"Crece el malestar del G-7 porque el dólar no deja de precipitarse"
El especialista en mercados internacionales personificado como Gordon Gekko, el banquero de la película «Wall Street», señala que crece el malestar del G-7 ya no porque el dólar fluctúe, sino porque no deja de precipitarse. Y no descarta una intervención oficial.
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P.: El dolor de cabeza no es que el dólar fluctúe, sino que no deja de precipitarse.
G.G.: Eso es lo que se afirma en lenguaje diplomático. No es usual. Dicen los que saben que es la primera referencia concreta de escozor por la debilidad del dólar que formula el G-7 desde 1995. Es más: no estaba en la agenda. Fue una concesión de Henry Paulson -el secretario del Tesoro de los EE.UU.- a los representantes europeos.
P.: De poco sirvió. Mire las cotizaciones de las monedas. ¿O se esperaba que el mercado leyera estas palabras como una señal de alerta?
G.G.: Quizás los franceses alentaban esa expectativa. La ministra de Finanzas, Christine Lagarde, por cierto, declaró después de la reunión que creía que el texto podía servir para detener el deslizamiento del dólar.
P.: Las palabras no parecen alcanzar. Habrá que arremangarse.
G.G.: Es muy posible. Pero ya está avisado. «Continuamos monitoreando los acontecimientos cambiarios de cerca», reza el comunicado oficial. Le convendría tomar nota.
P.: Veo que lo toma en serio.
G.G.: Perro que ladra no muerde. Pero muestra la dentadura. Y, en este caso, no le faltan piezas. Puede dejar de ladrar si de veras la situación lo molesta. Y Europa no está cómoda. Fíjese, de paso, cómo los chinos han aceptado apurar el paso con la apreciación del yuan renminbí.
P.: Es curioso. En el mismo párrafo que se les agradece el gesto, se dice que no es suficiente y se pide que aceleren.
G.G.: Es más curioso aún si se repara que China no es un miembro del G-7 (ni del G-8).
P.: ¿Considera factible que después del aviso venga la intervención efectiva?
G.G.: Más que antes, sí. Pero todavía el consenso no está maduro.
P.: Haría falta que el euro quiebre 1,60 por dólar y dispare otro ataque de nervios generalizado.
G.G.: Sería una respuesta más natural.
P.: ¿Tendría éxito una intervención oficial del G-7? Se sabe que el mercado de cambios es mucho más profundo que la delgada capa de reservas internacionales que los bancos centrales pueden comprometer en la faena.
G.G.: Ello no ha sido obstáculo en el pasado. Los antecedentes son favorables. Fíjese que, por lo general, las intervenciones se esterilizan-(o sea, la cantidad de dinero no varía) y aun así han sido efectivas.
P.: Son una señal que resuelve un problema de coordinación.
G.G.: Eso creo. Muchos inversores piensan que la relación dólar/euro pisa, hace tiempo, el terreno de la exageración. Pero ello no quita que pueda seguir cayendo.
Intervenir es encender un semáforo que indica que ahora se puede cruzar de vereda. Si todos lo ven, y la iniciativa que se propulsa no es un movimiento contra natura, las chances de que prospere son altas.
P.: Sería ideal que el Banco Central Europeo acompañara con una rebaja de tasas de interés.
G.G.: En cuyo caso no habría que intervenir. Bastaría con soltar un par de palabras. Entiendo que esa es la respuesta tácita de EE.UU. cuando los europeos reclaman por el hundimiento del dólar. Pienso que el comunicado del G-7 debe leerse como una ventanilla abierta a una posible intervención, antes que el BCE desmonte de su estrategia actual.
P.: Los ministros también abogaron por una limpieza rápida de las pérdidas que los bancos todavía esconden en sus libros. Hay una exhortación a fortalecer su posición de capital en los próximos 100 días y dejar atrás la incertidumbre. ¿Cómo leer ese llamamiento?
G.G.: Los bancos lo harían ya, si pudieran. Esto es, si reconocidas las pérdidas actuales y provisionadas las potenciales, su solvencia luciera impecable. No es así. Por eso hay que administrar la exposición de los malos números. Si el G-7 de veras quiere que esto se limpie a fondo antes de julio, entonces, deberá proveer recursos públicos para cerrar la brecha. Esto es lo que subyace en discusión. Nadie fue más explícito, en mi opinión, que Alistair Darling, el secretario del Tesoro inglés, el fin de semana, cuando reconoció que la crisis obligaba a estudiar todas las alternativas disponibles. Inclusive la de usar fondos públicos para adquirir activos hipotecarios.




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