Aunque para algún desprevenido todo se agote en alguna breve guerra en una zona remota y en un sinfín de palabras amenazantes, no conviene subestimar la importancia de la renacida tensión entre Rusia y Occidente. Al menos, claro, si no se quiere correr el riesgo de perder de vista una de las tendencias políticas más importantes que se esbozan hoy a nivel internacional.
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De lo que se trata en concreto es si está comenzando una segunda Guerra Fría, que, a diferencia de la primera, ya no oculta sus causas geopolíticas más profundas detrás de una fachada ideológica. Hoy, igual que ayer, cuando se identificaba como el corazón de la Unión Soviética, y aun antes, en los tiempos de esplendor de la monarquía zarista, lo que se ve es el espectáculo de una Rusia ejerciendo lo que siente como su destino manifiesto de potencia imperial, intentando reconstruir, acaso torpemente, algo del área de influencia que perdió tras el colapso del régimen comunista y la debilidad que devino de su caótica reorganización como Estado capitalista.
En virtud de aquel momento de debilidad, los países de Europa Oriental entrevieron la posibilidad histórica de arrojarse a los brazos de Occidente y salir definitivamente de la órbita de una potencia prepotente y despótica, cuyo yugo han sufrido desde mucho antes de la revolución de 1917. Pero hoy Rusia superó aquella debilidad, y su economía es más pujante que nunca, gracias, sobre todo, al auge de los precios de las materias primas, con el petróleo y el gas en un lugar más que destacado.
Rusia es hoy el segundo exportador mundial de crudo, actividad que le ha permitido acumular un récord de 600.000 millones de dólares en reservas internacionales y vivir un notable boom económico. Pero su producción se ha estancado y no es casual que su presidente, Dimitri Medvedev, haya dicho recientemente en referencia a la crisis en Georgia que el Kremlin «nunca será indiferente a lo que pase en el Cáucaso», región rica en el recurso.
Pero si el Cáucaso para Rusia se trata del petróleo, también para Occidente. No hay buenos y malos en esta historia, y las acciones de todos están movidas más por interés que por nobleza de ideales. Y por más que las tropas rusas y sus aliados surosetas hayan incurrido en graves excesos durante la ocupación de territorio de Georgia -con desplazamientos de población y saqueos incluidos-, no hay que olvidar que la reciente guerra comenzó con una invasión de tropas de este último país a la región separatista. Su presidente, Mijail Saakashvili, confió acaso excesivamente en su alianza con Estados Unidos al tomar una decisión tan atrevida, en un hecho que recordó a muchos los precarios cálculos de los militares argentinos al invadir las Malvinas en 1982.
A este hecho que irritó a Moscú hay que sumar la declaración de independencia de la región serbia de Kosovo en febrero último, acto que fue reconocido por Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia, Austria e Italia, entre otros países. El Kremlin, aliado tradicional de la cristiana ortodoxa Serbia, se preguntó ayer por qué Occidente apoya el separatismo en Kosovo y no lo hace en las regiones georgianas de Osetia del Sur y Abjasia. La respuesta no puede ser clara.
Antes incluso de estos desarrollos, Occidente hizo pie en la que Rusia siente como su zona de influencia. La Unión Europea se ha extendido decididamente al Este, y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha incorporado desde 1999 a Hungría, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Bulgaria, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Albania y Croacia, mientras hacen cola para sumarse -y salir definitivamente de la égida rusapaíses como Ucrania, Macedonia y la propia Georgia.
Inaceptable
Y, acaso lo más inaceptable para el tándem Medvedev-Vladimir Putin (ex presidente y hoy primer ministro por una restricción constitucional, pero siempre verdadero hombre fuerte de Rusia) sea el acuerdo de EE.UU. con la República Checa y Polonia para instalar en esos países, respectivamente, el sistema de radares y las baterías de misiles de su futuro escudo, que podría tornar obsoletos los arsenales rusos.
Muchos analistas describen la actitud de Moscú como una de hechos consumados y muestran a George W. Bush impotente y limitado a emitir, una tras otra, fútiles declaraciones de advertencia. Sin embargo, si se habla de una nueva Guerra Fría, ¿que más se espera que haga? ¿No fue aquel proceso un juego de ajedrez, frecuentemente sangriento, en campos de batalla de terceros países? Acaso ése sea el juego que más le convenga al republicano, que espera que John McCain se desplace mucho mejor que Barack Obama en las turbulentas aguas de la política internacional y del peligro de una guerra.
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