El
presidente
Alvaro Uribe
fue informado
por
teléfono del
éxito del
Ejército
colombiano.
Ni «canje humanitario» ni operativo armado. La liberación de Ingrid Betancourt, tres estadounidenses y once miembros de las fuerzas de seguridad colombianas se logró, según se informó ayer, mediante una sofisticada operación de inteligencia que elevará hasta las nubes la ya impactante popularidad del presidente Alvaro Uribe.
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La operación, casi un hurto de cinematográfica ingeniería cuyos alcances aún están por confirmarse, es tanto un triunfo de la decisión del gobierno colombiano de no negociar ni ceder con los terroristas como un revés para quienes, honesta o interesadamente, rechazaban cualquier intervención militar para zanjar el problema, proponiendo la fórmula opuesta. Entre los primeros hay que contar a la mayoría de los familiares de los cautivos, que temían la muerte de sus infortunados seres queridos en una balacera. Entre los segundos, a gobiernos como el de Venezuela y otros, que, oportunistas, se apropiaron de la causa y vieron en ella un modo de posicionarse favorablemente ante la comunidad internacional o, en un extremo, de operar sobre la dramática realidad política colombiana.
Acusado de aliarse con personajes cercanos al paramilitarismo (la mayor parte de las decenas de legisladores procesados y encarcelados por la causa de la «parapolítica» pertenece al oficialismo), de haber logrado la reforma constitucional que posibilitó su reelección a través de coimas y, últimamente, de querer perpetuarse en el poder, Uribe vive, pese a todo, su momento de mayor gloria. Más allá de todas esas cuestiones indudablemente oscuras, la notoria mejoría de la situación de seguridad, sobre todo en las ciudades, y los éxitos militares contra la guerrilla mantenían su popularidad por encima de 80%. Algo inédito para un presidente democrático que ya ha gobernado seis años, casi el mismo tiempo que llevaban cautivas las personas que ayer recuperaron su libertad, sus vidas y su dignidad.
El escándalo por su reelección hizo que la Corte Suprema impugnara los comicios de 2006 y que el mandatario contraatacara llamando a un referendo para legitimar su segundo mandato. Aunque la Constitución colombiana lo impide, ¿quién podrá ahora resistir, si él así lo desea, su rereelección? Y, por si eso fuera poco, la posibilidad también de retirarse y dejar como delfín a su poderoso ministro de Defensa, Juan Manuel Santos (potenciado aún más desde ayer), con quien mantiene una puja de ambiciones, pero que le garantiza la continuidad de la niña de sus ojos: su política de «seguridad democrática». Con una sola importante salvedad: ¿cómo reaccionará una Colombia más exultante que nunca ante la milagrosa reaparición de una mujer polémica, pero que ayer mismo, al presentarse tras su liberación, hizo gala de su fuerte carisma? ¿Pensará Ingrid en retomar su carrera política? Por lo pronto, ayer, en medio de su agradecimiento, se mostró absolutamente cercana a Uribe y, contrariando lo dicho por mucho tiempo por su propia familia, hasta les marcó la cancha a Hugo Chávez y a Rafael Correa.
El fortalecimiento del mandatario colombiano neutraliza cuestiones indudablemente oscuras, la notoria mejoría de la situación de seguridad, sobre todo en las ciudades, y los éxitos militares contra la guerrilla mantenían su popularidad por encima de 80%. Algo inédito para un presidente democrático que ya ha gobernado seis años, casi el mismo tiempo que llevaban cautivas las personas que ayer recuperaron su libertad, sus vidas y su dignidad.
Impotentes
Las FARC, en tanto, quedaron desnudas e impotentes. El nuevo liderazgo de Alfonso Cano (surgido de la muerte del jefe histórico de la guerrilla, Manuel Marulanda, y del abatimiento en territorio ecuatorianode quien fuera su númerodos, Raúl Reyes) queda herido sin remedio. ¿Tendrá la fuerza interna suficiente para imponer a sus compañeros de armas una suerte de rendición negociada, única opción viable a esta altura a la derrota militar en toda la regla que se insinúa?
Es que, si se suma lo conocido ayer a los repetidos reveses que le propinó el Ejército, surge claramente el terminal nivel de infiltración que sufre la guerrilla en sus niveles más altos. Sólo así se explica que el Ejército (y Uribe, y un Santos a quien habrá que seguir desde ahora con especial atención) hayan elegido prácticamente a la carta el bocado que le quitarían a su incauto enemigo de la boca. Nada menos que los cuatro canjeables más valiosos de las FARC: Ingrid y los tres contratistas norteamericanos.
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