Preocupa a Cuba los extraños nombres de sus habitantes
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"Existió un momento en el que no se podían poner nombres de procedencia extranjera tal cual; esa decisión del ámbito jurídico trascendió al lingüístico", explicó a Juventud Rebelde la investigadora Aurora Camacho.
Camacho, miembro del Instituto Cubano de Literatura y Lingüística, indica que en la isla se mantienen vigentes nombres de arraigo cultural y más sencillos como María o Pedro aunque "ciertamente con menos frecuencia".
Señala asimismo que "se ha olvidado" la antigua costumbre de consultar el santoral y de asignar varios nombres, ya que de hecho las leyes del país no permiten que una persona tenga más de dos.
Para la especialista, muchos de los nombres inventados suponen "desafíos, un problema y una provocación para todos los lingüistas".
Según apunta, el marco jurídico cubano es ambiguo y no ayuda porque la Ley del Registro del Estado Civil establece de manera general la libertad de las personas para escoger nombres en correspondencia con las tradiciones y el desarrollo educacional y cultural.
Su opinión es que, por ejemplo, se debería potenciar el papel de los registradores civiles en los hospitales porque ellos podrían ser "guías y orientadores" ante este fenómeno.
En Cuba también hay una tradición de herencia de nombres de otras culturas, como la rusa (Yuri, Boris, Tatiana, Yordanka, Katia), y de usar topónimos hasta cierto punto exóticos para el Caribe como Yasnaya, Hanoi o Yakarta.
A la hora de jugar con las palabras, existen casos que combinan pronombres personales como yo, tú y él para formar Yotuel. Asimismo se ha visto la unión del término "sí" o de su pronunciación en varios idiomas: Dayesí y Widayesí.
Los inventos de nombres con la letra "Y" han sido una constante durante varias generaciones y ya son tradición en el país: Yanisey, Yumilsis, Yumara, Yosbel, Yadel, Yulieski, Yovel, Yolaide, Yamisel, Yirmara, Yoelkis, Yuset, Yohendry, Yoanni, Yander, Yunier.
Camacho advierte sobre los problemas sociales e individuales que pueden conllevar algunas de estas variantes, pues de inicio muchas no revelan algo tan fundamental como el género de la persona.
Su opinión es que la ambigüedad "perjudica la proyección de la personalidad y contribuye al daño moral en un individuo frecuentemente instado a explicar su nombre y ofrecer toda una disertación de cómo se escribe, de dónde lo sacaron y quién lo inventó".
Además, destaca "la representatividad y singularidad que debe aportar el nombre propio" y su "trascendencia cultural e identitaria".
"Un estudio multidisciplinario del fenómeno se impone", advierte Camacho, tras señalar que actualmente se trata de "terreno virgen" que merece "un estudio más detallado que enmarque el fenómeno por etapas históricas.




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