20 de octubre 2011 - 13:59

La "primavera árabe" derribó tres dictadores pero otros tres sobreviven

La llamada "primavera árabe" ya se cargó el derrocamiento del egipcio Hosni Mubarak, el tunecino Ben Alí y el libio Muamar al Gadafi, muerto en Sirte, mientras los gobernantes de Siria, Bashar al Asad; Yemen, Abdalá Saleh; y Barein, Hamad bin Isa al Jalifa se aferran al poder

Las revueltas populares, que comenzaron en diciembre del pasado año en la ribera sur del Mediterráneo, pusieron fin a los regímenes de algunos de los mandatarios más longevos de la región como el propio Gadafi, en el poder desde 1969. El último en caer hasta el momento es el exhombre fuerte de Libia, quien huyó el pasado 22 de agosto del palacio presidencial, cercado por las tropas revolucionarias, y ha permanecido hasta este jueves escondido en su ciudad natal, Sirte.

Ben Alí, expresidente de Túnez, abandonó el poder el 14 de enero de 2011 tras una revuelta popular que arrancó el 17 de diciembre anterior La chispa que incendió el país fue la decisión de un joven licenciado que trabajaba de vendedor ambulante de suicidarse prendiéndose fuego en protesta por su precaria situación y la prepotencia de las autoridades. El exmandatario logró huir a Arabia Saudita y el 15 de febrero de 2011 sufrió, según una cadena francesa, un accidente cerebrovascular que le dejó temporalmente en coma. En abril la justicia tunecina abrió 18 procesos judiciales contra él y su familia y pidió su extradición. Este domingo, Túnez celebra elecciones generales multipartidistas libres tras 24 años de tiranía.

En Egipto, el 11 de febrero de 2011 el presidente, Hosni Mubarak, renunció a la presidencia tras dieciocho días de disturbios en el país. Un tribunal local congeló sus bienes y le prohibió salir del país, ahora gobernado por una Junta Militar presidida por el que durante dos décadas fue su ministro de Defensa. En abril fue hospitalizado por una "crisis cardiaca" y desde entonces aparece en público, en los juicios emprendidos contra él, en camilla. En agosto comenzó un juicio, que aún sigue, contra él y sus hijos, y el extitular del Interior Habib el Adli, todos ellos acusados de asesinato premeditado e intento de homicidio de manifestantes durante las protestas.

Bashar Asad, jefe del Estado de Siria y secretario general del Partido único Baaz, ascendió al poder en el año 2000 tras la muerte de su padre Hafez el Asad. Al principio, su asunción llegó acompañada por la esperanza de una reforma económica, política y social que una década después se ha evaporado. En la actualidad, el y su familia dirigen la represión más sangrienta en toda la región. Hasta el momento el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no atendió el pedido de sanciones de algunos estados miembros, ya que en su seno hay países como Rusia y China que se oponen a ello. La actitud del régimen y la crudeza de la represión, que causó la muerte a cerca de 3.000 personas -según cifras de la ONU- desde que las protestas estallaran a mediados de marzo, ha ocasionado también deserciones militares.

Aalí Abdala Saleh, militar de carrera, en el poder desde 1978 cuando gobernaba Yemen del Sur y era un país dividido, mantuvo el cargo tras la reunificación en 1990, y amagó con ofertas de renunciar al poder que no se materializaron.El mandatario regresó el pasado 23 de septiembre por sorpresa al país, tras permanecer convaleciente en Arabia Saudita durante más de tres meses después de sufrir heridas graves en un atentado en la mezquita del palacio presidencial Saná, el 3 de junio.

El rey bareiní, Hamad bin Isa al Jalifa, se mantiene al frente del país, pese a las protestas de miles de ciudadanos en demanda de reformas democráticas, que comenzaron el 14 de febrero y en las que han muerto más de una veintena de personas y miles más han resultado heridas o detenidas, según la oposición.

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