CUENTOS DE LA PANDEMIA XVI: "Coronita"

Opiniones

Yo quería salir. No aguantaba más la cuarentena del puto virus. Hasta que logré hacer una rutina que me permitía estar horas fuera de casa, sin despertar sospechas de nadie.

CUENTOS DE LA PANDEMIA es una sección de Ambito.com donde se publican cuentos breves, historias, relatos, crónicas o ensayos de ficción, vinculados a la pandemia del coronavirus Covid-19.

Lo primero que hice fue aprenderme la rutina de la policía. Tres turnos de ocho horas dando lentas vueltas a la manzana, pateando el aire a cada paso. Acá no intimidan a ningún vecino, no como en esas barriadas populares donde son dueños de la calle.

Andan como pidiendo permiso, buscando la aprobación cómplice de los porteros, los empleados de garajes o del kiosko de la esquina. Sólo sacan pecho cuando pasan por la verdulería del boliviano, ahí su mirada se vuelve altiva y devuelven el saludo levantando apenas la barbilla, sin detenerse.

Volviendo a lo mío. Yo quería salir. No aguantaba más la cuarentena del puto virus. Estaba seguro, y el tiempo me dio la razón (porque el tiempo me dio la razón ¿o no?) de que ya estábamos todos contagiados pero asintomáticos.

Algunos habían muerto, sí, pero era gente que estaba realmente jodida antes de que los agarrara el virus. Y yo no. Ni había viajado, ni tenía antecedentes de importancia, ni diabetes, ni obesidad, ni neumonía, ni fumaba, ni nada, de nada, de nada. Lo que sí tenía era locura por salir, pero no tenía excusa.

Ni era personal sanitario, ni trabajaba en distribución o producción de alimentos o insumos médicos, ni era cajero o repositor en un supermercado… Ni siquiera tenía un perro para sacar a pasear. Intenté sacar al gato, pero solo fui hasta la farmacia a comprar unas vendas. No sabía que Lucifer tenía las uñas tan afiladas.

Cuestión, que tenía que salir sin despertar sospechas para que no me multen y la estrategia de ir a comprar quedaba corta. Los cambios de guardia eran a las 8, a las 16 y a las 24 horas.

Implementé la siguiente rutina: como la panadería abre a las 7, a las 7.15 salía a comprar el pan. Caminaba despacito, saboreando cada paso. Daba un lindo rodeo y llegaba a la panadería sobre las 7.30, compraba un par de medialunas (tampoco era mi intención engordar aún más) y volvía dando otro rodeo mirando al suelo cada vez que me cruzaba con la policía. El de mi esquina apenas me miraba y a eso de las 7.50 volvía a mi agonizante encierro.

A las 8 llegaba el segundo policía. 8.30 abría el supermercado y sobre las 9.10 me dirigía hacia allí. Llevaba mi carrito de la compra donde podría meter una compra semanal o quincenal. Hacía la larga y lenta cola sintiendo cada rayo del sol en mi cara. Tenía que disimular la cara de placer mientras veía a gente cabizbaja, seria, amargada. Cada minuto que pasaba allí tenía gusto a gloria.

Delante mío una señora mayor discute con una paloma. Detrás tengo una chica hermosa. Creo que me sonrió. Bueno, no. Creo que me sonreiría si no estuviera todo el mundo tan preocupado. Seguramente hablaríamos y tomaríamos un café, el mío sin facturas, que ya me comí dos más temprano.

Después de unos 45 minutos de cola (hoy fue rápido) me dedico a pasear por los pasillos del súper. Los recorro todos. Nunca había pasado tanto tiempo dentro. De hecho, no me gusta nada y creo que hasta ahora ni siquiera había entrado. Agarro un par de latas y me dirijo a la caja. Pago, las escondo en mi carrito de compras y salgo camino a casa. Doy la vuelta un poco más larga de lo habitual y llego a casa sobre las 11 de la mañana arrastrando el carro al pasar delante del cana para que crea que está lleno.

Después de comer me cambio la ropa, oculto la melena bajo una gorra de béisbol y en lugar del carro llevo una bolsa de la compra. Es el turno de la verdulería. El policía me mira pero sé que no me asocia al que estuvo con el carro del súper dos hora antes.

Otra vez una buena vuelta. Arranco a caminar en el sentido contrario al que debería y después de bordear la avenida retomo las calles para hacer otra cola. Esta tarde hay poca gente. Compro medio kilo de uvas, nada más. Dentro de la bolsa llevo muchas otras bolsas vacías, para hacer bulto. Camino a casa me cruzo con el policía y finjo esfuerzo para que crea que llevo un melón y una sandía. No quiero que sospeche.

Entro a casa 15.50, justo a tiempo para que no me vea el siguiente policía. Desde mi ventana veo el cambio de turno. El de las 16 es una rubia con buen cuerpo. El imbécil del turno anterior se queda charlando con ella y no se va.

No se va. No puedo creer lo inconsciente que es exponiéndose a sí mismo, a su relevo y a la gente que pasa por ahí. Esto es responsabilidad de todos y si ellos, que se supone que nos tienen que cuidar no lo hacen… vamos mal. Muy mal.

Quiero volver a salir y el tipo sigue ahí. Necesito volver a salir y el idiota insiste en hacerse el interesante. Nada menos atractivo que un policía cuidavecinos.

16.40 se marcha y a las 17 ya puedo volver a salir. Me vuelvo a vestir como por la mañana y vuelvo a dirigirme a la panadería.

Esta vez no llevo ni bolsa de la compra en la mano ni carrito. Salgo así nomás, libre, a lo macho.

Por el rabillo del ojo percibo la mirada desconfiada de la rubia. Apuro el paso.

Después de una linda vuelta entro a la panadería. Miro los sandwiches de miga como quien mira la vidriera de una joyería. Espero que un par de personas hagan su compra y vuelvo a salir sin comprar nada.

Mientras camino a casa saco de uno de mis bolsillos una bolsa de la panadería con el logotipo bien grande.

La lleno con el aire de la calle, con el aire de la libertad y llegando a casa camino en línea recta hacia la policía, mirándola a los ojos, desafiante.

Me doy cuenta de que mira la bolsa y siente que la han derrotado, que no tiene nada que preguntar, que no tiene nada que cuidar.

22.30. Vuelvo a salir. No veo a la policía por ningún lado y encaro directamente hacia la avenida. Camino un poco y allí está la cruz verde, iluminada, guiándonos como la estrella de Belén. Otra vez una cola. Me pongo en cuarto lugar. Poco después tengo tres personas más detrás mío.

El farmacéutico se demora. No sé qué problema tiene el tipo que está primero, es insoportable. Llevamos ahí más de veinte minutos y el tipo sigue y sigue.

De repente se va y quedo segundo. Éste ya se va más rápido y soy el siguiente. En cuanto atienden al que tenía adelante me voy con él, que la gente de la cola piense que habíamos venido juntos.

Me dirijo a casa y saco una bolsa de la farmacia. Para que sea más creíble recojo unos papeles de la calle y los meto dentro. La policía me mira nuevamente desconfiada. Apenas distingue mi bolsa comprende que no tiene nada que reprochar.

Y así todos los días de cuarentena. Logré hacer una rutina que me permitía estar horas fuera de casa, sin despertar sospechas de nadie. Nadie me descubrió en estos días. Bueno. Nadie, nadie, no.

Primero fue la tos. Después la fiebre que no bajaba. Disimulé todo lo que pude, pero al tercer día de fiebre me desmayé en la panadería. Me contaron que vomité encima de un viejo.

Ahora sí que no podemos salir. Nos pusieron a todos en la misma planta del hospital. Somos unos veinticinco. La mayoría son del supermercado. Dos de la panadería, está también el verdulero y el tipo del kiosko de revistas de la esquina.

La rubia no, pero los otros dos policías sí que están por ahí. Una pena.

Anoche murieron la señora que estaba delante mío en la cola del súper y el viejo al que vomité encima. Tenían patologías previas, seguro.

Espero que Lucifer esté bien…

Lo que aún no sabemos es quién nos contagió.

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Cuentos de la Pandemia XVI:

Cuentos de la Pandemia XVI: "Coronita" (ilustración Julián Ochoa IG: @ochoapinturas)

Este cuento forma parte de la iniciativa Escribir alivia, de Lili Ochoa De la Fuente. ¿De qué se trata? En su charla “Cerebro, corazón, pulmón y escritura”, Lili te cuenta cómo la escritura alivia. Te invita a probar y a enviarle lo que escribas a ochoadelafuente@gmail.com

Para leer más Cuentos de la Pandemia:

CUENTOS DE LA PANDEMIA I: "Clase a distancia en cuarentena"

CUENTOS DE LA PANDEMIA II: "La Rabia"

CUENTOS DE LA PANDEMIA III: "Qué día es hoy"

CUENTOS DE LA PANDEMIA IV: "Retorcijones"

CUENTOS DE LA PANDEMIA V: "La casa de los sordos"

CUENTOS DE LA PANDEMIA VI: "El amante pandémico"

CUENTOS DE LA PANDEMIA VII: "WENYI"

CUENTOS DE LA PANDEMIA VIII: "La tormenta"

CUENTOS DE LA PANDEMIA IX: "Olivia tiene miedo a salir"

CUENTOS DE LA PANDEMIA X: "La selva que hay en mí"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XI: "Como luciérnagas en el pulmón de manzana"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XII: "Una excursión al mundo exterior"

CUENTOS DE LA PANDEMIA XIII: Despertarse cada mañana y preguntarse: ¿qué día es hoy?

CUENTOS DE LA PANDEMIA XIV: "La Cocina de Teresita"

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