CUENTOS DE LA PANDEMIA XV: "El ritual de la soledad"

Opiniones

Agustina tiene 25 años y vive sola en un monoambiente del barrio de Almagro. Su rutina nocturna en el balcón la ayuda a sobrellevar los días de encierro sin compañía y lejos de su familia. Las imágenes que encuentra en el edifico de enfrente la acercan a todo eso que tanto extraña y tan lejano le resulta. Y cuando la imaginación se rinde, lo palpable sale al rescate.

CUENTOS DE LA PANDEMIA es una sección de Ambito.com donde se publican cuentos breves, historias, relatos, crónicas o ensayos de ficción, vinculados a la pandemia del coronavirus Covid-19.

Es martes y Agustina está sentada en su silla de hierro, sobre un almohadón que la protege de la dureza, pero solo de la superficial. Podría ser lunes o miércoles, también domingo, porque la rutina que se inventó no conoce de recesos. Igual le gusta: durante la noche, pasar dos horas en su balcón es algo que esperar durante el día. La pandemia de coronavirus Covid-19 la mantiene aislada en su monoambiente, ubicado en el décimo piso de un edificio del barrio de Almagro, en Ciudad de Buenos Aires. La cantidad de días de encierro dejaron de sorprenderla allá por junio, cuando, con la entrega que necesita lo inevitable, se resignó a esperar.

Pero su pasatiempo la mantiene entretenida. Se prepara la cena, que a veces necesita cubiertos y otras se consume directamente de un paquete, se abriga lo necesario de acuerdo a la condición azarosa propia del clima, y se sienta en el balcón a que, por lo menos, el aire invernal le recorra la cara. Enfrente hay un edificio mucho menos rústico que el que ella habita. La palabra “rústico” la hace reír porque el inmueble, en realidad, es viejo. Pero cada vez que un departamento sale en alquiler, ningún propietario se atrevería a contar que las paredes tienen humedad, que está despintado y que el ascensor pocas veces funciona. “Es antiguo, viste. Rústico”, dicen, y Agustina se ríe porque ella también está descascarada por dentro.

Le pasa que extraña. Toda su familia vive en La Pampa, y ella, que con 18 años se desarraigó de su provincia natal para estudiar, y que ahora a los 25 está por terminar la carrera, se encuentra lejos de lo que era de todas las formas posibles. Y sola, está sola. Lo siente, lo vive, lo ven los demás. Apenas tres cactus le brindan una compañía que la virtualidad puede paliar pero jamás saciar. Saludar a sus padres y hermanos a través del teléfono le es tan alentador como insípido. Pero esas noches de balcón, donde el falso silencio citadino calma el rugir del asfalto, donde el cielo es un rectángulo delimitado por figuras de cemento, donde las estrellas no saben qué es una pandemia, le devuelven una alegría que sabe tiene pero no siempre puede encontrar.

Enfrente, el edificio más moderno. Si hubiera pasto, sería más verde. En el séptimo piso, el enorme ventanal deja entrever una familia compuesta por una madre -que siempre está alterada-, un padre -que fue perdiendo pelo con el correr de los días- y tres varones menores de edad. No sabe las edades de los más chicos pero juega a adivinarlas: 7, 4 y 2; 6, 3 y 1. El más grande siempre está activo, al segundo le encanta correr entre los muebles y el último, que apenas puede caminar, los sigue de forma incondicional. No puede escucharlos, pero por los ademanes de la mujer, que se intensifican cuando los cinco se sientan a la mesa, imagina gritos, muchos gritos. Los apodó “los García”, aunque no los conoce y jamás se los cruzó por la calle. Agustina disfruta de ese ritual casi sagrado a la intemperie donde cena junto a ellos, aunque no la vean y probablemente no sepan que exista. Ese caos tan propio del amor le recuerda más a su familia que las fotos en las que todos sonríen de forma impostada.

Arriba de "los García" viven dos chicos un poco más grandes que ella. Gracias a un beso, descubrió que son pareja. Tienen un televisor enorme colgado de una pared que se burla del suyo, que a duras penas reúne unas pocas pulgadas. Las imágenes que proyecta la pantalla siempre le resultan interesantes, y muchas veces jugó a tratar de descifrar qué película miraban o qué serie veían, aunque sin ningún tipo de éxito. Gracias a eso, descubrió que mirar la televisión en compañía no es lo mismo que mirarla en soledad, aunque los involucrados no emitan palabra. Le gustaría estar sentada en el sillón junto a su papá, en silencio, como espectadores en primera fila de un programa sobre autos, aviones o vida marina. Quisiera haber disfrutado más de esos momentos cuando no parecían tan lejanos.

En el noveno piso vive una madre con un hijo de la edad de Agustina. No, son dos hijos, sucede que son mellizos. Así lo descubrió ella, más tarde. También pueden ser gemelos. En cualquier caso, son muy parecidos, y bastó verlos juntos para que pudiera advertir que no se trataba de la misma persona. Ahora es más fácil distinguirlos porque “musculosas” se dejó la barba. Así definió ella al que no conoce de mangas. Al otro, al más lindo -aunque son idénticos- le puso “Caniche”, porque siempre está jugando con su mascota. Pero en marzo, ambos de camisa y pantalón y con la prolijidad inequívoca que impone una oficina del microcentro, no hubiese podido diferenciarlos. Observando cómo el paso del tiempo repercutió en los hermanos se preguntó varias veces sobre cómo se vería ella luego de todo este encierro, y si podría reconocer en los demás todo eso que los caracterizaba.

Con apenas una camperita los días frescos y envuelta en una frazada en el invierno de agosto, no falló ni un día a la cita obligada con ella misma en el balcón, como una narradora omnisciente de las historias ajenas, a la que le sacaron la posibilidad de vivir la propia. La cena, la copa de vino, los tres cactus y su humanidad, un romance que se inventó y del que se aprendió a enamorar. Pero un día, un domingo, no pudo. Todo esa conquista que supo entretenerla dejó de tener sentido, simplemente se apagó. “¿Para qué me voy a levantar?”, pensó desde la soledad de su cama. El agobio y la desesperanza se hicieron carne en ella de forma abrupta y no tuvo la posibilidad de pensar que su día podía ser mejor que la posición horizontal que le ofrecía su colchón. Y se quedó así, toda la tarde, toda la noche. Ni la curiosidad de descubrir qué iban a cenar "los García", o qué iban a ver los vecinos, o que nuevas piruetas iba a aprender el caniche le permitió pararse y salir a ese pequeño espacio al aire libre a respirar. Se sintió sola y olvidada, prescindible. Pensó que nada valía la pena, que su tristeza nunca iba a terminar.

Al otro día se levantó un poco mejor. Como pudo, más tarde que lo habitual, pero lo hizo. La noche anterior le había sido infiel al balcón con la angustia, pero no le preocupaba. Poco importaba su figura. apenas dibujada por la luz amarilla de un foco chiquito. Nadie iba a advertir su ausencia pero ella advertía la de todos. Juntó fuerzas, unas pocas, y bajó por el ascensor rústico los diez pisos necesarios para ir a comprar algo para comer. Tardó un poco más de lo acostumbrado, se distrajo mirando uno por uno los artículos del supermercado, como buscando en cualquier cosa respuestas, variedad, algo que la hiciera salir de ese estado pasivo ante la vida. No encontró lo que buscaba. Subió y, en la puerta del departamento, la esperaba una bolsita de cartón. “¡Para el postre, veci! Tu pareja de vecinos favorita”, decía la carta con corazones que acompañaba un flan casero con dulce de leche, que reposaba dentro de un molde de aluminio descartable.

Sonrió con fuerza. Abrió la puerta rápido y salió al balcón con la esperanza de encontrar a los de la televisión y agradecerles por haberla hecho feliz. No estaban. Pero desde el piso de abajo, escuchó el grito de una mujer. “Vecina, ¿estás bien?”, gritó la madre de tres, con el más chico a upa y el del medio abrazado a una de sus piernas. “Sí, ¡gracias!”, respondió Agustina. Un segundo después, el grito de “Pero Tomás, ¡qué hacés!” de la mujer interrumpió cualquier posibilidad de continuar la conversación. El más grande se había mandado una de las suyas. Esos dos momentos transformaron el monoambiente en un parque de diversiones. El clima espeso se volvió suave al calor de las muestras de afecto, el futuro no parecía tan lejano, el amor no parecía tan ajeno.

Cuando llegó la noche, frazada de por medio, se sentó en su silla de acero. El caramelo del flan brillaba bajo el foco tenue y se veía delicioso. "Los García" estaban cenando pizza. La pareja estaba mirando una película de ciencia ficción que por primera vez reconoció, aunque no recordaba el nombre. En un momento, en el balcón de los mellizos -o gemelos- se prendió la luz. “Caniche” salió con su caniche a hacer todo tipo de juegos con una pelotita, que en la mayoría de las ocasiones terminaban con el perro volteando alguna de las macetas. En una de las maniobras, la mascota blanca tiró una planta de albahaca y terminó cubierta de tierra. A Agustina le fue imposible no reírse a carcajadas. El dueño, que la estaba mirando y también la escuchó, le gritó entre risas y en tono cómplice: “Y bueno, ¡es lo que hay!”.

Cuentos de la Pandemia El ritual de la soledad Ilustración de David Marthí.jpg
Cuentos de la Pandemia XV: "El ritual de la soledad" (Ilustración de David Marthi)

Cuentos de la Pandemia XV: "El ritual de la soledad" (Ilustración de David Marthi)

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