Durante esta semana, Rusia dio señales contundentes de que está decidida a jugar fuerte otra vez en el tablero mundial. Eligió bien la oportunidad: nunca, desde el atentado del 11-S, los ojos del mundo estuvieron tan concentrados en lo que sucedía en EE.UU., con su caballo desbocado en la pista económica de Wall Street y una campaña presidencial peleadísima, ahora en la recta final.
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Los últimos avances de la Federación Rusa se dieron en varios terrenos. Algunos estratégicos, otros más ideológicos, otros simplemente prácticos. Entre los de la primera categoría, el gobierno de Dimitri Medvedev dejó planteada su política étnica hacia los países de la periferia (la ex URSS): Moscú protegerá a los rusos que viven en Estonia (25% de la población), en Letonia (30%) y en Ucrania (20%). Es la extensión del argumento usado para las acciones bélicas en Georgia y Osetia del Sur. Aunque esos sucesos de agosto pasado hoy parezcan historia vieja, Rusia ya demostró que puede. Ahora, simplemente refrenda los hechos consumados con más «teoría».
En la misma línea fueron las conversaciones mantenidas entre rusos y ucranianos en Kiev sobre la base naval rusa asentada en la península de Crimea, en el Mar Negro. Ucrania -seducida para integrarse a la OTAN- corcoveó, y el miércoles dijo que en 2017 no renovaría el permiso. Rusia replicó poniendo de ejemplo las amenazas a polacos y checos: «No permitiremos que sean receptores de los sistemas de defensa misilísticos de la OTAN». «Les apuntaremos con nuestros propios misiles», fue la sentencia rusa.
Que la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, haya dicho que Rusia «está siendo cada vez más autoritaria en su país y más agresiva fuera de él» sólo reforzó, claro, las diferencias internas dentro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que volvieron a ventilarse esta semana. Rusia se negó a discutir las sanciones a Irán por el avance en materia nuclear y dejó «en banda» a los otros miembros del organismo (China, Francia, Reino Unido y, obviamente, EE.UU.).
Preocupante
En la búsqueda por irritar a Washington, además envió la flota del Artico hacia aguas caribeñas para realizar ejercicios navales con Venezuela frente a las narices de EE.UU. Más preocupante aun que la venta de armas a Venezuela (ver aparte) sería -aunque aun no está confirmado -la venta a Irán de los S-300 (sistemas antimisiles tierraaire) para que el gobierno de Teherán defienda sus plantas de uranio (las que el Consejo de Seguridad, justamente, quiere sancionar»). Para reforzar la tirria con EE.UU., Moscú anunció esta semana que en 2009 incrementará su presupuesto militar en 25%, y en 50% en 2011.
Con Irán, además, Rusia quiere crear una OPEP de gas. Otra manera de seguir controlando el gas que va hacia Europa (40% proviene de la estepa rusa) y de manejar con mano de hierro el proyecto Nabucco, el gasoducto que transportaría el recurso desde Irán hacia el Mediterráneo. También, por las dudas, Moscú ya cerró un acuerdo para explotación de gas en Argelia. Otra manera de cerrar otro grifo que podría abastecer al Viejo Continente. En cuanto al petróleo, tampoco se amilana. Rusia es el segundo exportador mundial de crudo, después de Arabia Saudita. Antes de ayer, Serguei Shmatko, ministro de Energía ruso, dijo que Moscú colaboraría con la OPEP, una organización a la que no pertenece todavía. Juntas, la OPEP y Rusia tendrían 50% del control del petróleo global.
Por último, como diferenciación cultural con EE.UU., ayer la Duma (Cámara baja del Parlamento) prohibió la transmisión de la serie «Los Simpsons» por TV y anunció que en breve se introducirá una reforma educativa para enseñar « patriotismo». Ayer también, el primer ministro Vladimir Putin admitió la gravedad de la crisis financiera global y rusa. Aseguró que el gobierno apuesta «a la iniciativa privada, a la libre empresa y a una integración racional con la economía mundial». A la hora práctica de los números, los rusos saben dejar de lado su antiamericanismo y, como todos, se occidentalizan.
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