26 de mayo 2005 - 00:00

Protesta, consignas, piedras y dinamita

Una campesina boliviana lleva su reclamo por la nacionalización del gas hasta la primera fila de escudos policiales. Ayer hubo fuertes protestas, pero cedieron los desórdenes.
Una campesina boliviana lleva su reclamo por la nacionalización del gas hasta la primera fila de escudos policiales. Ayer hubo fuertes protestas, pero cedieron los desórdenes.
El Alto (enviado especial) - A las nueve y media de la mañana la imagen impacta. La columna de manifestantes sobre la avenida Naciones Unidas de El Alto parece no tener fin. Cholas, obreros, maestros y adolescentes se preparan para dar inicio a la tercera manifestación de la semana, y el número de concurrentes parece crecer día a día. Es el comienzo de una jornada que a las pocas horas se vería aún más convulsionada por un denominado «movimiento generacional» de militares (ver vinculada).

La mayoría de los manifestantes responde a la Federación de Juntas Vecinales (Fejuve) de El Alto, una organización histórica que en este momento está dirigida por Abel Mamani. La Fejuve se separa por unos cincuenta metros de la columna de los maestros, y más atrás se ubican campesinos y mineros.

La ruta hacia el aeropuerto permanece bloqueada. Primer rezo de la multitud: «El Alto de pie, nunca de rodillas». Comienza el descenso hacia La Paz, que se extiende hacia abajo como una postal, con el monte Illimani (6.400 metros) nevado en el fondo.

La violencia del día anterior está en la mente de todos. «¡Qué sea en paz compañeros!», grita un cabecilla de la manifestación. «Soy un hombre pacífico, mis compañeros también, pero hay una horda represora adelante», dice Mamani a Ambito Financiero. «Vamos a continuar con el paro hasta que se logre nuestro objetivo. Ya hemos empezado y tenemos que terminar. Debemos lograr la propiedad total de los hidrocarburos», indica el dirigente. ¿Existe el riesgo de que la situación derive en un régimen dictatorial? «Más bien lo que estamos haciendo es cuidar la democracia. Se han escuchado aprestos de golpe de Estado, pero no estamos realmente en esa situación», explica Mamani antes de conocer el pronunciamiento de los militares de rango medio. No obstante, el líder de El Alto pide el cierre del Congreso actual, porque «si yo no cumplo con mi trabajo, mi patrón podría echarme a patadas y por mi propia convicción debería renunciar, porque si no soy un irresponsable». Tampoco cree en los dichos de Mesa de que permanecerá en el cargo hasta 2007. «El puede desear viajar a la Luna, pero quien gobierna el país es el pueblo», concluye.

Llega el primer encuentro con camionetas de transporte público que no acatan el paro activo. «Los transportistas son traidores porque si cambiamos la Ley de Hidrocarburos ellos van a ser los principales beneficiados», dice el hombre del megáfono.

Uno de los que había manifestado amor por la paz minutos antes lanza la primera piedra
. A lo largo de las casi tres horas de caminata, la escena se repite con cada auto que pasa por delante. «Fuerza, fuerza, fuerza. Fuerza compañeros, que la lucha es dura, pero venceremos», es la consigna favorita. En las principales esquinas de El Alto, cientos de manifestantes se van sumando, y los que no lo hacen, aplauden y repiten las consignas, sea por convicción o conveniencia. «Diga en la Argentina lo que nos pasa, porque nadie nos apoya. No tenemos trabajo y nosotros sabemos hacer muchas cosas; yo sé tejer esto», pide una mujer que requiere anonimato mientras muestra una hermosa manta de lana.

• Error estratégico

Para no mezclarse con otras columnas, los líderes optan por una ruta que pasa por un bosque nunca usada en ocasiones anteriores, lo que terminó siendo un error estratégico porque la manifestación se hizo menos visible. «Compañeros, estamos haciendo historia, estos árboles nunca nos habían visto pasar. Súmense compañeros árboles que necesitamos palos», grita un hombre. Risas generalizadas.

La llegada a La Paz a través de la avenida Perú hace olvidar el humor.
«Fusil, metralla, El Alto no se calla.» Llega lo peor: la marcha se detiene y todos, inclusive nenitos que deambulan por estos barrios populosos, miran cartuchos de dinamita arrojados a pocos metros y a punto de explotar. Milagrosamente, la inconsciencia extrema, que se repite desde entonces varias veces cada cinco minutos, no causa víctimas. Por varias horas empezaría el cerco a la Plaza Murillo, aunque con una intensidad menor que la del día anterior. A las cinco de la tarde, los grupos de manifestantes están desperdigados. Algunos osan portar carteles a favor de la proclama del movimiento generacional. Unos ochenta militares leales a Mesa ingresaron al mediodía al Palacio Quemado. Calma chicha en La Paz.

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