6 de noviembre 2002 - 00:00

Lecciones de los comicios turcos

Desde hace por lo menos un par de años, la Argentina y Turquía, con dos gravísimas crisis económicas paralelas a cuestas, han preocupado -notoriamente- a la comunidad internacional. En ambos casos, las elites políticas vernáculas demostraron su incapacidad de trabajar unidas para superar los problemas.

En consecuencia, para los votantes turcos que debieran mirar siempre a la política como una obligación de resultados, resultó evidente la ineficacia de sus liderazgos. Por lo que no hubo lugar para la complacencia. De allí que lo ocurrido en la reciente elección deba ser analizado cuidadosamente. Porque la ciudadanía turca, conforme a lo esperado, al votar rechazó durante la administración del premier Bulent Ecevit, cuyo partido apenas recibió un desteñido 1,3% de los sufragios.

Eligió, en cambio, a los potables candidatos del Partido Justicia y Desarrollo. Un partido moderado de raíces islámicas que, abjurando de su intolerancia pasada, tiene propuestas ahora sensatas y conciliatorias. Lo hizo con 34% de los votos. Se trata del encabezado por quien hasta 1998 fuera alcalde de Estambul, Recep Erdogan. Un político de 48 años, sobre quien pesa una proscripción desde que fuera sentenciado a prisión por haber leído un público una poesía que un juez (proclive al gobierno, claro está) entendió incitaba al odio religioso. Por ello Erdogan no puede -todavía- ser parlamentario. Ni primer ministro.

Como en Turquía sólo hay representación parlamentaria si se alcanza 10% de los sufragios, el partido de Erdogan tendrá ahora 66% de los escaños. La minoría la obtuvo el otro único partido que superó el umbral de 10%: el tradicional Partido Republicano del Pueblo, al que hace poco se uniera el respetado ex ministro de Economía, Kemal Dervis.

El rechazo a la clase política tradicional resultó estridente y absoluto.
Según era de esperar el repudio a los políticos en el poder fue absolutamente sonoro. Inocultable.

La columna vertebral del cachetazo electoral estuvo integrada por los empobrecidos, enojados y excluidos, a los que se sumaron la clase media de las provincias y la mayoría de los profesionales e intelectuales. Ellos, todos, dijeron: basta.

El partido ganador repudió abiertamente su pasado intransigente. Sin margen para la duda. Propone empujar a Turquía en dirección a la Unión Europea. Esto es, seguir en la democracia liberal y, esencialmente, en la economía de mercado.

Sin recetas económicas mágicas, ni «vodoo», ni utopías, ni populismo. Dentro del secularismo turco oficial que, según Erdogan, «es el protector de todos los credos y religiones». Respetando a rajatablas el «estado de derecho» y la actual alianza de intimidad con Occidente. Sin convulsiones o terremotos que puedan volver a provocar la intervención de los militares. Como en 1997.

El desafío político de la hora tiene, para Turquía, capítulos importantes.

Primero, demostrar que un partido islámico puede gobernar eficazmente, con los mejores. Sin intransigencia y con tolerancia.

Segundo, que un país mayoritariamente islámico es efectivamente capaz de convivir en el marco de la democracia liberal, sin conflictos de «civilización». Ni sectarismos.

Tercero, que Turquía puede proyectar el mínimo de credibilidad requerido para poder acceder a la Unión Europea. Hasta ahora ello no ha sido posible. Por eso no estará -seguramente- entre las 10 nuevas naciones que ingresarán a la Unión en el año 2004. Lo importante es recomenzar conversaciones creíbles. Y mantenerlas con rumbo claro.

(*) Embajador. Ex representante permanente de la República Argentina ante la ONU. Presidente electo de la International Bar Association.

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