En medio del drama de los rehenes en la escuela de Beslan, analistas recordaron ayer la tragedia del teatro Dubrovka de Moscú (a sólo 5 kilómetros del Kremlin), tomado el 23 de octubre de 2002 por un comando checheno con 1.000 personas en su interior.
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Los terroristas irrumpieron en el teatro durante el popular musical «Nord-Ost» y amenazaron con volarlo si el presidente Vladimir Putin no ponía fin a la campaña militar en Chechenia.
El comando -formado por 21 hombres y 20 mujeres kamikazes, viudas y familiares de guerrilleros muertos- minó el teatro y amenazó al Kremlin con ejecutar a los rehenes. Dada la resistencia del gobierno a negociar con los asaltantes, la crisis terminó con una operación relámpago de unidades de elite 57 horas después del comienzo del drama. Para el asalto, las tropas rusas usaron un gas secreto con el que esperaban dormir a los terroristas y a los rehenes. El resultado no fue el esperado: hubo 170 muertos (129 rehenes y 41 terroristas); la mayoría, por los efectos de la inhalación. Para peor, los intoxicados no pudieron ser salvados por la negativa del gobierno a revelar la fórmula del gas usado, lo que impidió suministrar antídotos. La televisión difundió luego imágenes de cadáveres de terroristas esparcidos por el suelo o rematados cuando yacían inconscientes en sus asientos, charcos de sangre, bombas, bidones de gasolina, los cinturones explosivos de las mujeres kamikaze y el foso de la orquesta convertido en una letrina.
El Kremlin afirmó que el asalto se ordenó porque los terroristas «empezaron a ejecutar rehenes», pero pronto se supo que no fue así. Pese a ello, y a la torpeza con que se dirigió el operativo, la autoridad de Putin no fue puesta en entredicho.
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