Después de varias sesiones y treinta y cuatro intentos infructuosos, la Asamblea General de las Naciones Unidas no ha podido reunir los dos tercios de votos necesarios para determinar cuál será el país de la región que reemplazará a la Argentina el próximo 1 de enero en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
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Por el momento, ambos candidatos, Guatemala y Venezuela, se aferran a sus respectivas candidaturas y campañas, como si la imagen de la región ante la comunidad internacional no estuviera en juego; aunque lo está, según han dado cuenta algunos editoriales de los diarios más prestigiosos del mundo recientemente aparecidos. Lo de Venezuela es un fracaso tan inocultable, como resonante y estrepitoso. Después de que Hugo Chávez recorriera ampulosamente el mundo, anunciando a los cuatro vientos que la candidatura de su país tenía el apoyo necesario, la realidad resultó muy otra: la pequeña Guatemala lo dejó bien atrás, superándolo por varias decenas de votos.
Venezuela no pudo ni siquiera obtener el número de votos con el que también fracasara, tan sólo algunos meses atrás, en su intento de integrar el nuevo Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. El rechazo internacional al discurso -y a las desafiantes conductas-de Chávez es patente. La desconfianza que genera, aún más. Pero hay algunas conclusiones que pueden ya extraerse de lo que está ocurriendo, que sin embargo aún puede dilatarse. Sobre todo, porque Venezuela (como Cuba en 1979) puede tratar de jugar ahora el papel de «víctima».
Particularmente porque se acercan las elecciones presidenciales en el país caribeño que tendrán lugar el próximo mes de diciembre.
Primero, que el infructuoso intento de Hugo Chávez afecta asimismo a sus principales endosantes. Esto es, a la Argentina (que promovió su candidatura) y al propio Mercosur, cuyo primer intento de actuar conjuntamente en el escenario internacional, más allá del plano de lo comercial, ha terminado en lo que hasta ahora luce como un claro rechazo de la comunidad internacional, lo que es ciertamente todo un desaire.
Segundo, que la tan mencionada «ventaja rendidora» que -según algunos- supone pertenecer al Movimiento de los No Alineados, que sería la de poder contar con un número importante de «votos cautivos» para expediciones políticas como la venezolana, quizás no exista. Esto es lo que al menos sugiere lo acontecido, hasta ahora.
Puede que alguno, quizás, crea estar «cautivo» de los No Alineados, pero lo cierto es que la mecánica del voto secreto permite a los países, cabe suponer, votar en función de las convicciones, dejando de lado presuntos «compromisos grupales» que supone la pertenencia a los No Alineados. Y, de paso, dejar de lado la lamentable «ética de la conveniencia», lo que no es menor. Por esto la región (la única que aún no ha logrado que se elija a su representante ante el Consejo) debería aprovechar el paréntesis que se ha abierto hasta mañana para hacer lo que seguramente corresponde en circunstancias como la que enfrenta: elegir -consensuada y prestamente- un tercer candidato en reemplazo de los que, está claro, no lograron los votos necesarios para obtener el asiento que nuestro país dejará libre en unas pocas semanas más. Esto no sólo sería actuar con responsabilidad, sino evitar que la región toda sea usada políticamente, en una presunta «lucha» bolivariana contra quienes pretenden «impedir» el acceso de Venezuela al Consejo de Seguridad.
La verdad incontrastable es que, más allá de las fantasías, hay obviamente muchos que, a lo largo y ancho del mundo, no creen que eso sea oportuno, ni conveniente.
(*) Ex embajador de la Argentina ante las Naciones Unidas.
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