Inteligencia Artificial: ¿Podrán los humanos vencer a los demonios que crearon?

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Como adelantó el visionario y siempre polémico Elon Musk, con la IA tal vez el ser humano deba enfrentar a los demonios que él mismo está creando.

Así como el motor a vapor y la electricidad generaron cambios revolucionarios en términos económicos, sociales y geopolíticos, la Inteligencia Artificial (IA) ya es y continuará siendo el motor del siglo XXI.

Alrededor de todo el mundo, científicos, militares y todos aquellos que desean obtener una ventaja económica coinciden en que la 4ta revolución industrial liderada por las novedosas aplicaciones de esta tecnología en una infinidad de áreas traerá consigo un crecimiento económico sin precedentes y bienestar para las sociedades. Los más optimistas señalan que estamos al borde de una transformación que permitirá trascender a la raza humana más allá de toda posibilidad imaginable.

Esta revolución no está exenta de dilemas y rispideces. En simultaneo, los Estados y el sector privado se retroalimentan, cooperan y recelan. Mutuamente se impulsan, pero también buscan regularse para evitar las peores consecuencias del presente y del futuro inmediato. Las complejidades del asunto obligan a que las discusiones sobre el largo plazo queden en manos de la ciencia ficción y algunos pocos visionarios, al menos por el momento.

Por otra parte, a nivel sistémico existe una desenfrenada carrera por el liderazgo de esta revolución, que involucra principalmente a los grandes poderes, pero también se extiende a un arco cada vez mayor de países. Estados Unidos aún sigue al frente en el desarrollo y uso de la IA gracias a sus universidades de excelencia, su cultura emprendedora, sus gigantes empresas tecnológicas, líderes en innovación, el continuo flujo de inversión privada hacia las startups del sector y un complejo industrial militar que impulsa su desarrollo principalmente mediante IARPA, la agencia destinada a tal fin.

Pero mientras que países como Israel, Corea del Sur, Japón, Francia, y Alemania simultáneamente acompañan y compiten con sus socios occidentales, las mayores preocupaciones se dan de la mano del exponencial crecimiento de Rusia y la República Popular China en el sector.

China ha hecho de la IA una máxima prioridad desde hace ya varios años, apuntando a convertirse en el indiscutido líder mundial del sector para fin de esta década mediante la aplicación de estas tecnologías a ámbitos como la industria, la planificación urbana, la agricultura y la defensa. En 2017 China ya superaba por primera vez a Estados Unidos en inversión en IA, con sumas récord que representaban el 48% de toda la financiación de capital de riesgo para el sector en todo el mundo.

Sus atractivos residen en sus políticas preferenciales y los generosos incentivos financieros a empresas emergentes en IA en distintas provincias y ciudades del país, así como la posibilidad de seguir políticas adaptadas a sus potenciales clientes. A ello se suma que su inmensa población brinda enormes cantidades de datos de los que sus empresas disponen, permitiendo el desarrollo de sistemas de IA más capaces mediante el entrenamiento de sus algoritmos de aprendizaje automático. Las restricciones para probar algoritmos en su población, por ejemplo, en el campo biométrico aplicado a la seguridad, son muy bajas comparados con sus pares occidentales, habilitando posibilidades inimaginables para empresas en otros países del mundo.

Esta competencia estratégica tendrá consecuencias en múltiples ámbitos que podrían afectar el delicado equilibrio del sistema internacional. El campo de la defensa es uno de los que más preocupa. Según un grupo de expertos convocados por el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), los avances en IA podrían incluso afectar la estabilidad estratégica en el ámbito nuclear.

Así como ya se utiliza esta tecnología para la detección temprana de tumores en radiografías, distintas pruebas han revelado que la IA es igualmente eficiente en la rápida detección de localizaciones geográficas, permitiendo el mapeo y la ubicación de bases ocultas, silos y hasta submarinos nucleares. La detección y, por tanto, posible destrucción de estos antes indetectables sistemas, que habilitan acciones de contraataque, podría quebrar el delicado sistema de disuasión basado en la destrucción mutua asegurada.

Sensores, datos, capacidad de almacenamiento y procesamiento permiten anticipar la acción del oponente, moviéndonos por primera vez desde la era nuclear desde el tradicional juego del ta-te-ti a uno donde hay ventajas ofensivas concretas.

La IA también comienza a utilizarse para automatizar decisiones dentro del sistema de comando y control nuclear, generando sistemas más dinámicos y reduciendo aún más el hoy ya escaso tiempo disponible de respuesta de los principales decisores. El impacto en términos de incertidumbre y volatilidad puede ser trágico en situaciones límite.

Asimismo, la expansión de la IA habilitará un aumento en el número y la agresividad de los ciberataques, por ejemplo, al permitir descubrir mayor número de vulnerabilidades de día cero (aquellas aún no descubiertas, registradas ni resueltas mediante parches de seguridad). En tanto las políticas de respuesta a los ciberataques aún no están claramente definidas, este tipo de actividades implica una fuente esperable de desestabilización, pudiendo desencadenar procesos de retaliación fuera de control.

Por otra parte, así como la IA ha logrado avances en el bienestar cotidiano de poblaciones de todo el mundo, también está permitiendo el despliegue de mecanismos avanzados de control social. Según el último informe del Fondo Carnegie para la Paz Internacional, la famosa tecnología de reconocimiento facial que el gobierno chino utiliza para controlar, puntuar y hasta multar a parte de su población ya se ha expandido por todo el globo, llegando a casi 80 países que utilizan este tipo de tecnologías con fines policiales o represivos, algunos legales y otros que violan los Derechos Humanos.

En términos económicos las primeras complicaciones también comienzan a ser evidentes. La inserción de múltiples algoritmos de automatización de inversiones ya ha generado episodios de flash crashs, derrumbes inmensos en el precio de las acciones e incluso de todo el mercado, que se recuperan apenas segundos o minutos más tarde. La automatización y la volatilidad a veces pueden ir de la mano. Es posible que la próxima crisis económica global discutida en el G20 sea por los problemas generados por una o varias IA defectuosas.

A ello se suma el problema del desempleo generado por la automatización de una parte importante de la fuerza laboral actual a manos de la IA. Mientras que en el largo plazo es esperable una estabilización del proceso, los políticos se ven obligados a pensar y actuar sobre el corto plazo frente a reclamos sociales, disturbios, aumentos desmedidos de nacionalismo y otros problemas.

La combinación de todos estos procesos seguramente tendrá consecuencias tangibles sobre la política exterior de las grandes potencias y la estabilidad global. En un mundo de por sí volátil, incierto, complejo y ambiguo, la competencia por el liderazgo en el desarrollo y aplicación de la IA desencadenará procesos difíciles de controlar.

Como toda herramienta, su uso podrá traer cuantiosos beneficios, pero también el riesgo de caóticos escenarios. Como adelantó el visionario y siempre polémico Elon Musk, con la inteligencia artificial tal vez el ser humano deba enfrentar a los demonios que él mismo está creando.

(*) En coautoría con Juan Battaleme. Docentes de Licenciatura en Gobierno y Relaciones Internacionales de UADE.

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