El deslizamiento hacia la centroderecha, más que un acto de fe hacia las políticas de Jacques Chirac, se debe a un rechazo tanto a la antiinmigración extrema de la ultraderecha, por un lado, como a otros cinco años de cohabitación con los socialistas, por el otro.
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A la luz de los resultados, la mayoría no guarda un buen recuerdo de las repetidas discusiones entre un presidente azul, Jacques Chirac, y un primer ministro rosa, el retirado Lionel Jospin, que sometieron a la opinión pública durante un lustro a una tirante relación.
Tras el estruendoso resurgimiento del líder extremista Jean Marie Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales, cuando logró pasar al ballottage junto con Chirac, los partidos políticos franceses se vieron obligados a bruscas redefiniciones. Le Pen se mofó de sus rivales porque tenían el «espíritu lepenizado», por la repentina preocupación de los candidatos galos por los problemas de la seguridad y la inmigración.
No sólo los políticos franceses tomaron nota de la importancia de esos temas para los electores, sino que todo el continente se abocó con su poderío al creciente número de pobres de Africa, Asia, Europa del Este y Latinoamérica que creen que algo recibirán del bienestar europeo si, aunque sea, van como clandestinos.
Chirac reaccionó con buenos reflejos y se presentó, a la vez que como un demócrata que honraba la tradición republicana francesa, como un hombre preocupado por la seguridad y la inmigración, aunque alejado de los extremos de Le Pen.
A ello se suma un primer ministro, Jean-Pierre Raffarin, quien sucedió a Jospin tras su debacle de abril y logró, partiendo de un bajo perfil, un consenso amplio.
A la izquierda, que debió hablar en estos dos meses de temas en los que no se siente cómoda, le espera la dura prueba de reorganizarse y definir nuevos objetivos. Socialistas, comunistas y progresistas sólo mostraron conducta y cohesión a la hora de votar contra Le Pen en el ballottage presidencial, y contra sus candidatos al Parlamento, dejándolos sin representación.
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