puestos a consideración en el plebiscito. El triunfo del No evidencia los viejos resquemores en la población de un continente cuya dirigencia pretende alardear de una unidad política difícil de demostrar.
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La nueva Constitución, que iba a entrar en vigor en noviembre de 2006, se proponía básicamente dar marco a la inclusión de los países del Este y crear la figura de ministro de Exteriores para congeniar una política común.
El éxito económico de la Unión Europea (UE) previa a la ampliación hacia el Este, que embarcó a los países miembros en un desarrollo casi sin excluidos (salvo los inmigrantes), tiene desde hace años la contracara de la escasa utilidad de la Europa política e institucional. El ejemplo de las posturas antagónicas en torno a la invasión a Irak o las denuncias de los excesivos gastos en viáticos de los europarlamentarios en contraste con su utilidad eximen de mayores comentarios.
Para mayor decepción, el ácido rechazo ocurrió en el país considerado emblema del continente civilizado, por lo que se teme un efecto dominó en el resto de los estados que someterán la propuesta a referendo.
En principio, la Constitución debe ser ratificada por los 25 estados miembros para que entre en vigor. De todas maneras, el primer ministro de Luxemburgo, Jean Claude Juncker, presidente en ejercicio de la UE, anunció que el proceso de ratificación continuará en diferentes países pese al rechazo francés (ver vinculada).
Si la ley de leyes es rechazada por menos de cinco países ( sobre 25), está estipulado que se someterá a una especie de ballottage optativo en los estados que hubieran dado el No. Las opciones, si finalmente no entra en vigor la Constitución planteada, son: a) redactar un nuevo texto e iniciar otro proceso burocrático; b) que siga en vigencia el Tratado de Niza, que no menciona ni el cargo de canciller europeo o reparto del poderen virtud de las poblacionesde los países.
La llave del diseño de Europa podría recaer entonces en Tony Blair, único jefe de gobierno exitoso en las urnas entre los cuatro grandes del continente (Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia). Precisamente, los británicos son los más euroescépticos y su dirigencia la que más quiere reducir el bloque a aspectos económicos.
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