4 de marzo 2003 - 00:00

Saddam: desde niño destacó su violencia

Los últimos días de para noia de Saddam Hussein, encerrado en sus anillos de acero, distan mucho de aquellos tiempos en los que creció en la aldea de Al-Ouja, cerca de Tikrit, en casa de uno de sus tíos maternos, donde recibió el nombre de Saddam, «el que pone la cara», un nombre que ha resultado ser extrañamente profético.

Nacido en el seno del clan de los Al-Khatab, una extensa familia conocida por su astucia y su violencia. Su padre, un campesino pobre, murió antes de que Saddam naciera. Así pues, Saddam Hussein fue un joven solitario que se llevaba mal con su padrastro. Según sus amigos de los días escolares, Saddam era un chico curtido, que pescaba en el río con dinamita, sumergido en el agua hasta el pecho.

En su condición de estudiante sin recursos económicos, aunque no falto de inteligencia, se hizo respetar con un estilo muy particular: disparó contra el maestro que le había pegado en la escuela, con la intención de matarlo. Aunque todavía no sabía leer a los 10 años, su tío Khairallah Talfah, que más tarde ha llegado a ser alcalde de Bagdad, lo animó siempre.

En lo que a Khairallah respecta -que había vuelto a la enseñanza después de salir de la cárcel-donde le dio una mejor formación fue en las artes de la manipulación y la intriga. Cuando Khairallah se trasladó a Bagdad en pleno fervor nacionalista, a mediados de la década de los '50, se llevó a Saddam consigo.

En 1958, Saddam Hussein cometió su primer asesinato. A los 21 años
, se vio implicado en la muerte de un rival de su tío, un primo que era el jefe del Partido Comunista de Tikrit, aunque no llegaron a aportarse pruebas suficientes para meter en la cárcel a Saddam o a Khairallah, aquello resultó suficiente para marcarlo como candidato a un papel secundario en el intento de asesinato del entonces principal dirigente de Irak, el general Abdul Karim Kassem, a cargo de los baazistas en 1959. A finales de los '60, cuando Saddam ya había estado en prisión y pasado por el exilio en Egipto, el partido Baaz (nacionalista y socialista) había llegado al poder y salió a la luz una nueva versión de Saddam.

Cuando el partido se hizo con el poder, en 1968, su primo Ahmad Hassan al-Bakr era presidente del nuevo Consejo de Mando de la Revolución. Pero detrás de su pariente se ocultaba el auténtico hombre fuerte y cerebro de la operación, Saddam.

•Golpe palaciego

Más tarde, aunque ya se lo consideraba el hombre fuerte de Bagdad, se vio obligado a dar su golpe de Estado palaciego cuando sus rivales cayeron en la cuenta del poder que había acumulado y empezaron a especular con que quizá fueran necesarias elecciones en el seno del partido para poner coto a su influencia. Así, el 22 de julio de 1979, Saddam se hizo finalmente con todo el poder en lo que fue uno de los momentos más terribles, en sentido simbólico, de su régimen. El presidente Al-Bakr, el títere de Saddam, había ido desapareciendo discretamente de la escena. El 11 de julio, el Consejo de Mando de la Revolución, en una reunión a puerta cerrada, había transferido todo el poder a Saddam.

El 22 de julio, Saddam invitó a todos los integrantes del Consejo de Mando de la Revolución y a otros dirigentes del partido a pasar por una reunión en Bagdad. Estaba fumando un puro cuando tomó asiento y uno de sus hombres de confianza anunció a los reunidos que se había descubierto una conspiración.
Mashhadi, que había sufrido torturas durante su detención por seguidores de Saddam, fue sacado de detrás de unos cortinados para que confesara en público. El hombre empezó a dar nombres y, a medida que iba recitando una lista de todos aquellos supuestamente involucrados, los nominados eran conducidos fuera de la sala. En total fueron 66.

Saddam se levantó entonces de su asiento y se acercó a un atril, desde el que habló a sus oyentes de la conmoción que todo esto le había producido.
Dejó caer unas lagrimitas cuando mencionó el nombre de unos de los conspiradores. Mientras aquel hombre proclamaba a grito pelado su inocencia, Saddam movió la mano hacia él en señal de despedida y gritó a su vez «¡Itla! ¡Itla!» («¡Fuera! ¡Fuera!»). El toque final, escalofriante, fue que Saddam había ordenado que se rodara lo ocurrido e hizo que se distribuyeran por todo el país cintas de video.

La pregunta que todo el mundo se hace es la de qué va a hacer este hombre cuando la moneda caiga finalmente al suelo y quede claro que este régimen está prácticamente acabado y que se encuentra entre la espada y la pared. Es esta pregunta la que tiene preocupados a los estrategas militares de Washington y Londres.

Dejá tu comentario

Te puede interesar