Medio Oriente y el Golfo Pérsico viven siempre al filo del incendio, y a menudo en medio del infierno mismo, pero pocas veces como ahora todo parece estallar al mismo tiempo. Las noticias de ayer lo dejan claro. Mientras crecen en intensidad en Estados Unidos y en el mundo las voces que pregonan una salida de las tropas extranjeras de Irak, cabe preguntarse si la era del involucramiento físico occidental en la región en realidad no acaba de comenzar.
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Es tentador hacerlo, pero no puede verse la misma mano detrás de todos esos episodios. Sí, en cambio, puede decirse que, a veces, esos intereses cruzados -y muchas veces enfrentadosconfluyen en alianzas tácticas implícitas. ¿Cuáles son esos actores?
AL-QAEDA. Desalojada del poder en su santuario de Afganistán tras los atentados del 11-S, logró mantener su dominio entre los líderes tribales de la frontera afgano-paquistaní. Además, busca hacer pie en el resto del mundo musulmán para imponer su programa de islamismo extremo y cruzada terrorista contra Occidente. La presencia de este grupo islámico sunita es ya muy notoria en Irak, donde atiza el conflicto con la comunidad chiita, sector enquistado desde la caída de Saddam Hussein como nunca antes en el gobierno de ese país. También contaría ya con células terroristas en los territorios palestinos y en el Líbano está presente a través del grupo palestino Fatah al-Islam, que resiste en las últimas semanas la embestida militar ordenada por el gobierno prooccidental de Fuad Siniora.
IRAN. País chiita, ha sido enemigo de Al-Qaeda, aunque la Casa Blanca insiste en vincularlos en una alianza táctica para desestabilizar la región. El régimen islamista busca a través de la influencia en grupos afines --como el libanés Hizbollah y el palestino Hamas-y de su programa nuclear hacer frente a sus dos grandes enemigos: un Israel -cuya destrucción pregona-dotado de armas atómicas y un EE.UU. afincado en su vecino Irak. El problema iraquí es grande para Teherán: ese país ha sido tradicionalmente su enemigo y contrapeso regional. Allí vela -e incide-a través de la comunidad chiita mayoritaria, sobre todo en el sur. Percibe como una amenaza directa a su seguridad la presencia militar estadounidense en Irak, la que -según la Casa Blanca-podría prolongarse durante décadas como una «fuerza de estabilización» similar a la afincada hace medio siglo en Corea.
SIRIA. Respalda los mismos factores regionales que Irán, pero su gran apuesta se da en el Líbano, su tradicional feudo. El asesinato del ex primer ministro Rafic Hariri en 2005 generó una ola de repudio popular que lo obligó a retirar los miles de soldados que mantenía estacionados en ese país. Sin embargo, se resiste a perder penetración política, corrida por alianza gobernante respaldada por Occidente.
EE.UU. A corto plazo, su mayor desafío se da en Irak, donde arriesga una derrota que sería humillante y de histórico alcance político. Impotente para poner fin a la variedad de guerras civiles cruzadas que se dan en ese país, apuesta sus últimas fichas a un plan de seguridad masivo en Bagdad y en el fortalecimiento de la capacidad militar del nuevo gobierno. Un éxito de esa estrategia --algo incierto-le permitiría retirar el grueso de sus tropas y permanecer a largo plazo con una fuerza menor. Irán es el otro desvelo, sobre todo debido a su influencia en Irak y a su programa nuclear, sospechado de tener fines militares. La política de sanciones internacionales concertadas hasta ahora no ha disuadido al régimen islamista, pero el debilitado George W. Bush parece tener poco espacio político en el tramo final de su mandato para emprender una nueva aventura bélica.
ISRAEL. Un Irán nucletar es para Israel un escenario de pesadilla, en el que perdería su preeminencia como única potencia atómica de Medio Oriente. El Líbano es otro eterno dolor de cabeza, al que no puede poner remedio ni política ni militarmente. Allí libró hace un año una dura guerra contra el grupo Hizbollah, que secuestró a dos soldados al otro lado de la frontera y atormentaba a las poblaciones del norte con el lanzamiento de misiles. La devastación fue mucha, pero no pudo doblegar a los terroristas, tal como lo prueba el propio informe de una comisión investigadora oficial. El otro desafío es el palestino. Cuando Ariel Sharon ordenó la retirada unilateral del ejército de la Franja de Gaza, los críticos le advirtieron que dejar el campo libre a Hamas podía derivar allí en la emergencia de una amenaza similar a la de Hizbollah en el Líbano. En estos días se libra allí la que acaso sea la batalla final para saber si esas advertencias se cumplirán. Milicianos de Hamas se apuraban ayer para tomar el control de la empobrecida Gaza, hostigando sin pausa a sus rivales de Al-Fatah. En la diputa se juega el modelo que se quiere aplicar a un Estado palestino que, mientras así estén las cosas, difícilmente saldrá de los sueños de sus impulsores: uno, de inspiración islamista y antioccidental, basado en la destrucción de Israel; el otro, laico e integrado al mundo, dado a través de un proceso de negociaciones con el Estado judío.
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