18 de julio 2005 - 00:00

Otra vez Al-Qaeda lucró con el terror

Washington - Hay que olvidarse de Google y demás start ups de Internet. Lo que de verdad es rentable es el terrorismo. Si Al-Qaeda cotizara en Bolsa, y si contara los muertos y las pérdidas económicas que causa como beneficio, sería el valor más cotizado del mundo.

Una serie de expertos coinciden en que si se quiere entender a los fundamentalistas islámicos hay que analizar no sólo los aspectos religiosos, sino también el lado empresarial de su actividad. Porque los integristas saben que, como decía Napoleón, «para hacer la guerra sólo hace falta dinero, dinero y más maldito dinero», y por eso tratan de maximizar el impacto económico de sus ataques.

Según el Fondo Monetario Internacional, los 415.000 euros que Al-Qaeda gastó en el 11-S ocasionaron una catástrofe económica de 83.000 millones de euros, es decir, tuvo una «rentabilidad» de 200.000%, algo inimaginable en ninguna inversión real.

Los terroristas también se benefician directamente de los atentados. Según Ernst Welteke, presidente del Bundesbank (el banco central de Alemania), Al-Qaeda especuló en los días previos al 11-S. Lo mismo podría haber sucedido en Londres.

• Posibilidad

«Es difícil confirmarlo, pero claramente es una posibilidad. Los precios del oro (el valor refugio por excelencia) se dispararon un par de días antes del ataque debido a una contratación excepcionalmente alta en el mercado. El día del atentado, el precio del oro alcanzó un récord histórico», sostiene Loretta Napoleoni, asesora del Departamento de Seguridad Interior de EE.UU. en materia de terrorismo y autora del libro «Yihad. Cómo se financia el terrorismo en la nueva economía».

Pero las leyes de la economía también funcionan para los terroristas y Al-Qaeda y sus grupos afiliados se enfrentan a un «beneficio marginal» menor con cada atentado. En pocas palabras:
sus matanzas cada vez tienen menos impacto económico. «El mercado está adquiriendo experiencia en afrontar estas crisis», explica David Wyss, analista de la agencia de calificación de riesgos Standard and Poor's. «El ataque de Londres ha sido el tercer gran atentado en una capital occidental y muestra que el impacto de estas acciones en la Bolsa desciende de forma progresiva», añade.

La Bolsa de Nueva York cayó 4,9% el primer día de contratación tras el 11-S. Después del 11-M, sólo descendió 1,5%. Y tras el 7-J subió.

El capitalismo se adapta. Pero también los terroristas. En los años '80, Al-Qaeda actuaba como una start up -una empresa de nueva creación- como las de Internet, y además como una compañía de capital de riesgo, de las que prestan dinero a emprendedores que quieren iniciar nuevos proyectos. Ahora, ante la brutal presión a la que ha sido sometida,
la organización de Bin Laden se ha convertido en una franquicia: da su nombre a cualquier organización que acepte su ideología y sus métodos de trabajo. Ese es el caso de los terroristas del 11-M o de la red de Abu Mussab al-Zarqawi en Irak: grupos que no tienen relación organizativa con Al-Qaeda, pero que utilizan su marca registrada.

«Al-Qaeda no suele dar dinero para los atentados. Normalmente, los grupos locales se autofinancian», explica
Camile Pecastaing, profesor de Oriente Medio de la Universidad Johns Hopkins. En esa transformación de start up a franquicia, los terroristas han cambiado sus modelos de financiación para reducir su dependencia de los bancos. Es un cambio lógico, porque «desde el 11-S se ha llegado a controlar gran parte de los sistemas convencionales de financiación (es decir, los que se realizan por medio del sistema financiero) de estos grupos», declara Javier Rupérez, director ejecutivo del Comité Contraterrorista de la ONU (CTC, según sus siglas en inglés). Pero Rupérez admite: «Hemos tenido poco éxito con los sistemas informales». Eso permite que los fondos de los terroristas puedan seguir fluyendo a través de mecanismos como la hawala, un sistema de transferencias de dinero entre musulmanes similar a Western Union u otras empresas de envío de remesas que usan los emigrantes. Pero la diferencia es que en la hawala no hay ningún tipo de registro documental del movimiento de dinero.

Chris Aaron, del think tank de defensa Jane's, cree que el problema está en esos «procedimientos informales», ya que «los bancos no son normalmente los medios que usan los terroristas para crear fondos, sino más bien para guardarlos o transferirlos». Eso, en una comunidad como la musulmana, en la que existe la obligación de entregar a obras de caridad alrededor de 2,5% de la renta anual (el llamado zakat o limosna), abre
un inmenso agujero negro para que los terroristas sigan teniendo dinero.

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