Temas que calientan el debate político
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La prensa liberal es muy crítica en este aspecto y contribuye a moldear el debate público. «Ahora se conocen los resultados de la reciente tentativa de la Casa Blanca de explotar el terrorismo con fines políticos», editorializó recientemente «The New York Times». «Se terminó la época en que los estadounidenses tenían miedo del miedo mismo», agregó.
Pese a esto, Bush sigue sosteniendo que el combate para proteger a los estadounidenses se libra en todas partes, tanto en Estados Unidos como en Irak y en el Líbano.
Cuando un periodista le preguntó si no había llegado el momento de cambiar de estrategia en un Irak al borde de la guerra civil, Bush le respondió que si los norteamericanos abandonaban Irak «antes de cumplir su misión, los terroristas nos seguirán hasta aquí».
En la noche misma de los ataques, Bush declaró que el país estaba «en guerra contra el terrorismo». Según sus propias palabras, tras esos acontecimientos, se convirtió en «un presidente de guerra». Así, la política exterior estadounidense y, en menor medida, la política doméstica se subordinaron a ese objetivo.
La necesidad de derrotar al terrorismo es invocada una y otra vez por Bush y los republicanos para enfrentar a los demócratas en las elecciones legislativas y evitar un penoso final de mandato del presidente.
Los demócratas han hecho de los problemas en Irak, donde murieron alrededor de 2.600 soldados estadounidenses, un tema central de la campaña y denuncian la pretensión oficial de poner en la misma bolsa la guerra en Irak y la «guerra contra el terrorismo».
Según las encuestas, el mensaje de los demócratas parece abrirse paso: no solamente 53% de los estadounidenses cree que haber iniciado la guerra en Irak fue un error, sino que 51% no ve ninguna relación entre esa guerra y la guerra contra el terrorismo, según un sondeo para «The New York Times» y la cadena CBS de televisión realizada a fines de agosto.
Entre el momento posterior al 11 de setiembre y la actualidad, la popularidad de Bush pasó, según Gallup, de cerca de 90%, un récord desde Franklin D. Roosevelt (1933-1945), a 40%, un umbral crítico para enfrentar elecciones, dicen los analistas.
Cinco años después, cientos de detenidos en el marco de la guerra al terrorismo aún no fueron procesados y permanecen en Guantánamo -los más afortunados- o en prisiones secretas de la CIA, centros donde fueron sometidos a interrogatorios cuestionados por los sectores más liberales.
Más allá de lo que ocurre con los « combatientes enemigos», localmente hay más motivos para polémicas: los servicios de inteligencia tienen un programa de escuchas telefónicas sin autorización de la Justicia y el gobierno espía numerosas transacciones bancarias internacionales.
En junio, la Corte Suprema estimó que el presidente se extralimitó en sus funciones al establecer tribunales militares de excepción para dichos «combatientes enemigos», calificación dada a los detenidos en el marco de la «guerra al terrorismo» a quienes les fue negada inicialmente la Convención de Ginebra sobre derechos de los prisioneros de guerra. Luego, en agosto, una jueza federal condenó también por abuso de poder su programa de escuchas telefónicas sin orden judicial.
Presionado por los magistrados, el gobierno aceptó aplicar la Convención de Ginebra. Pero apeló la decisión sobre el programa de escuchas telefónicas y confía en que el Congreso restablezca en el próximo otoño boreal nuevos tribunales de excepción.
Al mismo tiempo, desde los atentados más mortíferos sufridos en suelo estadounidense, se han resuelto no pocas cuestiones conflictivas.
Las víctimas y sus familias han sido indemnizadas gracias a un fondo federal a cambio de renunciar a demandar a las compañías que se vieron envueltas (aerolíneas, seguridad aeroportuaria, etcétera). Además, la reconstrucción de la «zona cero», incluyendo el conjunto monumental que honrará a las víctimas, parece haber arrancado finalmente.



