La discutida propuesta de reforma del Consejo de Seguridad presentada por el llamado G-4 -esto es por Alemania, Brasil, la India y Japón-en virtud de la cual cada uno de esos países reclamaba para sí un asiento permanente en el Consejo de Seguridad parece haber, finalmente, capotado. En efecto, después de la decisión adoptada por la Unión Africana de no endosar ese proyecto (anunciada en Addis Abeba, en Etiopía, el jueves pasado), parece ahora imposible que, en los hechos, el proyecto del G-4 alcance los votos necesarios para poder ser aprobado en la Asamblea General de las Naciones Unidas, o sea los dos tercios de sus miembros, según dispone el artículo 108 de la Carta. Para los países africanos, cualquier nuevo asiento permanente en el Consejo de Seguridad debería gozar del «derecho de veto», posición que no coincide con la visión del G-4, que aceptaba bancas permanentes sin ese privilegio. El G-4 pujaba por tratar de que su proyecto fuera aprobado esta misma semana, en Nueva York, rápido, antes de que «se complicara» con discusiones sobre otras reformas que se han sugerido también a la Organización, especialmente la que tiene que ver con la desnaturalizada Comisión de Derechos Humanos, cuyo debate promete ser sumamente reñido. El G-4 deberá decidir ahora qué posición adoptará en más. La suya parece ya no ser viable. Quedan, por lo menos, tres alternativas. La primera sería la de volver a la propuesta también sugerida el 2 de diciembre pasado por los «expertos de alto nivel» designados por el secretario general. Me refiero a la posible creación de asientos en una categoría nueva, de cuatro años de duración, cuyos titulares -a diferencia de lo que ocurre en los actuales asientos no permanentes-podrían ser reelectos sin restricciones. La segunda sería la de aumentar simplemente el número de asientos no permanentes del Consejo de Seguridad, posibilitando así un acceso más frecuente de las naciones que carecen de privilegios, lo que redundaríaen un aumento de la legitimidad del Consejo de Seguridad y evitaría generar nuevos privilegios y crear hegemonías donde hoy no las hay, como en nuestra región. Finalmente, está también la alternativa de no hacer nada, dejando las cosas como están, sin cambios, que tiene sus chances. La oportunidad para alcanzar una alternativa de compromiso es ahora grande. Sus detalles están, queda visto, aún abiertos a negociación. Hay quienes dicen que el fracaso del G-4 es producto de una acción conjunta de los Estados Unidos y China. Voceros de ambos países lo han desmentido, pero lo cierto es que ninguno de ellos estaba de acuerdo con la propuesta que el G-4 trata de materializar, que ciertamente no es la que más conviene a nuestro país.
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